«Christy»: luz y sombras

A pesar de tener una sobrepoblación de películas biográficas en la escena cinematográfica actual, existen algunas historias reales merecedoras de una narrativa ficcionalizada. Vimos el derrotero de mil y un boxeadores, con sus caminos trazados desde la pobreza extrema hasta el alcance de una gloria casi siempre efímera o dilapidada por malas decisiones y/o malicia de terceros.

El racconto de la historia de Christy Martin recorre el mismo sentido que tuvo cuando se produjo su primera aparición pública, es decir, al momento del descubrimiento de su talento innato para boxear, el mundo de este deporte en su faceta femenina estaba, todavía, en una zona de amateurismo profundo, porque las bolsas por las peleas eran flacas y el interés del público se ubicaba en el mínimo. A pesar del panorama adverso, Christy presentaba un talento único que propició el nacimiento del boxeo profesional femenino. Por supuesto, en sus albores era visto más como un espectáculo estrambótico que como un deporte equiparado a la par del masculino. Su primera pelea fue por el impulso de la curiosidad y de la intuición cuando participó en un concurso, sin que tuviera una preparación o entrenamiento apropiado para afrontar un combate.

David Michôd tira sobre el paño el molde de un vía crucis moderado para reconstruir una vida tortuosa, incluso en los momentos más luminoso cuando el boxeo ya no es un hobby para la protagonista, sino que se trata de un medio de vida. Los dos extremos, lo bueno y lo malo tienen un solo rostro: James V. Martin (Ben Foster), primero entrenador, luego representante y finalmente esposo. Cooptada por las tres facetas de este hombre transformado en monstruo de la vida real, Christy lucha tanto en la cotidianeidad como en el cuadrilátero para sobrevivir, en ambos mundos el varón aparece como figura adversaria, ya sea desde una individualidad como también desde la invisibilidad dentro de un sistema configurado que podía prescindir de la presencia femenina, a excepción de una figura casi sin rostro que levantaba los carteles que anunciaban el número de round. El mundo cambió levemente y el boxeo femenino construyó un interés, por supuesto las diferencias económicas persisten.

Como todo buen director, Michôd pone el foco mayor en el tono, es decir, su preocupación mayor está en el «cómo» más que en el «qué». Una inversión de factores que sí alteran el producto en el subgénero biográfico, donde parece importar más la reconstrucción de hechos conocidos, aunque no tanto la posibilidad de ampliar la calle de las licencias dramáticas. Esto no va en detrimento de los hechos presentados en función de un nivel de veracidad, el guion del propio director y de su esposa Mirrah Foulkes tiene una soltura propia más allá de lo conocido sobre Christy Martin, cualquier documental o informe televisivo puede hacer un rejunte cronológico de los hechos, pero es el cine el que puede transformar el mismo material en una narración.

Sydney Sweeney, en cambio, sí está acomodada en el estante del actor-actriz pretendidamente entregado a la representación calculada compuesta por un esfuerzo físico tanto como mental para interpretar a un personaje público. En lo primero, podría dividirse en dos partes, porque la caracterización va más allá de una semblanza física, hay una dedicación que puede advertirse con más detalle en los momentos de vulnerabilidad de Christy que en los instantes de gloria. Sobre este aspecto también puede atribuírsele un mérito a la pareja de guionistas y al propio Michôd como realizador, quien parece haber recibido la suficiente libertad para moldear a un personaje público sin traicionarlo, pero tampoco sin olvidarse que el cine es una ficción desde el segundo en el que las luces se apagan y la primera imagen se proyecta.

«Christy» estuvo dirigida por David Michôd y contó con las actuaciones de Sydney Sweeney, Ben Foster, Merritt Wever, Katy O’Brien, Ethan Embry y Chad Coleman.