Mientras el mundo humano se paraliza debido a la pandemia, ya hasta el hartazgo nombrada, la naturaleza recobra fuerza y los desastres naturales siguen amenazando con dimensiones y pérdidas humanas. América, de norte a sur, es testigo de su fuerza con huracanes, inundaciones e incendios que amenazan con continuar en el 2021.

Sin un fenómeno intenso de La Niña por 10 años, Colombia se enfrenta a un sistema de planeación urbana deficiente y peligroso. Un fenómeno que afecta cultivos y familias enteras que, unido a la pandemia, podrían debilitar el sistema de producción de alimentos. El gobierno colombiano, junto a las organizaciones multilaterales, intentan implementar medidas para lidiar con la malnutrición en una población sobrepasada por un año marcado por la enfermedad, el desempleo y la pobreza.

En julio de 2020, las sierras de Córdoba, Argentina, estaban en fuego y daban comienzo a una jornada de intensa lucha contra las llamas que devoraban todo a su paso. Se vieron afectadas más de 300.000 hectáreas de la provincia. El fuego continuó expandiéndose por tres meses, afectando más de 90 mil hectáreas en la vecina provincia de San Luis. El avance de los cultivos de maíz y la ganadería afectó el ecosistema de las sierras.

Según la Organización Meteorológica Mundial, durante agosto de 2020 la región centro de Argentina, y especialmente Córdoba, sufrió una sequía que propició el inicio y rápida propagación del fuego, agravada por una intensificación de los vientos. Las sierras de Córdoba pasaron más de 100 días sin lluvias.​ El fenómeno de El Niño había llegado.

Asimismo, el 10 de noviembre la región de Centroamérica no pudo dormir. Un huracán se acercaba y, según los expertos, el más fuerte de la «Temporada de Huracanes» en el Atlántico de este año. El último en alcanzar la intensidad de Categoría 5 y el segundo con las mismas características en ser registrado en un noviembre, luego del Huracán de Cuba de 1932.

Centroamérica, que ya había sido devastada por el huracán Eta apenas dos semanas antes, no podía conciliar el sueño en medio del miedo a lo que se venía. La ola precursora de Iota generó inundaciones repentinas en la mayoría de las islas del Caribe. San Andrés y Providencia, isla del caribe colombiano, se vio altamente afectada, los servicios de salud colapsaron y su precariedad salió a la luz. El gobierno de Iván Duque prometió la reconstrucción completa de la infraestructura de Providencia en un plazo de 100 días y que todas las viviendas destruidas se reconstruirán para el 2022. Sin embargo, el mandatario no pidió evacuar la isla a pesar de las alertas emitidas por el servicio meteorológico. Los avisos y advertencias de ciclones tropicales se emitieron por primera vez el 14 de noviembre en partes de Colombia, Nicaragua y Honduras.

A pesar de contar con un sistema de Servicios Meteorológicos e Hidrológicos Nacionales (SMHN) de los miembros de la OMM que trabajan sin cesar para suministrar al mundo entero información meteorológica y climática esencial, los desastres naturales siguen ganando lugar ayudados por las escasas o nulas políticas de protección al medio ambiente. Las decisiones y los planes de gestión siguen siendo bocadillos que se sirven a necesidad del hombre y no de la naturaleza.

Incendios como el de Australia, que se desarrollaron entre junio de 2019 hasta mayo de 2020, hicieron temer lo peor para este año. En total, en Australia los incendios quemaron un estimado de más de 10.000.000 de hectáreas, destruyendo más de 2.500 edificios incluidas más de 1.300 viviendas y murieron 26 personas.

Tormentas, huracanes y hasta ciclones fueron parte del panorama climático mundial durante el 2020.


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