La escritura de María Belén Aguirre interpela desde la primera letra. Sus versos penetran en unas fibras que van a pedir acción y reflexión por igual. Los rayitos de luz entre la densa oscuridad son descansos entre versos que pueden encontrar a un poeta desaparecido o resucitar a un ser querido por un rato.

Nada mejor cuando es la propia autora quien lo cuenta, porque su poesía la podemos escuchar de sus propias cuerdas vocales en las presentaciones en vivo que nos tiene acostumbrados.

“Hay una vocación de oralidad inherente a la literatura, pero por sobre todo a la poesía. Yo escribo estas palabras con mayúsculas porque, para mí, revisten el carácter y el temple de entidades sagradas. Por ejemplo, si pienso en el medioevo pienso en Boccaccio, en Chaucer, en el Anónimo. Pienso, por añadidura, en la ‘Trilogía de la vida’ de Pier Paolo Pasolini y, en suma, en la palabra hablada, retransmitida, migrada de la boca al oído. Pienso en la literatura no como un pasatiempo sino como un antídoto contra la peste letal de la soledad metafísica. Pienso en historias, pienso en humanidad. Y la poesía es el alma misma de la que está hecha toda verdadera literatura. No hay literatura sin poesía. Y hasta lo prosaico más objetivista está inyectado de poesía. Preguntémosle si no al Di Benedetto de ‘El abandono y la pasividad’ o al de ‘Declinación y Ángel’ o a Grillet del otro lado del océano. Los debates que a lo largo de los 60′ se libraron entre cine de prosa y cine de poesía (Rohmer versus Pasolini) no son más que razonamientos falaces. Me inclino últimamente a creer que todo pensamiento, es per, se falaz. Esa aseveración trae consigo paz para mi espíritu. Y me voy por las ramas para volver a la raíz, y de la raíz a la savia que atraviesa la cuestión de la puesta en escena de la poesía (o el teatro de la palabra, Pasolini otra vez).»

Fue hace poco en una «experiencia inolvidable», como ella misma resalta, en la Cúpula del Centro Cultural Kirchner (CCK) al compartir escenario con la cantante Anyi en el marco de «lo que ciclos de poesía como ‘Suben, Poesía Ya’ u otrora en el remoto pasado glorioso inaugurado por la poeta Inés Manzano fue ‘Interiores’ o el ‘Antidomingo’ de la poeta Sylvia Cirilho, no son más que actos de justicia», sentencia la poeta.

«Otorgarle a la poesía el rango de un arte mayor. Un arte-cuerpo. Un arte-voz. Es el temblor en la voz del sujeto del enunciado, el yo empírico que asoma al tiempo que se quiebra, el acontecimiento-gesto que delata un antropomorfismo literario. Resulta inevitable pensar en el poeta Javier Galarza como el cultor más conspicuo de esta teoría, por lo demás esbozada en un poema. Es que la poesía no está reñida con el pensamiento ni con la razón. El cerebro es nuestra víscera más sensible. Víscera, sí, sesos. Y en este sentido es que el hecho de que desde el Estado tanto como desde la gestión más austera y particular se promueva la lectura de poesía es toda una apuesta al libre ejercicio del pensamiento. Contra toda automatización, la poesía.

Aldo Pellegrini (quien para contribuir a la confusión general introdujo el surrealismo en la Argentina) decía que «la poesía es una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles. Estoy de acuerdo. Pero creo que el carácter ‘imbeciloide’ procede de una carencia más espiritual que intelectual. Una renuncia anterior al intento de aproximarse al lenguaje puro que porta un poema. Es necesario leer y escuchar poesía. Es necesario ya. Cuando me comunicaron que las entradas para la lectura en el CCK se agotaron a los 15 minutos de abierta la inscripción, sentí el paroxismo de una alegría estúpida rayana a la incredulidad. Anyi con su música bellísima y yo habíamos ganado una batalla simbólica, una batalla sin guerra. Y fui feliz, muy feliz por las dos. Y por la poesía en primerísimo lugar.»

Uno de tus últimos libros habla acerca del poeta desaparecido Miguel Ángel Bustos.

¿Recordás cómo y cuándo conociste su obra y su vida? ¿Cómo llegaste a elegirlo para ser protagonista de una de tus obras?

