«El rugby me cambió la vida»

Hablamos con Tatiana Ruíz Díaz en La Cantera Deportiva, quien se define como «una espartana en libertad». Actualmente es entrenadora en Las Vencedoras, el equipo de rugby femenino de la Unidad Penal de Ezeiza. En diálogo con el programa, compartió su historia de vida, marcada por años en prisión, la violencia, adicción y un punto de inflexión: el rugby.

«Yo conocí el rugby privada mi libertad a través de la Fundación Espartanos. Cuando llevaba más o menos 10 años, me metí en ese programa y me puse a jugar», relató. Luego, explicó el impacto que tuvo el deporte en su vida: «El rugby trajo todo un cambio en mi vida. A través del rugby dejo de drogarme, salgo en libertad, recupero toda mi vida, recupero a mi familia».

Su historia

«Conozco el rugby en una etapa de mi vida en la que yo ya había creado mi propia tumba en la cárcel», relató Tatiana. Sentía que estaba en el último lugar donde pensaba estar. Incapaz de calmarse, empeoraba las cosas y se complicaba sola cada vez más. «Empecé a ser muy nombrada y eso me empezó a pesar. La policía no me quería ni ver, porque era muy terrible. Yo llevaba 6 años y ni la policía ni mis compañeras me dejaban subir a un pabellón. Estaba más presa de lo que podía estar presa».

En un momento vio a Las Espartanas, que recién empezaban a entrenar en la Unidad 37: «Me daban una hora para bañarme y esa hora lo usaba para ver por la ventana cómo ellas se divertían y las miraba y me reía, porque estaba encerrada, no tenía tele, no tenía con quién hablar, entonces, era el único rato donde yo podía ver o hablar con alguien. A través de eso yo empiezo a hablar con las chicas, ellas se reían y yo me reía de este lado cómo ellas se reían, cómo se caían, cómo se divertían».

Fueron esas mismas compañeras quienes insistieron para que pudiera acercarse. «Hacía un año que no pisaba un pabellón. Termino subiendo a ese y me puse a practicar ese deporte y aprendí que había otras maneras de poder calmar todo lo que yo sentía, sin hacerle mal a nadie», relató.

Con los años, Tatiana asumió sus errores. Acepta que fue ella quien se arruinó la vida, pero también reconoce que ya no quiere seguir viviendo así. «Estoy feliz hoy teniendo un trabajo, una vida digna y conociendo otro estilo de vida», expresó. Y descubrió el valor de lo simple: «Me di cuenta que la que se hizo amarga y pesada la vida fui yo. Y hoy, que tengo lo simple, porque tampoco tengo mucho lujo ni nada, tengo lo simple de poder ir a abrazar a mi mamá cuando quiera, de poder salir a la vereda y caminar y tomar aire cuando yo quiera, y eso es impagable».

La Fundación Espartanos

En medio del encierro tocó fondo y así fue que aparecieron los Espartanos: «Busqué la forma de terminar con mi vida de mil maneras y cuando estuve privada de mi libertad también me quise matar. Sentía que mi vida ya estaba tirada al tacho, directamente, y no quería seguir. Cuando yo conozco a la Fundación, ellos me empiezan a dar un apoyo, un cariño», y le dijeron: «Tati, es por acá, por acá. Vos pensás que por ahí con la droga estás tapando tu dolor, pero no lo tapás».

El rugby fue una vía de escape, una forma de vivir mejor: «Al otro día vos te levantás y seguís con el mismo problema y los mismos fantasmas en tu cabeza. Tenés que buscar otra solución, porque por ahí no es. Al meterme el deporte yo sentía que, por ahí, corriendo, cayéndome, divirtiéndome, calmaba ese dolor y esa ira que tenía por todo lo que había vivido, y no lo hacía con violencia».

Antes, cuando no tenía el deporte al alcance de sus manos, se descargaba drogándose y «con mucha violencia encima». Con el rugby, aprendió a calmar el dolor. «Se sentía más satisfactorio, porque la verdad es que no hacía mal a nadie. Yo me sentía mejor y no estaba haciendo daño a otra persona», exclamó.

Hoy, a 5 años de haber recuperado la libertad, sigue jugando al rugby y tiene un trabajo, gracias al apoyo de la Fundación. «Este proyecto hace que las personas que estén privadas de libertad, cuando salgan, tengan una oportunidad para que le den un trabajo y para poder vivir la vida de otra manera, porque si una persona que sale de estar presa tiene 10 años de antecedente, no consigue un trabajo, vuelve a lo mismo», señaló.

También le agradeció a la fundación, que logró que «un montón de chicos, hoy en día, después de haber cometido y pagado por un delito» estén afuera y tengan otra oportunidad. Tatiana ahora es otra persona: «Cambié de vida totalmente. Ya no delinco más, no me drogo más y tengo una vida totalmente distinta a la que tenía antes».

