La primera de 15 noches

Con nuestras mochilas llenas y nuestros cuerpos colmados de expectativas, ansiedad y también nervios y miedo de llegar al primero de varios destinos que recorreríamos durante tres meses, mis dos amigas y yo pisamos La Habana. Nos hospedamos en la casa de Zita, una amiga de la hermana de la tía de una amiga (sí, ya sé, se perdieron en el primer “amiga”). Sabíamos que su hogar no estaba preparado para recibir gente como otras casas de familia que viven de eso. Pero también sabíamos que hospedarnos ahí iba a ser de gran ayuda para ella y su hijo Raiko, quien generosamente nos dejó su habitación y se fue a dormir con su madre durante nuestra estadía.

La primera noche, después de comer en un club sin turistas a la vista y pagando con peso cubano (y no con CUC, que es el peso convertible cubano que usan los extranjeros y equivale al dólar), recorrimos la peatonal de La Habana Vieja. Cuando chusmeabamos desde afuera un restaurant donde tocaban música en vivo, un señor que espiaba como nosotras, me agarró y me llevó adentro del lugar a bailar en medio de las mesas. Resulta que era profesor de baile (o eso me dijo, de todas formas, allá todos parecen profesores). Es increíble cómo viven y sienten la musica, la disfrutan bailando sin vergüenza, no como yo que estaba roja y no embocaba un paso. Nadie nos echó del lugar, sino todo lo contrario. A pesar de mi timidez, ese gesto hizo mi noche y me gané un amigo. Esa iba a ser la primera de 15 maravillosas noches en un país que me sorprendió a cada instante.
“¿Son argentinas? ¡De la tierra del Che!”
Para un turista (o yuma, como nos llaman), caminar por La Habana  no es fácil. Cada dos metros alguien te frena para charlar. Y más si sos de Argentina. Los cubanos se vuelven locos con los argentinos, nos hablan de historia, nos cantan canciones y hasta nos regalan monedas con la cara del Che Guevara. Algunas veces te frenan por simple interés de que les cuentes cómo es tu país, de saber quién sos, qué hacés y qué pensas de Cuba. Pero la mayoría de las veces te paran para pedirte algo de la forma más amable y pacífica que haya visto. Lo que más piden es ropa, jabones, biromes y hasta algún caramelo. Al principio uno trata de hablar con todos, pero hay que ir prevenido para evitar situaciones incómodas, como nos pasó a nosotras.

Durante el segundo día, dos mujeres jóvenes se nos pusieron a charlar en la calle, nos dijeron que ellas vivían en el mismo edificio donde nos estábamos quedando y hasta nos nombraron a Zita. Inmediatamente confiamos en ellas. Nos llevaron hasta lo que pensamos que era su casa para mostrarnos cómo viven (es muy común recibirte en sus casas). Pero al llegar había un hombre que vendía habanos. Resulta que una vez al mes la gente puede venderlos al precio de fábrica y con eso sacar una diferencia muy grande respecto a sus ingresos mensuales. El hombre intentó convencernos de que nos lleváramos algunas cajas a un precio que debía ser económico por el producto que nos ofrecía, pero que nosotras no podíamos pagar, si tenemos en cuenta que era nuestro segundo día de un viaje de cien. Las mujeres que habíamos conocido nos dijeron que si les comprábamos, les daban una ración extra de comida. Lamentablemente, nosotras no podíamos hacer ese gasto y luego de un rato de sentirnos bastante presionadas, nos fuimos sin haber comprado, con el sabor amargo de haber pasado por esa situación incómoda y llevándonos las caras largas de esas mujeres, las cuales podíamos entender pero no ayudar. No nos olvidaríamos de sus rostros en el resto del viaje.
Como vacas, a botella o en guaguas

