Un hombre despierta sin saber quién es, pero con la certeza física de ser capaz de matar. En «Identidad desconocida» (2002), dirigida por Doug Liman, esa búsqueda será también formal.
Desde el comienzo, el personaje se construye sobre la tensión cuerpo y mente, lo que se es y lo que se percibe. Liman trabaja esa dualidad a partir de una puesta en escena que prefiere los reflejos y espejos. Jason Bourne (Matt Damon) no puede verse con claridad, y nosotros tampoco a él. La identidad, entonces, aparece como algo escindido.
Un recurso destaca esta idea: el clásico plano sobre el hombro. Vemos a Bourne de espaldas: es observado. Él necesita de los otros para reconstruir su pasado y, por ende, su identidad. Quiénes somos, a fin de cuentas, también se configura a partir de miradas externas y creencias ajenas.
La caracterización de Damon se cimienta en una expresión: la sorpresa. Cada nueva habilidad es un descubrimiento para Bourne. Pero ese aprendizaje abre más y más preguntas.
Con «La supremacía de Bourne» (2004), la saga da una vuelta de tuerca. Paul Greengrass entiende que esa identidad en fuga necesita otra forma de ser filmada. Si en la primera entrega la cámara tendía a observar y a ser estática, ahora persigue y está en movimiento.
La cámara en mano se vuelve fundamental: acompaña al personaje todo el tiempo. Este desplazamiento constante trae consigo un nerviosismo que se acentúa con los zooms abruptos, que se convirtieron en marca registrada de la saga. Ambos recursos aportan ritmo, que replica el que se da desde el contenido: la narración avanza a partir de datos que se presentan dosificados y obligan a recomponer el sentido.
Este dinamismo de la cámara aparece también en los planos muy cerrados que subrayan los momentos clave. La imagen enfatiza. Pero ese uso contrasta con las escenas de combate: allí, Greengrass opta por planos más largos, menos estilizados. Las peleas ya no son limpias como en la primera entrega: son torpes, desprolijas. Más reales.
Los cambios formales conllevan, también modificaciones en la interpretación de Damon. Sin dejar de ser un asesino violento y efectivo, ahora hay enojo: tiene también una motivación emocional.
Este hombre-máquina aparece, entonces, con una fragilidad que se expresa en lo físico. Un cuerpo cansado, lastimado, que sigue a toda costa. La forma del relato de decirnos que, a pesar de todo, Bourne es humano: porque ya no es solo una cuestión de supervivencia, es la posibilidad de ser algo distinto de aquello para lo que fue programado.
Mientras Liman indaga de un modo más estático, Greengrass va al límite con un cuerpo que no se detiene. Ambos proponen que la identidad no es fija, es una deriva, algo que se construye en movimiento. Y entonces, la pregunta deja de ser solo de Bourne para volverse universal: ¿no estamos, después de todo, intentando descubrir quiénes somos?
Lista para mi primer plano.