«Whisky»: una persiana demasiado rota

La melancolía también puede ser una pitada o dos de un cigarrillo en el trabajo, escuchar siempre la misma canción al volver a casa, una persiana rota, cada vez más rota; o puede ser un instante forzoso donde toca sonreír para una foto y decir “Whisky”.

En la segunda película del dúo Stoll – Rebella, “Whisky” (2004), nos encontramos con una semana puntual de la vida de Jacobo Koller, un hombre rutinario, dueño de una fábrica de medias, que le propone a su empleada Marta hacerse pasar por su esposa unos días, durante la visita de su hermano Herman Koller.

Herman viene de Brasil para el Matzevá de la madre o, como señala una empleada de la fábrica, “la colocación de la lápida” (para el público goy). Ha pasado al menos un año desde dicha muerte, algo tradicional y parte del duelo que, sin embargo, Jacobo parece no haber consumado.

El ofrecimiento de Jacobo a Marta no es del todo explícito, pero ella rápidamente se sube a la ola de acontecimientos. Propone achicar las alianzas de mamá Koller (algo que finalmente no sucederá), se sacan una foto juntos y acuerdan dónde sucedió su luna de miel.

La interacción entre estos tres personajes nos revela poco a poco parte de sus vidas y, sobre todo con Marta y Herman, nos permite entender dónde están y cómo llegaron ahí. Jacobo, en cambio, más enigmático, como un imán para el efecto Kuleshov, se vale muchísimo del entorno, los planos detalle y todo lo que lo rodea o se le yuxtapone en el montaje.

Una vez la casa es intervenida por Marta y vemos el cubrecama rosa floreado en la cama de Jacobo, la puesta en escena nos regala un primer plano de él deteniéndose a verlo. El recuerdo de su mamá, probablemente la última persona en usarlo. Ese tipo de sensibilidad reveladora que usa John Ford en “Más corazón que odio” cuando el capitán Clayton ve a Martha abrazando el traje militar de Ethan.

La melancolía en “Whisky” también es insistir para ir a la fábrica de Jacobo, porque era de papá, los chistes de judíos que Jacobo ya no soporta o el recuerdo de un fin de semana en Piriápolis.

Herman encarna parte del motor del segundo acto de la película, convirtiendo al “trámite” que Jacobo intenta sortear en un recorrido nostálgico en busca de redención.

Herman no tolera ver el portón de la fábrica; lo vemos en su cara, como un análogo del primer plano mencionado antes. Si el cubrecama era mamá, la fábrica es papá. Cuando más adelante Herman nos cuente que evidentemente sacó algo del “espíritu trabajador” del padre se nos completa por omisión la distancia evidente con la madre. El viaje de Herman se cierra cuando Jacobo agarra la plata por “hacerse cargo” de su madre.

Para Marta, este hombre representa parte de lo que no se pudo permitir, el amor, los viajes, la familia, los colores, las canciones. Que Marta pierda el anillo en la escena de la pileta con Herman es otro de los incontables ejemplos de narración simbólica que tiene la película.

Una de las pocas escenas donde vemos a Jacobo sonreír es cuando juegan al tejo. Es el punto medio del relato, justo antes del montaje rítmico en las calles vacías de Piriápolis. Hasta entonces Marta ponía de su parte con Jacobo, más de la cuenta. Rellenando los huecos en la pared de la casa, poniendo flores en el florero, empujando el auto cuando no arrancaba.

Que para el final Jacobo espere que Marta llegue a trabajar como cualquier otro día después de aquel fin de semana es un resumen de su incapacidad de cambio. No contempla otra posibilidad, porque él tuvo la misma chance y nada cambió.

Tratando de deshacerse de la plata que le dio su hermano, intencionalmente apuesta todo para perder, y gana. Separa un poco de plata y el resto lo empaqueta. Paquete que le da a Marta como retribución.

Para ella, la melancolía es volver de ese viaje aparentemente vacía, mucho más lista que Jacobo para empezar de nuevo.

Jacobo, de alguna manera, se reconcilia con haber hecho lo que debía, con su madre y con su propia vida, al burlar la mala fortuna, una especie de segunda oportunidad; pero la posibilidad de cambio de Jacobo es a ritmo lento, como el matzevá. La melancolía de Marta en su última escena es volver con el corazón vacío y el bolsillo lleno; por primera vez vuelve a casa sin escuchar música.

Me gusta pensar que la plata que separa Jacobo antes de envolver el resto no es para cambiar las máquinas, unas italianas, como le dijo Herman, sino para pagarle al hombre que arregla las persianas.