Al llegar a la terminal, la gente se volvía loca por conseguir lugar en otro camión para seguir viaje. A pesar de ser las únicas tres turistas (y mujeres) nunca tuvimos miedo. La gente nos hablaba en todos lados, su carisma y simpatía nos cautivó. Además no paraban de darnos consejos y hacer recomendaciones. Una hora y media después del viaje en el segundo camión, llegamos a Aguada de Pasajeros, donde nos dijeron que teníamos que buscar “a los amarillos”. No sabíamos de qué nos hablaban.Si no sos turista, viajar en Cuba es muy difícil. Para ir desde Trinidad (al sur del país, en la provincia de Sancti Spíritus) hasta La Habana, tuvimos que levantarnos a las 5 am para esperar un primer camión que terminó llegando a las 7 y que nos cobró más que al resto, que eran todos cubanos. La mayoría de las personas viajan paradas, como animales, ya que solo hay dos maderas finitas que hacen las veces de asientos. Nosotras nos acomodamos en el lugar del equipaje y donde una mujer dormía sin enterarse de nuestra presencia. Asi viajamos dos horas hasta Cienfuegos.
Nos bajamos en una ruta en medio del campo y caminamos un poco para encontrar alguna señal de vida. Ahí vimos nuestro objetivo: eran hombres vestidos de amarillo que te ayudan a conseguir lugar en las guaguas (los micros) que van a La Habana. O eso es lo que pensábamos que iba a pasar… pero no. Tuvimos que esperar abajo de un puente con otro grupo de gente que llegaba para conseguir su lugar. En Cuba se acostumbra a viajar pidiendo botella -es decir, a dedo pero ofreciendo algún billete- o frenando algún micro de pasajeros que tenga lugar disponible. Como explica la bloguera cubana Yoani Sanchez en su Generación Y “a ambos lados de la vía que enlaza una provincia con otra, se ven las manos estiradas ofreciendo billetes que baten al viento. Son esos que no pudieron alcanzar un ticket ni siquiera para el tren y se lanzan al azar de la autopista a la espera de que alguien les pare”.

El problema para nosotras era que, por un lado no hay mucha gente que frene para subir turistas y, por otro, los micros no pasan seguido y si lo hacen no tienen lugar disponible. Debajo del puente, las filas y el orden de llegada no existen: el que se sube primero consigue lugar, el resto debe seguir esperando. Nosotras llevábamos todas las de perder: éramos tres y cargábamos en total seis mochilas que nos reducían la movilidad. ¿El plan? Cuando frenara un micro, la que estaba más cerca corría sin las mochilas para conseguir los lugares y las otras después la alcanzaban. Cuando pensamos que nadie iba a frenar y teníamos miedo de que se hiciera de noche, llegó un colectivo al que pudimos subir. Los asientos que nos tocaron estaban rotos, la música sonaba muy fuerte y tuvimos varias paradas de control en el camino porque alguien transportaba pescado de forma ilegal. Nosotras nos miramos y nos dimos cuenta que era el mejor lugar de todos. Después de haber viajado todo el día en las peores condiciones, eso nos parecía un lujo… mejor dicho, era un lujo.
Ir desde Trinidad a La Habana nos tomó un día entero, pero gastamos 10 CUC entre las tres en lugar de 75, que es lo que cobran los transportes para turistas. Y nos llevamos algo que no se encuentra en otro lado, porque vivimos la experiencia de saber cómo viajan los cubanos. La diferencia es que ellos no estaban de vacaciones como nosotras y es una rutina que repiten todos los días. Yoani cuenta que es una odisea moverse de un punto a otro de la isla:  “Un boleto desde la capital hasta la provincia de Camagüey puede costar la mitad de un salario mensual y nos condena a los apretados asientos de estas guaguas chinas, al aire acondicionado sin regular y al reggaetón que suena estruendoso en sus bocinas”.

