Como bien sabemos, la última dictadura cívico militar significó muchas cosas. Entre ellas, la actividad más grande y favorita de los represores: la censura.

En una época, Argentina era reconocida internacionalmente no solo por el fútbol sino por tener el aparato de censura más grande en todo el mundo. El Ente de Calificación Nacional fue formado en 1968 y fue un organismo que mantuvo un régimen de prohibición y el recorte de más de 700 películas en Argentina. Su cara visible era Miguel Paulino Tato, un hombre que cumplió con eficacia los pedidos del gobierno militar luego del Golpe de Estado y que llegó a su fin tras la derrota en la Guerra de Malvinas.

La inmensidad de la censura durante la dictadura cívico militar, irónicamente, marcó consigo los cimientos de un gran desarrollo del cine nacional. El ente de calificación cinematográfica fue creado en 1968 bajo la Ley 18.019, la cual decía que no se podía restringir la libertad de expresión a menos que sea por «razones educacionales, el resguardo de la moral pública, las buenas costumbres o la seguridad nacional», en cuyo caso, el organismo podrá disponer de recortes y prohibiciones. El 24 de marzo de 1976 se comenzó a aplicar con mayor fuerza y se prohibieron 727 películas. Miguel fue el director del ente pero no era el único que tomaba las decisiones. Detrás de él se escondían las Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica que, a través de organismos laicos (que utilizaban como voceros del Estado) lograron llevar adelante una censura atroz. Un critico una vez le dijo: «Tato, dejate de joder, ya prohibiste más de trescientas películas, cortala», a lo que el apodado «Señor Tijeras» le respondió felizmente: «¿Estás loco? Cuantas más películas prohíbo, más contentos se ponen los militares y los curas».

No podían haber películas inmorales, violentas y, por supuesto, con fines políticos ajenos a la agenda represiva. Algunos de los títulos más reconocidos que fueron censurados fueron «Resistir» (1978) y «Operación Masacre» (1973), ambas dirigidas por Jorge Cedrón, «Piedra Libre» (1976) dirigida por Leopoldo Torre Nilsson y «Fuego» (1969) con Armando Bo en la dirección y protagonizada por una joven Isabel «Coca» Sarli. Como dato curioso, también odiaba las películas de karate. A principios de los 70′, los filmes de Bruce Lee eran un furor mundial pero en Argentina estaban prohibidas porque, según el censurador, eran violentas y muy malas.

Miguel Paulino Tato era un personaje complicado

Desde el cine militante se lo odiaba y repudia por todas las trabas y censuras que este les aplicaba a los distintos trabajadores de la cultura, aunque desde la parte más «industrial» del cine no se lo atacó tan ferozmente. Era un intelectual del cine, sabía cómo se realizaban las películas, era un interesante crítico de estas y, además, era mejor tenerlo a favor que en contra.

Esta era inspiró el trabajo de incontables guionistas, actores y directores que se juntaban a ver exhibiciones clandestinas de películas extranjeras. Una de las figuras de este circuito under fue el crítico Salvador Sammaritano. Proyectaba las películas en Cine Club Núcleo y, además, contrabandeaba estos tipos de filmes para poder seguir adelante con estos encuentros clandestinos. Las autoridades no solo estaban al tanto de todo esto, ignoraban su existencia. Los represores no eran tan ingenuos como se cree comúnmente. Hernán Invernizzi, autor de “Un golpe a los libros: Represión a la cultura en la dictadura militar”, cuenta que «la dictadura era mucho menos estúpida que lo que creíamos y permitía esas pequeñas válvulas de escape, las permitía porque eran inofensivas (…) En el cine, con algunas experiencias semi clandestinas, pasaba algo parecido». El mismo Sammaritano contó que tuvo un encuentro con Tato y este le dijo: «Te voy a dejar dar algunas películas porque el del cineclub es un público preparado, pero vos me tenés que avisar qué películas querés y yo te digo sí o no».

Era tan fuerte la influencia de Miguel Paulino que a inicios de los 80′ ya se estaba comenzando a crear la película «La historia oficial» pero por miedo de actores tanto como producción, fue estrenada en 1985. Habían arrancado y terminado su producción en 1983 pero todavía seguía el fantasma de la represión dando vueltas.

Pasó mucho tiempo y en el año 1984 esto llevó a que el Instituto Nacional de Cinematografía (ahora INCAA) diera una serie de créditos para que se impulse la reactivación del cine nacional. Mientras ocurría todo esto, el Congreso «tiraba abajo» la ley del «Señor Tijeras», como lo bautizó Sui Generis. Aprobado por unanimidad, se dice que el aplauso fue tan prolongado que los senadores levantaron sus cabezas y miraron sorprendidos a los palcos. La derogación de esta ley fue el símbolo de una época ya superada y el nacimiento de una nueva era en la cultura nacional.

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