Antes de que el feminismo tomara fuerza en la escena pública en forma masiva, la directora canadiense Mary Harron intentó llevar su grito a la pantalla grande.

Si bien la mayoría de sus ficciones pasaron desapercibidas a nivel taquilla, logró llamar la atención de los públicos con la polémica «American Psycho», película considerada actualmente de culto.

En esta, la primera edición de 3D, intentaremos dilucidar, a través de tres de sus películas, la visión de la directora que estudió periodismo en la Universidad de Oxford y fundó la Revista Punk Rock.

American Psycho (2000)

“Entonces -dice Patrick a las dos prostitutas que lo acompañan en su departamento- “¿no quieren saber a qué me dedico?”. Christie y Sabrina (así bautizadas por su contratante) se miran un tanto sorprendidas. “No», suspira Christie. “No realmente”, completa Sabrina. El rostro de Patrick, adornado por su moño de muñecote, se vacía por un instante. “Pues”, vuelve sobre sí agrandando su sonrisa, “Trabajo en Wall Street, en Pierce and Pierce. ¿Han oído nombrarlo?”. El silencio es respuesta y la incomodidad corta el aire. Patrick vuelve a vaciarse.

Basada en la homóloga novela de Bret Easton Ellis, «American Psycho» relata las desventuras de Patrick Bateman, un yuppie neoyorkino graduado de Harvard con una insaciable sed de sangre escondida en su personalidad de joven y hegemónico profesional. En un mundillo de hombres y para hombres, las invariables frustraciones que sufre entre sus pares lo conducen hacia la psicopatía.

La película se mueve entre las claves del suspenso y del humor. La primera de ellas está lograda, en gran parte, gracias al trabajo actoral de Christian Bale (Patrick Bateman) y a las referencias casi abrumadoras a Alfred Hitchcock (la música, las escaleras, la ducha, el cuadro de «Vértigo» y el telescopio, entre otros). Por su parte, la comicidad está presente en lo absurdo de las situaciones que aminoran la autoestima del protagonista y lo llevan a asesinar.

En este sentido, la directora sintetiza perfectamente la competencia entre machos que todo el tiempo están midiendo su influencia -por no decir otra cosa- en pequeñeces ilógicas y en su desprecio para con todos aquellos a quienes consideren de menor valía, sean mujeres, homosexuales o mendigos. Así, también el humor funciona como crítica social: si lo gracioso es aquello que se encuentra en un lugar donde no corresponde, Harron da vuelta esta premisa, deja todo como es en el mundo empresarial de Manhattan y, aún así, encuentra lo incoherente.

Si bien el personaje de Patrick Bateman está presentado como un calculador rutinario, exitoso empresario y frío asesino, en verdad es (además de todo eso) un idiota. Un hombre estúpido que, perdido en sus vacías obsesiones, no se permite actuar acorde a su inteligencia en los momentos críticos de la película, y todo el tiempo comete y comenta pensando únicamente en mantener su statu quo. Asimismo, podría interpretarse que lo único que busca el personaje es ser querido y reconocido, pero lo abrumador de su entorno es lo que lo hace perder el rumbo.

No obstante, cabe aclarar que Patrick Bateman no es cualquier idiota sino uno peligroso. Uno que es hombre, blanco, heterosexual, adinerado y universitario y que, como tal, nunca encuentra impedimentos a los asesinatos que se plantea.

Como punto a criticar, podría decirse que el final es un tanto abierto y confuso, libre a diferentes interpretaciones. Empero, esto tiene más que ver con la naturaleza de la novela de Bret Ellis, que utiliza la confusión como parte de la construcción de la psiquis de su protagonista. En definitiva, el mensaje de no salida a toda la situación que se plantea en «American Psycho» es claro y no pierde fuerza por esa circunstancia.

I shot Andy Warhol (1996)

Valerie Solanas lleva al andrógino Jeremiah al más recóndito pasillo del bohemio hotel Chelsea de New York, donde lo hará audicionar para su obra. “Tranquilo”, le dice, “No voy a matarte, pero si te llevo al cuarto, van a estigmatizarme”. Jeremiah aprueba sin decir ni dar gesto pero con avanzar y cumplir la consigna de Solanas: interpretar un texto de Bertrand Russell.

En verdad, esta escena no tiene ninguna importancia para el desarrollo del filme «I Shot Andy Warhol». Lo significativo y poco casual es el filósofo citado, Bertrand Russell, quien ante la pregunta de qué es lo que no le gustaba del mundo libre, promediando la década del 20′ contestó: “…que no es libre”.

«I Shot Andy Warhol» trata sobre Valerie Solanas, personaje no ficticio que en 1967 intentó asesinar al artista plástico Andy Warhol en New York, y de las causas que la llevaron a gatillar el arma que signó la vida del iniciador del arte pop. Enfocada en los contratiempos de la chaplinesca Solanas, la película presenta su conflicto de fondo en los primeros minutos: la protagonista, de estudios universitarios y notoria inteligencia, tiene el inconveniente social de ser mujer en un mundo de hombres. Consciente, ella escribe el Manifiesto SCUM (obra radical feminista) y se dispone –sin éxito- a hacerse leer en toda la ciudad.

