Hay una pandemia que nos azota en estos tiempos. Es una que demuele nuestra capacidad de razonar, de construir un criterio y de dialogar, más que nada, entre nosotros.

No, esta pandemia no es el COVID-19. Es la llamada “cultura de la cancelación”, que obliga a cualquiera a emitir una opinión sobre una persona que no es más que una sentencia express. Tal actitud no es extraña si se trata de la inmediatez regada en todos los aspectos de la vida, la cual parece ser la nafta que propulsa todas las acciones. Para todo es necesario una opinión y, ¡rápida! Porque un pequeño bache de elucubración de ideas en la mente es sinónimo de apañamiento o de complicidad con aquello que se pretende hacer una cruzada por una causa. Sí, suena bastante pomposo tratándose muchas veces de situaciones que son una pavada absoluta o una nimiedad que a nadie le importa. Tratemos de ordenar un poco y de despejar el humo de los estruendos que las redes sociales suelen tirar.

La generación que todo lo cancela (a destiempo)

Cada vez con más frecuencia vemos dedos índices que señalan, por ejemplo, películas que trataron ciertos temas de una manera polémica o que no se compatibilizan con los tiempos actuales, que no son los mismos que de la obra cuestionada. Ahí está el foco del asunto. Las películas que construían un estereotipo sobre un hombre gay no tienen lugar en las construcciones actuales pero, ¿se puede cancelar, por ejemplo “Dos picaros sinvergüenzas” (1988) porque Michael Caine hacía de un hombre con una “muñeca quebrada”? ¿Se pueden aplicar los parámetros de la evolución de una sociedad de manera retroactiva? Sería muy raro caerle a una película de fines de los 80′ con el manual de la corrección política de segunda década del Siglo XXI. Es muy diferente a una posible situación en la que una remake de tal película se representara con un calco, sin adosarle las variantes que los tiempos de cambio trajeron. Allí se nos origina un nuevo problema y es la corrección política. En el final del capítulo 3 de la temporada 10 de “Curb Your Enthusiasm”, Larry David comparte ascensor con una mujer que lo demanda por haberse mofado de las víctimas de acoso durante un evento, en el viaje él le ofrece un scon (de un emprendimiento que tiene en curso), ella se atora y lo que cualquiera debería hacer en tal escenario es la maniobra de Heimlich, lo que implicaría agarrarla por detrás. Larry duda tanto sobre cómo tocarla, ubicarse, colocarse, etcétera, que el ascensor llega al piso y ella cae tendida sin haber recibido la ayuda correspondiente. En unos pocos minutos, Larry David sintetiza el alcance peligroso que tiene la corrección política en estos tiempos, en especial el miedo a ofender, a salirse de la norma y a transgredir una valla, impuesta por una sociedad preocupadísima por el gesto y por ver quién es el primero en hacerlo, incluso sobre manifestaciones artísticas que ni siquiera entran en la capsula de la cancelación. La pretensión es existencia, de aquí en más, de una serie de obras que se enmarquen en la seguridad y el confort personal.

¿Podemos cancelar “El nacimiento de una Nación” de D.W. Griffith por sus ideas racistas? Si la sacamos de catálogo, si la borramos de la historia o si quemamos todas las copias lo que hacemos no es destruir una película sino que quitamos de la ecuación la posibilidad de elegir, por ejemplo, no verla por diferentes motivos (válidos, por supuesto), ya ni hablar de pensar y debatir lo que esa obra propone. De la misma manera que “El triunfo de la voluntad” (1935) u “Olympia” (1938) de Leni Riefensthal -probablemente de las obras más atroces en términos panfletarios de la historia del cine- tiene el destino de la censura, nada de lo que se presenta allí podría llegar a un estadio de aprobación. El gesto de cancelar es solo un “chasqui boom“ para legitimar (¿ante quién?) una posición que, por cierto, casi nunca nadie pidió.

Hace unos días, Netflix recibió una petición para quitar de su catalogo a “Fragmentado” (2017) por tratar de manera negativa a aquellos que sufren trastornos de identidad. Los resultados de una ausencia de educación audiovisual generan este tipo de pedidos porque no se comprende que existe el concepto de ficción, que no es la realidad y que ni siquiera llega a ser una. Tan solo se trata de una construcción.

Más triste aún es leer a Alison Brie pedir disculpas por interpretar la voz de una vietnamita en una serie animada o cuando Hank Azaria dejó de hacer la voz de Apu, uno de los personajes más divertidos de «Los Simpson». El detonante de esta (nueva) propagación de gestos fue la quita de “Lo que el viento se llevó” de la grilla de HBO Max, una película racista y que lo era en el momento de su estreno porque añoraba la época de la esclavitud. Pensemos, ¿qué podría ser “lo que el viento se llevó”? Sí, exactamente. Aquí se busca eliminar la historia, hacer de cuenta que no pasó. Y lo más grave está en esa idea macabra, que excede incluso a atentar contra la libertad de ver o no una película. ¿Cuántas veces vimos historias de sociedades distópicas en las que se quemaban libros, obras de arte, etcétera, con el fin de no corromper la moral de la gente? Ahora en vez de hacerlo en una plaza pública con una fogata (lo que es solo un cliché) se lo practica a través de las redes sociales.

Nuevamente el arma utilizada de manera destructiva. Todos los actos de censura tienen “buenas intenciones” pero no son más que un recorte de las libertades para elegir y/o discutir, en los que solo subyace la idea de pretender que nunca sucedió.