«Tal como señala el escritor Jorge Hardmeier en su libro de ensayos reunidos (y cuyo prólogo está a mi cargo), al citar a Guy Debord, ‘la cultura es el ámbito donde se busca la unidad perdida’. Pienso que fue precisamente mi carencia el móvil que me impulsó a escribir una historia apócrifa sobre el poeta desaparecido Miguel Ángel Bustos. Puesto que la realidad nunca me ha alcanzado, busco crear. Puesto que mi yo femenino no me alcanzaba a fin de abarcar el complejo fenómeno de la humanidad, busqué ser hombre también. Ser Miguel. Estar enamorado de una mujer. Engendrar con ella un hijo llamado E. Permitirme la vulnerabilidad de ser masacrado, vejado, ultrajado y arrojado desde un avión Twin Otter sobre el Río de la Plata. Puesto que no me bastó ser MBA quise ser MAB, tal como lo advirtió en primera instancia el poeta Andrés Kischner al leer ‘Ubi sunt’. Él fue mi primer lector. El lector que elijo y elegiré hasta mi última palabra.

Tu pregunta me remontó como un barrilete a la época en que mis relatos eran firmados bajo un seudónimo masculino. Eso me permitió burlar el juicio de algunos jurados. Ser hombre en una época no muy antigua en la que las mujeres no ocupábamos como ahora un lugar central en el ámbito literario y sobre todo en narrativa. Yo soy una poeta que de tanto en tanto escribe narrativa, pero una experimental. Mi asfixia, mi claustrofobia, mi caja oblonga, jamás me permitirían adentrarme, pernoctar y permanecer en una estructura convencional, por eso juego a libertarme.

Miguel Ángel Bustos es, además de entre los poetas desaparecidos, mi predilecto. Pues su militancia fue lírica en grado sumo, delicada y sublime, la exacerbación de un estado de gracia que transformaba en materia mística todo lo que tocaba (sean estos poemas o dibujos, crónicas o clases de antropología).

A Bustos llegué a través del poeta Alejandro Ricagno, a quien le estaré por siempre agradecida. A la biografía de Bustos llegué a través de un regalo que el escritor Eugenio López Arriazu hizo llegar a mi domicilio por encomienda. Un paquete inmenso. Una bomba de tiempo. Un aparato de peligrosidad bellísima. Miguel Ángel Bustos. Biografía de un poeta militante, de Jorge Hardmeier (publicado por Lamás Médula y con el aval de una beca del Fondo Nacional de las Artes, pronta ahora a reeditarse).

Pero en la ficción de Bustos, de mi Bustos, aparecen también mencionados otros contemporáneos. Entre ellos el poeta Paco Urondo, por ejemplo. O el flaco Spinetta quien es, en mi humilde juicio, a la música lo que Bustos a la poesía. Líricas crípticas, melodías a desentrañar, músicas como retos a oídos amaestrados. Con ‘Ubi sunt’ quise crear desde la elipsis, que es el recurso por antonomasia al que apelo en el libro. Elipsis como agujeros negros, invocaciones a las sombras, la imaginación o a la alucinación, de la que tan bien hablaba Bustos.

Con Miguel Ángel, con el Miguel Ángel empírico me refiero, me pasó experimentar el estupor ante ciertas coincidencias. Desde el mencionado desorden de nuestras iniciales, a la presencia de los pájaros y, en batalla del cuerpo, la epilepsia. Fueron temblores tras temblores los que experimenté leyendo su biografía. Fue ominoso por partida doble. Por su presencia y por su ausencia, porque es inevitable pensar que te puede pasar lo mismo que él si nuestra frágil democracia tambalea. Hay una imagen de Bustos que no puedo ni quiero sacarme de la cabeza: él abrazado al féretro de uno de los masacrados de Trelew, durante el velatorio colectivo, mientras los policías lo fustigaban a palos. Eso es un poeta.»

Compartís algunas presentaciones con Juan Rosasco, quien suele cantar «Gritos de madrugada», canción que se entrelaza por completo con este libro.

¿Sos de buscar temáticas en canciones que se conecten con tus libros?

