Luego de un año de experimentar una pandemia que, por primera vez en todo el planeta, nos ubica a todos en idéntica posición no importa dónde vivas ni el sector o clase a la que pertenezcas, casi la totalidad de los países tomaron medidas para minimizar la cantidad de casos positivos y, sobre todo, evitar pérdidas de vidas humanas por un virus que tiene una letalidad más elevada que las afecciones similares (2,14%).

De todas formas, pese a que la tasa de transmisión de la nueva cepa de coronavirus detectada originalmente en Reino Unido (evitemos denominarla «británica» tanto como al SARS-Cov-2 señalarlo como «virus chino») es aproximadamente 50% más rápida que su antecesora, científicos salieron a desmentir inmediatamente al primer ministro Boris Johnson, que había asegurado públicamente que esta es más letal. No es que sea totalmente falsa la afirmación sino que es apresurada y faltan estudios que lo comprueben.

Mientras el mundo alcanza las 2.134.786 muertes por COVID-19 en casi cien millones de casos totales, las naciones imponen diversas políticas que van desde el confinamiento estricto hasta la indiferencia hacia sus poblaciones. Y no hay un gobierno o Estado que sea un claro ejemplo para imitar. Se hace lo que se puede. Y no siempre se puede hacer todo.

Uno de los países que a partir de este lunes 25 de enero obligará a todos sus habitantes a portar mascarillas es Austria, que contabiliza 404.714 casos positivos, 7.418 fallecimientos y 170.144 personas ya vacunadas. Además, se extendió el confinamiento riguroso hasta el 17 de febrero. Como era de esperarse, grupos civiles marcharon en la capital, Viena, contra lo que consideran excesivo y que coarta las libertades individuales.

Precisamente, el gobierno que lidera Alexander Van Der Bellen anunció que quienes ingresen a comercios y supermercados, además de utilizar transportes públicos, tendrán que usar los barbijos del tipo FFP2, que filtran partículas de hasta 0,4 micrómetros de diámetro (94% de las que circulan en el aire). A partir de esta iniciativa, Alemania y Francia analizan replicarla. «Cualquier protección de boca y nariz es buena, pero la mascarilla FFP2 es tremendamente superior», aseguró Rudolf Anschobet, ministro de Salud austríaco.

Asimismo, como esta categoría de mascarillas tienen un costo de entre 2 y 3 euros, Anschobet anunció que el gobierno las va a distribuir de forma gratuita en adultos mayores y a las personas con menores recursos económicos. Al mismo tiempo, en la conferencia de prensa brindada el jueves, el titular de la cartera sanitaria pidió a quienes comercialicen este producto que los vendan a precio de costo.