«En retirada»: al servicio secreto de la oscuridad

La melancolía no siempre remite a una tristeza personal. También puede ser una forma de quedar ligado a una pérdida que no encuentra cierre. En «Duelo y melancolía», Sigmund Freud piensa lo primero como un trabajo psíquico sobre lo perdido; lo segundo, en cambio, deja una marca mayor, porque la pérdida ya no permanece solo afuera, sino que altera la relación del yo consigo mismo. Desde esa perspectiva, se la puede pensar como una memoria que no permite cerrar aquello que sigue reclamando una respuesta. ¿Qué sucede, entonces, cuando esa representación queda unido a una zona oscura de la historia?

En 1984, Argentina recién había salido de la dictadura iniciada el 24 de marzo de 1976. El gobierno de Raúl Alfonsín, asumido el 10 de diciembre del año anterior, debía iniciar la reconstrucción democrática en un clima todavía incierto: faltaba casi un año para el Juicio a las Juntas y nada garantizaba la estabilidad institucional. En ese contexto se estrenaba «En retirada» (1984).

Un hombre fuera de tiempo

Dirigida por Juan Carlos Desanzo, con guion coescrito junto a José Pablo Feinmann y Santiago Carlos Oves, la película sigue a «El Oso» (Rodolfo Ranni), exintegrante de un grupo de tareas que, ante la transición democrática, queda solo y expuesto. Cuando Julio (Julio De Grazia), padre de una de sus víctimas, lo reconoce en el subte, intenta recurrir a Arturo (Gerardo Sofovich), su antiguo contacto, y descubre que el aparato que antes lo protegía ya empezó a replegarse.

Cruda y con un enfoque más cercano al cine de explotación que al testimonial, la película ocupa un lugar singular dentro de las ficciones argentinas sobre la dictadura: se estrenó el 28 de junio de 1984 y puso en el centro a un integrante de la fuerza de choque empleada por los militares, sin remordimientos por su papel en secuestros y desapariciones ilegales.

Desde su primera aparición, el personaje interpretado por Ranni se muestra metódico y pragmático. Los planos detalle de los instrumentos que utiliza para trabajar sus bonsáis evocan, por su precisión quirúrgica, las herramientas de control y daño que alguna vez tuvo a disposición. Pero esa calma queda interrumpida por la televisión: el régimen militar que lo empleó está a punto de caer.

Freud sostiene que el duelo no responde únicamente a la muerte de una persona amada, sino también a la pérdida de «una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad [o] un ideal». Lo que la película pone en escena es una pérdida moralmente invertida: el derrumbe de un orden que le daba función, protección e identidad a su protagonista. Cuando ese mundo se repliega, también se desorganiza la identidad que construyó durante los años de la dictadura.

El mito del antihéroe

Si hubiera una versión retorcida del viaje del héroe desarrollado por Joseph Campbell, el arco de «El Oso» podría servir como base. El protagonista de «En retirada» inicia un recorrido inverso: sale de su zona de confort no para conquistar una verdad, sino para comprobar que el mundo que lo protegía dejó de existir. Su llamado proviene del derrumbe de un sistema que lo apañaba, le proveía contactos e impunidad. Eso que se siente perdido no desaparece del mundo exterior: queda incorporado en él y empieza a actuar dentro de sí.

En otra película, el regreso al pueblo de origen podría abrir una reconciliación con el pasado. Aquí, en cambio, apenas expone la fractura: allí no es «El Oso», sino Ricardo. Tiene una madre, una historia previa y una expareja, Cecilia (Edda Bustamante), que parece ofrecer el último atisbo de redención. Pero, tras descubrir que ella tiene un amante, Ricardo vuelve a ser «El Oso» y el encuentro sexual reaparece invertido en el único lenguaje que conoce: tortura y violación.

El regreso forzado a Buenos Aires lo enfrenta con nuevas puertas cerradas. Arturo reaparece solo después de sus traiciones al sistema y repite la orden: irse y esperar. «Nos retiramos porque perdimos una batalla. Pero la guerra, la guerra la vamos a ganar nosotros», dice el personaje interpretado por Sofovich.

Duelo al anochecer

«En retirada» construye su relato a partir de la oposición entre los duelos de Julio y «El Oso». Para el primero, padre de un desaparecido, el duelo no puede cerrarse porque no hay cuerpo, no hay explicaciones ni hay justicia. El trabajo sobre lo perdido queda interrumpido: la ausencia del hijo no se vuelve pasado, sino una presencia que insiste en la vida cotidiana. Por eso Julio espera y se expone al peligro de enfrentar al hombre que le arrebató a su hijo.

El otro, en cambio, perdió el orden que le daba función e identidad. Su recorrido muestra el repliegue de esa red: Arturo le dice que se borre, los viejos contactos le son esquivos y el mundo que lo rodea parece reaccionar de forma positiva a que el régimen militar desaparezca. Si Julio queda atado a una pérdida que exige verdad, «El Oso» queda atado a una pérdida que no le exige un duelo, sino que lo empuja a volver a ese pasado cercano. Después de todo, él asume que su accionar nunca estuvo condicionado. «Yo lo hice porque creía», le dice a Arturo, «porque creo. Porque para mí no hay otra».

Este choque hace que el relato no tenga un final satisfactorio para nadie. Julio, a pesar de buscar justicia por mano propia, es apenas un testigo de la muerte de su némesis. Los tiempos que se avecinan no son compatibles con aquellos que vivieron al amparo del aparato represor. «El Oso», pensando que todo lo que hizo para el régimen era suficiente para obtener algún tipo de protección, se niega a esperar órdenes. Sus transgresiones son las que firman su sentencia de muerte, ejecutada en la azotea de un edificio que le da la espalda al Congreso de la Nación. Ese que, en breve, va a ser el escenario de una democracia que, a pesar de todo, sigue en pie.