“La vagancia” es un insulto, de esos que se puede escuchar hacia uno pero desde lejos, sin entender bien la sustancia de lo que se quiere decir pero que, por su tono, es fácil advertir que es un improperio dirigido para alguien que está afuera del séquito que integra la película. ¿Película? Sí, una nueva de Ayar Blasco pero la primera con actores, y se nota mucho, porque hacer animación no es lo mismo que trabajar con acción en vivo. Hay una premisa de corte fantástico.

María Fernanda (Sofía Gala Castiglione) tiene un súper poder que consiste en dejar sin fuerza de voluntad a todos los que la rodean cuando se enoja, una situación que se presenta frecuentemente porque su marido Roberto (el propio Blasco) saca lo peor de ella. A diferencia de todo el resto del mundo, él es el único inmune a “la vagancia”. En simultáneo, aparece la figura de Cumbio, un espectro que tiene el perfil de un “pibe chorro”, interpretado por Martin Piroyansky (!) fuera de foco (un recurso utilizado por Woody Allen hace 25 años en “Los secretos de Harry”) que pone en riesgo a la pareja. Roberto lo odia pero a ella le atrae un poco, dentro de la historia funciona más como un combustible para motorizar las peleas, que son constantes y repetitivas en su formas dialogales y compositivas desde lo actoral. En varios pasajes, los actores y actrices -más bien amigos del director- exponen severamente el grado de artificio de sus presencias en cámara.

“La vagancia” tiene lo peor que podría tener una película de amigos y es que todo lo que sucede (y cómo sucede) se estanca en una única idea de chiste interno. La atmósfera palermitana de la abulia que se esparce desde el vestuario, los teléfonos, los interiores descascarados pero antiguos y hasta ciertos puntos identificables del barrio y aledaños hace que la historia se clave en una dinámica centrífuga sin demasiado sentido. La premisa sobre el don/maldición de María Fernanda, presentada en un epílogo animado, queda suspendida en el aire durante gran parte del relato hasta que reaparece mágicamente, casi en la forma de un comodín urgido de necesidad para tapar los baches de un trama mucho más pava, la de Cumbio y esta rivalidad con Roberto, cuya sumun de vergüenza ajena es alcanzada cuando se pelean en el parque con una musicalización que ni Raúl Caserta, en un programa de la tarde por Canal 9 de hace 20 años, se hubiera animado a incluir.

El cine de bajo presupuesto realizado con equipos, locaciones, vestuario y hasta horas de trabajo prestadas es imprescindible, porque de ese esfuerzo colectivo de la mancomunión gracias a las amistades y al objetivo unificado de hacer una película, que a priori no haría otro, salen historias inesperadas que no se tendrían de otra manera. La parte de la que se olvida “La vagancia” es la de la recepción: en las tentadas y en los errores que quedaron en la copia final está ilustrada la transparencia de un cine para el sofá con amigos -o peor aún- el de tomar por asalto un festival de cine como si se tratara de un living para que los amigos, conocidos y hasta el que prestó la laptop puedan ir a aplaudir, por supuesto con la comprensible subjetividad que entrega la amistad.

Si hace no mucho tiempo se levantaba la voz por “Soy tu karma” (2017) dirigida por Who (sí, así aparecía en los créditos el publicista que realizó la película) por tener financiación del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), aquí hay que hacer una observación del mismo calibre para una película inexplicable que tiene el logo del programa “Mecenazgo” que promueve la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA). Cierto es que no puede compararse al INCAA con “Mecenazgo”, pero en ambas reside el espíritu de una especie de referato, de instancia previa (en ambos casos funciona de manera diferente) que se encarga de aprobar o no un proyecto. La película de Who tenía un alto grado de prejuzgamiento (confirmadísimo con su estreno) desde el elenco por tener actores y actrices provenientes de la TV más popular. En el caso, la dirigida por Blasco tendrá un blindaje mayor por ubicarse en un círculo de “artistas” y “realizadores de contenido”. La única diferencia permeable entre ambas películas es que una fue a morir a los espacios INCAA y la otra vino a ostentar que fue incluida en la “Competencia internacional” de un festival, lo que demuestra que en muchas oportunidades la barrera de la frontera del prestigio tan solo la accionan un puñado de programadores.

«La vangancia» de Ayar Blasco integra la “Competencia internacional” del BAFICI.

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