Situada en la década del 60′, la película se posiciona del lado de los protagonistas entendiendo a los delincuentes como victimarios, aunque víctimas de un sistema que no les presta atención. La pieza recrea muy correctamente el ambiente artístico alternativo snob neoyorquino y lo transforma en parte principal de la impotencia del personaje. Condensa bien lo irónico y banal de la cultura kitsch y utiliza inteligentemente referencias a la cultura popular. Ejemplo de ello es una comparación que, al pasar, uno de los personajes establece con «Rebelde sin causa», la icónica película que inmortalizó a James Dean en 1955. Al igual que la obra de Nicholas Ray, en «I Shot Andy Warhol» lo que hace a alguien rebelde son sus causas, y lo que lo vacía y demoniza son aquellos que no quieren escucharlas.

Asimismo, la narrativa de «I Shot Andy Warhol» se vuelve por momentos engorrosa. La película comienza con elementos típicos del suspenso, como el plot de la escena del crimen, que luego se pierden en la historia, sin generar ningún tipo interés o expectativa en el observador. Al mismo tiempo –y aunque necesarios-, la cinta presenta pequeños flashes de Valerie Solanas leyendo su manifiesto a cámara, que corresponden más a hacer explícito el trasfondo radical feminista, que a la historia de la película en sí.

En definitiva, la ópera prima de Mary Harron cumple con creces su objetivo de invitarnos a reflexionar sobre qué es lo que resta validez a una opinión y qué es lo que llama la atención del público masivo.

Para quien se interese, he aquí el Manifiesto SCUM.

Charlie Says (2018)

Lulu lee: “Y el quinto Ángel tocó la trompeta y vi una estrella que cayó del cielo a la tierra. Se dio la llave del pozo al abismo”. Charles Manson oye, mientras se baña, e interpreta: “¿Sabes qué es el pozo al abismo?”. Lulu mira incrédula. Charlie dice “Lo encontraremos”, cuando su lectura del Apocalipsis 9 es interrumpida por un muchacho que le presenta a Manson una joven amiga. Al saludar, Charlie se levanta de su palangana, enseñando su cuerpo desnudo. Kay, la nueva en el Rancho Sphan, se incomoda y Charlie se ofende. Toma su biblia y con ella oculta su pene: “Haces que un hombre se avergüence”, la acusa, “es lo que hizo Eva, y mira a dónde nos llevó”.

La nueva se va y la escena se termina. Al fin podrán retomar con su lectura… “y no se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías, ni de su fornicación ni de sus hurtos.”

«Charlie Says» transita sobre dos carriles potentes: el de la culpa y el de la misoginia. Situada entre finales de la década del 60′ y principios del 70′, la película trata desde la perspectiva de Lulu, Sadie y Katie el fenómeno de la Familia Manson, aquel clan que tuvo lugar en Hollywood durante el apogeo hippie y que culminó en una serie de asesinatos, el de Sharon Tate el más conocido. La cinta transcurre en dos momentos distintos: el de las protagonistas cumpliendo su condena en el correccional de mujeres de California y el de Lulu, algunos años antes, adentrándose en el grupo del ya célebre y tétrico Rancho Sphan.

En tanto al de la misoginia, la figura de Charles Manson obra a la perfección como metáfora en todos los niveles posibles. Sumido en el frenesí de la libertad hippie, Manson imbuye constantemente a sus seguidoras en lo que en verdad termina siendo una actitud mucho más similar a la de un proxeneta que a la de un pacifista. La película trata con rudeza lo peligroso que puede ser un discurso bonito en manos equivocadas, y lo terrible de perder la voluntad en pos de un ideal confuso. Asimismo, el filme construye al Rancho Sphan como un paraíso hippie para los hombres, en donde las sumisas mujeres no tienen pasado, escuchan más y hablan menos.

La culpa, por otra parte, está tratada con cuidado en «Charlie Says». Sin dejar de dar constantes referencias a la liberación femenina, ella transcurre por el inquebrantable intento de Karlene Faith, una profesora del correccional de mujeres de California, de traspasar el escudo naif de Lulu, Sadie y Katie para que puedan tomar dimensión de aquello que las llevó a cumplir una condena. Aquí se tornan bien importantes los colores, con el marcado contraste entre los climas de la calma y azulada cárcel, donde predomina la paz, y el rojo profundo y perturbador de la tutela de Manson. La obra llega por aquí a su súmmum, en una muy bien lograda escena que condensa con crudeza la rabia y el cargo de conciencia de las protagonistas.

Por contrapunto, la narrativa de la película se vuelve un tanto imprecisa desde un hecho muy simple: «Charly Says» está basada en dos libros diferentes, y se nota («The Family» de Ed Sanders y «The long prisión journey of Leslie Van Houten» de la misma Karlene Faith). Por momentos, no se sabe si la cinta se corresponde a los puntos de vista de Lulu o si, simplemente, está contando la historia del Clan Manson. Al mismo tiempo, el constante intento de reforzar los mensajes (explícita o metafóricamente) hace que muchas de las escenas funcionen más como pequeñas imágenes separadas que como constructoras de una línea argumental. No obstante, esto no hace que la película deje de ser llevadera y entretenida a la hora de mirarla.