Pensar en el cine de Pedro Almodóvar y prescindir de su componente provocador sería ingenuo, ya sea por los temas, personajes, especialmente por los lugares y situaciones a los que consigue llegar. Circunstancias singulares que parecen no poder catalogarse dentro de los márgenes de lo que está bien o mal, incomodando con la misma intensidad con la que logran seducir. Dicha ambigüedad lo constituye, y refulge virtuosismo cuando logra encausarse.
En contraste con los colores que dominan la visualidad de sus películas, el recoveco que ocupan los dilemas morales que plantea, se asemejan al gris por lo indefinible más que por lo abstracto. Sus criaturas gozan y padecen su marginalidad inherente, dejando siempre una rendija abierta por donde se pueda filtrar la luz. Desde las monjas poli toxicas de “Entre tinieblas” (1983) hasta espectros de carne y hueso que regresan inesperadamente como Carmen Maura en “Volver” (2006) el bestiario es amplio, prolífico, incluso en el presente.
Al momento de decir algo sobre “¡Átame!” (1989) los caminos que se abren son múltiples. Tal vez el más urgente, generado por un reflejo instintivo, justamente sea el moral. La posibilidad de que lo narrado desarrolle un olor vetusto queda expuesta, aún más por estos días. Su naturaleza polémica confluye con cierta linealidad en el planteo; la tentación de caer en una sentencia enjuiciadora queda muy a mano, pero omitirlo sería un error no forzado.
Entonces ¿se trata simplemente de una película que romantiza el síndrome de Estocolmo, y eleva la masculinidad toxica a niveles definitivos? Si fuera solo eso nada de esto tendría sentido. Resulta más interesante tratar de entender cómo, a pesar de todo eso, la narración llega a conmover; y en el mejor de los casos, a generar empatía para con sus personajes.
Volviendo al director manchego, su film previo no solo representa su irrupción en el plano internacional, sino también su primer gran paso en la consolidación de su faceta autoral. En “Mujeres al borde de un ataque de nervios” el caos y la histeria que caracterizaron a su obra hasta ese momento, se dosifican y encuentran su cauce. La estética grotesca y camp, heredada del cine de John Waters, son dejadas de lado para dar lugar a una comedia de enredos más clásica, y con una fotografía saturada de colores pastel. Esa textura artie tan bien reflejada por José Alcaine, en su primera Almodóvar, también sería fundamental para el devenir de su filmografía.
La composición de Ennio Morricone para “¡Átame!”, sobre todo en los primeros planos de Banderas fuera del nosocomio, colabora en la elaboración de un clima artificial; más parecido a la música de un cuento de hadas con pretensiones siniestras que a la de un drama. Es por demás evidente que lo que se narra se haya fuera del fantástico, eso no impide apreciar cierta ominosidad atmosférica en muchos de sus momentos determinantes, como lo es el primer encuentro de Antonio Banderas y Victoria Abril. El hecho de que en términos diégeticos también se esté filmando una película ayuda a la generación de dicho extrañamiento, que en su puesta en escena admite reminiscencias a “Doble de Cuerpo” (1986).
Su virtuosismo técnico y narrativo es indudable, pero meras virtudes no son suficientes para que la historia logre una interpelación empática y que el horror no sea percibido como tal. Será la construcción de sus personajes, rotos y crepusculares lo que fundamente lo que sucede. Cada uno de ellos va quedar atravesado por el amor y lo perverso como si se tratasen de las dos caras de una misma moneda. Hay un interés del autor en que dichos seres tengan su oportunidad de ser comprendidos, no para validar sus acciones sino para compadecerlos de alguna manera.
El cine de Almodóvar en general, y “¡Átame!” en particular obligan a quienes queremos abordarlos, ya sea como espectadores, críticos o incluso admiradores, a soportar la incomodidad. No como un mero ejercicio morboso, sino con el fin de sensibilizar y conmover, incluso apartir del dolor. Los riesgos que esto conlleva ya han sido expuestos, a veces el tiempo modifica las perspectivas, pero es preferible asumirlos, aunque oscurezca.