«Mi muy querido amigo Juan Rosasco me acompaña desde 2016. Cuando Juan compuso su ya icónica canción, Andrés Kischner y yo tuvimos el enorme privilegio de ser los primeros en escucharla, entre temblores y estremecimientos un día de verano. Juan es un poeta. Es de los compositores argentinos al que destaco por algo más que la belleza de sus melodías y el enorme virtuosismo musical. Son sus letras puñales de belleza. Hay revoluciones que libra el arte de modos diversos. Ya a través de la ingenua supresión del sentido (dadaísmo), ya a través de la fuga del inconsciente (surrealismo), ya a través de la exacerbación de la razón (iluminismo) o de la fe (panteísmo). Las hay también del orden de la forma y del contenido. Suelo citar como ejemplo la revolución cinematográfica instaurada por Costa-Gavras. Formas convencionales para contenidos explosivos. Adentro había una bomba y no sabías que el tiempo ya corría a su revés. En las canciones de Juan pasa eso: la revolución del contenido. Pero no sabría explicarlo de otra manera. Siempre circunloquios. Siempre conjeturas. Siempre bordear la materia sagrada. De la ‘cancionística’ de Juan adoro todo. Pero hay un himno para mí. Se llama ‘Un río a mis pies’. Allí la letra tiene la altura de la poética de Juan L. Ortiz, solo por darte un ejemplo.»

En tiempos donde consumimos cada vez más y exploramos cada vez menos…

¿Qué escritores actuales recomendarías para bucear en su obra?

«En más de una ocasión he expresado, hasta casi rozar la apología, que la poesía es una droga dura. Y también, que es una droga y dura, esto es, su efecto perdura más allá de todo fin. Y lo que es válido para la poesía lo es también para la literatura (en todos sus géneros, transgéneros y travestismos camaleónicos). Amo la literatura argentina, la francesa y la norteamericana. He saboreado la exquisitez eslava.

Recomiendo fervientemente la lectura de la obra completa de Gabriela Cabezón Cámara, ‘Cometierra’ de Dolores Reyes, ‘Las malas’ de Camila Sosa Villada, ‘Pogrom del cabecita negra’ de Aurora Venturini, ‘Los reventados’ de Jorge Asís, la obra completa de Antonio Di Benedetto, la obra completa de Juan Carlos Onetti (con especial hincapié en ‘Juntacadáveres’). Todo César Vallejo. La poesía de Osvaldo Lamborghini, ‘Comedieta’ de Leónidas Lamborghini, los diálogos radiofónicos entre Héctor A. Murena y D.J. Vogelmann (compilados por Sara Gallardo en ‘El secreto claro’), ‘Eisejuaz’ de Sara Gallardo, ‘Teorema’ y ‘Las cartas luteranas’ de Pasolini, la poesía completa de Alicia Silva Rey, Jotaele Andrade, Andrés Kischner. ‘Si es puñal que me mate’, el poemario reeditado de Inés Manzano. Toda la poesía de Miguel Ángel Bustos. Todo Barthes. Todos los cuentos de Carson McCullers. La poesía del poeta búlgaro Konstantin Pavlov, traducida y pronta a ser publicada en la Argentina por el escritor Eugenio López Arriazu (su poesía, su narrativa, sus traducciones y su brillante ensayística). ‘El libro de Monelle’ de Marcel Schwob. El I Ching. La Biblia. Y largo etcétera. Y aunque fuera el único poema que leyeras en tu vida: el ‘Canto LXXXI’ de Ezra Pound.»

Se vienen más presentaciones para María Belén Aguirre y así poder disfrutar la exquisitez de sus palabras. A anotar: jueves 25 de agosto en el Tano Cabrón (Jean Jaures 715, Ciudad de Buenos Aires) a las 19 horas, «ocasión en la que me entrevistará el escritor Jorge Hardmeier. Me acompañarán el dramaturgo y director teatral Diego Bernachi (una de las criaturas más brillantes que he conocido), la exquisita diseñadora de moda Analía Boto, el poeta Andrés Kischner, Juan Rosasco (desde luego) y la incorporación del compositor Federico Bianco (gran pianista a quien he confiado mi libro ‘Clases de Olga’ para la creación de una pieza instrumental)»; domingo 28 de agosto a las 15 horas en Bar Fondo Cultural (Julián Álvarez 1.200, Ciudad de Buenos Aires) con «Antidomingo», ciclo coordinado por las escritoras Sylvia Cirilho y Virginia Caramés. «Voy a estar junto a las poetas Susana Szwarc y Alejandra Mendé».

¿Se vive para escribir o se escribe para vivir?

«No se vive para escribir ni se escribe para vivir. Se muere uno para resucitar todos los días, cada día hasta el último. Si es buena, la escritura nos sobrevivirá.»

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