Lo que sabemos de cualquier cosa nunca es total. Aún en el mejor de los casos, esa información es incompleta, ruidosa y, muchas veces, no la sopesamos y evaluamos adecuadamente. Y cuando la difundimos (en internet, en la mesa familiar o en la peluquería) filtrada por nuestra
propia opinión, le agregamos ruido adicional y muchas veces contribuimos a la confusión, a la duda irracional, parafraseando a Guadalupe Nogués, en su libro «Pensar con Otros».

Entonces, aunque no hay intención de engañar, aumentamos y difundimos cosas que no son ciertas. Cada vez que nos llega un rumor interesante, polémico o divertido y lo contamos sin confirmarlo; cada vez que, en vez de analizar un hecho de la manera más objetiva posible, nos influye más quién nos lo hace saber o si concuerda o no con lo que ya creíamos; cada vez que se nos borran los límites entre quiénes son expertos en un tema y quiénes no, estamos contribuyendo al problema, continúa Nogués.

Detenernos y reflexionar sobre nuestra manera de recibir y transmitir información se transforma en una verdadera necesidad, más aún en tiempos donde la información fluye vertiginosa e incisivamente.

Al respecto, Alberto Diaz Añel, doctor en Ciencias Biológicas, profesional principal CONICET y comunicador científico que actualmente trabaja en el Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal (IMBIV-CONICET-UNCba), nos trae algunas ideas. El COVID-19 generó desde el principio algo que muchos llamaron «desinfodemia», desinformación.

¿Considerás que actualmente eso mejoró?

«De alguna manera, el tema de la ‘desinfodemia’ ha disminuido, pero no ha desaparecido. La mayor contribución para desterrar la desinformación la han hecho científicos que comenzaron a ocupar, sobre todo a través de las redes sociales, el papel que los periodistas no supieron representar, ya que es notoria la falta de profesionales con experiencia en temas científicos en los medios de comunicación. Contratar periodistas científicos en los medios, así como existen desde hace tiempo especialistas en deporte, clima, política y economía, hubiera sido una forma de erradicar gran parte de la información falsa que aún sigue circulando. Ojalá que la pandemia cambie esto, pero ya ha pasado un año y no se ven grandes avances.»

Desde tu experiencia profesional, ¿qué elementos de la información que llega a las personas la hacen una fuente confiable?

«En primer lugar, que sea de una fuente oficial seria. Y cuando hablamos de temas de salud, las mejores fuentes son las organizaciones oficiales mundiales como la Organización Mundial de la Salud (OMS), regionales como la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y locales como el
Ministerio de Salud. En el caso de la actual pandemia, agregaría agrupaciones de científicos que han demostrado saber informar a la población con datos fidedignos, como es el caso de InformAR, Ciencia anti fake news y Science and Art, entre otros.

Lamentablemente, los medios de comunicación se mostraron poco confiables, por el motivo que expresé más arriba, y solo se destacaron aquellos periodistas científicos que han logrado una posición relevante desde hace varios años, con una gran actividad en las redes sociales, casi más que en sus propios medios. Entre los pocos que puedo nombrar están Nora Bär, Pablo Esteban, Valeria Román y Federico Kukso, que se abocaron de lleno al tema de la pandemia.»

En contraposición a lo anterior, ¿qué mirás en una fuente de información que te dice «es fake»?

«Cuando la fuente es dudosa o inidentificable, cuando no se apoya en evidencias científicas comprobables (como publicaciones científicas o boletines oficiales), si apela más a las emociones (sobre todo las negativas) que a los hechos para cambiar nuestra percepción de la realidad. También hay que desconfiar de audios de WhatsApp de personas que no se identifican, videos de YouTube sin respaldo de instituciones serias, y gran parte del material que se distribuye por las redes sociales.

En todos los casos habría que preguntarse: ¿quién es la fuente? ¿Quién lo escribe/dice? ¿Presenta hechos u opiniones? ¿El artículo contiene fuentes o citas que puedan ser verificadas? ¿Utiliza lenguaje que busca provocar reacciones emocionales? Y antes de compartir el material tendríamos que preguntarnos: ¿lo que estoy publicando es veraz? ¿Verifiqué las fuentes de información? ¿El compartir esta información perjudica a alguien? ¿La población está preparada para detectar las noticias falsas?»

¿Relacionarías esto con alguna forma «irracional» de actuar?

«Depende del contexto, pero por lo general no está preparada. El uso de algoritmos en redes sociales para captar la atención de votantes a través de sus gustos y preferencias, con el objetivo de sacar provecho en épocas de elecciones, ha demostrado cuan fácil es desviar la atención de los usuarios de estas redes para que accionen exactamente como los creadores de esos algoritmos (y quienes les pagan para generarlos) lo desean.

En el caso de la pandemia, pasaron muchas cosas muy rápido, los cambios y contradicciones fueron constantes, porque la ciencia funciona así, con prueba y error, pero poca gente sabe eso. La mayoría recibe el ‘producto terminado’ que ofrece la ciencia, pero no conocen todo el trayecto largo, sinuoso y lleno de obstáculos, idas y venidas que hubo que transitar para llegar a ese punto final.

Muchas personas no están entrenadas o acostumbradas a tomar decisiones a través de un pensamiento crítico, y cuando se les ofrece más de una opción para elegir, se inclinan por la más fácil, la más comprensible, la menos compleja, la que solucione todo más rápido, por más irracional que pudiera parecer, sobre todo cuando esas decisiones se tienen que tomar en un contexto de miedo e incertidumbre, como ocurre durante una pandemia, en el que prima muchas veces el sálvese quien pueda en momentos de desesperación, cuando la vida corre peligro.»

Noticias falsas, espectadores/lectores listos para aceptarlas. Se difundió ampliamente las pautas de protección personal para evitar al coronavirus.

¿Considerarías el uso inadecuado del barbijo como pensamiento mágico?

«Si lo vemos como algo opuesto al pensamiento lógico, podría decir que sí. Pero no creo que en todos los casos sea así. Aquellos grupos que consideran que no existe pandemia y que se trata de un plan internacional de control de la población, han puesto al barbijo (y más tarde a las vacunas)
como un emblema del dominio de las minorías sobre el resto de la población. Si a esto le sumamos la incomodidad que puede causar su uso por largos períodos de tiempo, y el hecho de que impide reconocer los rasgos y gestos de las personas en su totalidad, cualquier excusa es válida para no usarlo o utilizarlo incorrectamente, aunque el argumento sea tan ilógico como para afirmar que no impide el pasaje del coronavirus y a su vez no deja pasar el oxígeno que nos permite respirar, o que nos intoxica porque no deja salir el dióxido de carbono que exhalamos, cuando la mayoría de la gente debería saber que las moléculas de estos gases son muchísimo más pequeñas que un virus. En esos casos no hay pensamiento mágico, sino simple irracionalidad alimentada por el miedo preponderante durante la pandemia, y lamentablemente alimentado por los medios de comunicación.»