Por otra parte, contó que no tuvo a sus padres criándola, educándola: «Fui al colegio corto plazo, me crié en la calle y a la ‘corta’ agarré la droga. La droga me llevó a delinquir. Delinquir me llevó a estar presa y a vivir un montón de cosas. Lo que hace el deporte en sí es terminarnos de educar». Tatiana entiende que «las personas que delinquen y que están privadas de su libertad están ahí porque hicieron algo y lastimaron gente», pero cree que «si no se hace algo por eso, va a seguir pasando y el triple».

Las Vencedoras

Tatiana decidió seguir con el voluntariado en la Fundación Espartanos y hoy entrena al equipo Las Vencedoras en la Unidad 4 de Ezeiza, en el pabellón de jóvenes adultas. «Es un poco esto: devolver lo que me dieron a mí. Porque a veces la falta de educación, de una buena crianza o de tener los padres cuando son chicos hace que uno haga de su vida lo que puede», exclamó.

Después de recuperar su libertad seguía con culpa: «Sí bien dejé de drogarme, cambié mi vida, en un momento hice mal y no me lo podría perdonar. Entonces, empecé a buscar cómo hacer que me deje de doler esa parte». Buscó la forma de sanar esa herida, y la encontró volviendo al Penal: replicar el apoyo que había recibido. «Ese apoyo, esa contención», afirmó, «sirven para mostrar que se puede cambiar y que hay otro tipo de vida esperándolos afuera».

Además, con su experiencia les habla a las chicas que ahora entrena: «Ustedes, hasta el día de hoy, hicieron con su vida lo que pudieron. Con la educación que tenían, con lo que mamaron en la calle, con lo que pudieron y no tuvieron una guía, no tuvieron un apoyo. No tenían tampoco la edad para pensar y tomar bien sus decisiones, como me ha pasado a mí. Pero, hoy que son grandes, ustedes sí pueden decidir qué hacer con su vidas».

También recomienda que «si no tienen una buena educación encima, hagan lo posible para poder hacerlo hoy, para ir a la escuela, para tomar cualquier curso, cualquier cosa que les pueda ayudar para que ellas puedan ser mejor el día de mañana» y deja un mensaje claro: «Desde hoy en adelante ya piensen que hay una vida hermosa que las espera, pero depende de ellas si la vida es linda o es triste y amarga».

Tatiana cree que, hoy hay más empatía social, que la gente «está como más abierta a poder ayudar de cierta manera a que la sociedad cambie». «Hoy yo soy un delincuente menos en la calle y una persona menos haciendo maldad en la calle», destacó. Y, como ella, «un montón de Espartanos que se recuperaron, hoy son un montón de delincuentes menos en la calle, un montón de peligro menos en la calle y eso es también ayudar a que la sociedad esté mejor».

Asimismo, agregó que «a mí me alcanza con verlas reír. Sé que en esas 2 horas que están conmigo entrenando están dejando de sentir ese dolor que se siente ahí. Porque ahí abunda mucho el dolor, la soledad, la tristeza. Las chicas bajan con una cara y después se van con otra, porque por 2 horas se olvidaron de lo que están pasando, de que extraña a la familia, de esa culpa, de todo lo que lleva estar ahí», destacó. Cuando ve que ellas están felices, riéndose, Tatiana Ruíz Díaz siente esperanza, porque ama los ojos con los que la ven. Ama cómo la miran con esos ojos de esperanza, porque entre ellas «abunda mucho la desconfianza» y «no se abrazan ni descargan». Se emociona al recordar esos momentos: «Vas ahí y se abren a abrazarte o vos las abrazás y te largan ese suspiro de dolor, de tristeza. Yo me siento bien sabiendo que puedo hacer ese abrazo, ese descargo del suspiro que ellas tienen que largar y si, por ahí, de diez una recupera su vida, para mí es un montón».

Antes de concluir la charla, aseguró que vivió en carne propia lo que intenta transmitirles: que hay salida. «Por mí nadie daba un peso y ni yo creía que iba a tener otro estilo de vida que no fuera ese», destacó. Incluso, cuando le estaban por dar la libertad, no quería salir. Pensaba que iba a seguir «en la vida de mierda que llevaba». Por eso, hoy trabaja para que sus jugadoras no pierdan la esperanza ni olviden que «hay una vida esperándolas».

Como mensaje final, dejó un llamado a quienes atraviesan situaciones similares: «Sí, se puede, la droga no es un buen camino nunca, por más que uno piense que lo puede controlar, es algo incontrolable que te va a llevar a cada vez tomar peores decisiones y que se puede tener una vida distinta, que depende de uno».