En las ciudades tampoco es fácil viajar. Los colectivos no frenan en las paradas y pasan a cualquier hora. Las esperas en una parada pueden ir de 45 minutos a una hora o más. Los taxis cuestan 10 pesos el viaje, equivalentes a menos de 40 centavos de dólar. Para los cubanos es casi imposible comprarse un auto. Los que se ven por las calles son de los años 50 y están armados con partes de diferentes vehículos.
Por la cantidad de medios de transporte que se encuentran paralizados en el país por falta de piezas de repuesto y mal mantenimiento, esta semana destituyeron al director provincial de Transporte, Joel Beltrán Archer. En 2007, la isla compró 800 nuevos ómnibus traídos de China y Rusia. Sin embargo, los datos oficiales arrojan que de 900 colectivos que hay en La Habana, funcionan menos de 500. Es decir, que actualmente solo funciona el 54 por ciento del total de ómnibus del sistema urbano de pasajeros en La Habana.
Ni comida, ni ropa, ni novia

Para salir de Cuba tenés que tener una carta de invitación o un contrato de trabajo, además del dinero para el pasaje y cientos de trámites. El hijo mayor de Zita, nuestra anfitriona, había logrado irse cruzando ilegalmente a Estados Unidos. Ahora ya trabaja y vive allí de manera legal y le pasa plata a su familia, que vive gracias a esa ayuda.
Mis amigas y yo comíamos por 5 CUC en total, cocinando o yendo a lugares de moneda nacional, es decir, eligiendo entre las opciones más económicas. Zita es jubilada, tuvo un muy buen trabajo como productora de televisión, pero ahora gana 400 pesos cubanos por mes, lo que equivalen a 16 CUC. Es decir, casi nada, ya que comer dos veces al día por 5 CUC por comida, costaría 300 CUC al mes. Imposible.
Los supermercados, tal como los conocemos acá, no existen en La Habana. No hay góndolas ni changuitos. Solo mostradores en donde una persona te vende lo que está a la vista. Casi no hay productos. Zita nos mostró la libreta de alimentos donde están marcados los alimentos que el gobierno les da por mes: un poco de leche, azúcar, aceite y arroz. No les alcanza para 30 días, sin embargo, Zita comparte su ración con una señora mayor que conoce y no tiene ningún ingreso.
La ropa en Cuba es muy cara y difícil de conseguir, por eso muchos se visten con prendas que vienen de donaciones. Una vez que supimos esto, nos llamó la atención cuando fuimos a bailar ver a muchas mujeres con vestidos y zapatos que se notaba que eran caros. Raiko, el hijo de Zita, nos contó que esas mujeres lo que hacen es juntarse con turistas que les compran ropa, accesorios y les pagan las entradas a los boliches y bares, a cambio de algunos favores, claro está.
Para Raiko es imposible salir con una chica. No tiene ningún ingreso propio y nunca podría invitar a alguien a tomar algo. Para los chicos jóvenes, una salida es simplemente ir a dar una vuelta por el Malecón. Él contó que no trabaja porque dice que no se puede tener un trabajo honesto ahí. Y da un ejemplo: “si uno trabaja en una panadería, tarde o temprano se termina robando la harina para poder venderla y darle de comer a su familia, si no no vive”. Raiko quiere seguir los pasos de su hermano mayor y algún día poder irse. Es muy triste la visión que tienen muchos cubanos de su país. No ven futuro, no tienen expectativas, solo aspiran a poder hacer su vida en otro lado.
Después de pasar unos días en lo de Zita, nos despedimos de ella como si fuera una madre y le prometimos que volveríamos a visitarla. Nuestro viaje debía seguir, todavía nos esperaban cuatro países más y 90 días de movilización: recorrer, conocer y aprender. Pero nuestra sensación fue rara. Pensábamos en todo lo que nos quedaba por delante, pero veíamos a Zita, a Raiko y a otra tanta gente estancados en el mismo lugar. Nos consolamos al pensar en que, a pesar de todo, no pierden la alegría. Disfrutan con lo mínimo y todo lo valoran más. Algo que sin duda deberíamos aprender de ellos.
 
Mirá más fotos del viaje acá.

7 comentarios de “Cuba: la riqueza que va más allá del dinero

  1. Martha M. de Poggi dice:

    Querida Lola ,gracias a Nicolas accedi a tu pagina. Es buenisima ,me encanta tu redaccion tan espontanea ,y que guapas andar por aquellos lados ! Las fotos buenisimas .Me gusto mucho .Pronto nos veremos ,un abrazo Martha .

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