En el mundo democrático de Medio Oriente, pocos países tienen la posibilidad de armar gobiernos primero en las urnas y luego en el parlamento de acuerdo a las normas y legislaciones de cada nación.

El Líbano tuvo su proceso de dos años sin presidente al no formar un gobierno durante ese periodo, algo que parecería inusual en el planeta, ya que la política es voraz y sedienta de ocupar poder. Sin embargo, pudieron seguir adelante. También tenemos el caso de Siria, donde millones de personas se lanzaron a las urnas para elegir al único candidato: Al Assad. Y esta vez le toca a un gobierno ultra de derecha, como lo es el israelí.

El miércoles 29 de mayo, luego del sufragio en el que el pueblo hebreo eligió al candidato Benjamin Netanyahu, a la hora de llegar al Knesset (parlamento) se vio demorada la formación del gobierno por tener varios votos en contra y no llegar a la cantidad necesaria. Por eso se pidió un nuevo plazo para formar un nuevo gobierno y, de ser así, habrá comicios el 17 de septiembre.

Netanyahu busca ser reelegido como primer ministro en medio del escándalo que lo envuelve por sospechas de corrupción, algo que lo tiene a maltraer, ya que hay en proceso una investigación en su contra y, de avanzar antes de que pueda ser reelegido, habrá que reorganizar las elecciones nuevamente.

En caso de reprogramarse, serían el 17 de septiembre y el parlamento tendría el arduo trabajo de construir una alternativa más inclusiva o seguir con el candidato oficial que se proclamó victorioso por quinta vez consecutiva. Netanyahu corre con tiempo antes del probable juicio en su contra por corrupción o llegar al poder y eludir esta situación.

Más problemas

Al problema de la nueva elección de mandatario se le suman disputas entre laicos y religiosos por el servicio militar obligatorio que pretenden que ya no sea así. Ahora comenzará un nuevo camino de disputas para reubicarse y sacar los votos necesarios para elegir a un nuevo mandatario. La problemática de los partidos es que no poseen demasiados recursos para iniciar una nueva campaña electoral contrarreloj.

En un Medio Oriente convulsionado entre los conflictos diarios entre israelíes y palestinos en la Franja de Gaza, se suma la disputa electoral y la ardua tarea de resolver esta situación en simultáneo con el conflicto limítrofe entre ambos Estados. De darse una nueva victoria de Netanyahu, ¿empeorará la situación en Gaza? ¿Un nuevo gobierno será más flexible en las negociaciones con la autoridad palestina? Son respuestas que solo el tiempo brindará, aunque los sucesos ocurridos en los últimos días no son buenos augurios para la paz.