Como un dulce en la puerta de un colegio. Así es como una española describe a la ciudad de Buenos Aires. Una capital con gran riqueza de culturas, tanto por sus gentes como por sus espacios arquitectónicos. Linda región, que te atrapa al poner un pie en ella. Por momentos el visitante cree estar en París, pestañea y de repente se sitúa en un mundo bohemio y casi caótico. La urbe porteña no es una ciudad, son muchas. Catorce millones de corazones latiendo sobre el ardiente asfalto. Sus gentes son pintorescas y dispuestas a una amable conversación, donde la política y el fútbol son los temas estrella: todos saben y todos opinan.
Hasta hay 26 bibliotecas públicas -algunas abiertas las 24 horas-, conciertos, exposiciones, ferias, 335 espacios teatrales (según una guía del rubro). Más que en Nueva York. Es de resaltar el Teatro Colón, uno de más importantes del mundo por su tamaño, acústica y valor histórico. Buenos Aires se consolida de este modo como una de las grandes capitales que ofrecen mayor abanico de ocio y cultura. Un sinfín de oportunidades para sus vecinos y visitantes, donde la creatividad, el carácter buscavidas y la imaginación están por encima de todo.
Pero no todo es perfecto en la metrópoli, como todo gran anclaje de motor también tiene fallos en su sistema. Uno de los que más destacaría, en comparación con algunos países de Europa también visitados, es la falta de puntualidad en los transportes, a pesar de contar con numerosas posibilidades. El colectivo es, con aproximadamente diez mil vehículos en circulación y un total de 195 líneas con diversos recorridos, el más utilizado. Un caos al que el argentino, resignado, contribuye y del que se alimenta (o envenena) todos los días. Una dieta, sin lugar a dudas, más económica que la encontrada en los supermercados, con productos a precios de sierra, con los que se requiere la habilidad del malabarista para intentar hacer un presupuesto mensual de la cesta de la compra. Hablo ahora de la inflación, una batalla que por desgracia forma parte de la historia argentina y que, como visitante y futura -espero y ansío- residente me produce cierto desasosiego. Un ejemplo es el reciente aumento del coste del pan -el primero de año-, y es que desde el pasado 14 de enero el kilo de pan francés tuvo una subida del 18 por ciento. Esto causa tristeza por ser considerada la Argentina el gran granero mundial, con unas carnes excelentes y un dulce de leche que incita a querer morir en las pastelerías y heladerías de Buenos Aires.
Metrópoli que cuida a sus visitantes, pero que descuida a ciertos grupos sociales, que ven cerradas las puertas a la civilización. Poblados que rodean a la capital, donde la sanidad y los derechos básicos no llegan, donde prima la norma del más fuerte. La ciudad sin ley, con códigos todavía no aplicados. Marginalidad compartida por otras grandes poblaciones que presumen de formar parte de la élite mundial. Otro contraste, que al atardecer ensombrece algunas veredas de Buenos Aires y que los porteños también han aprendido a combatir. Un ejemplo de ello es la creación del Mapa de Inseguridad, iniciativa en la que los vecinos destacan las zonas más problemáticas de cada barrio, y donde se registran y clasifican los asaltos. Un informe estadístico de la Corte Suprema de Justicia de la Nación determinó que los homicidios en la Ciudad de Buenos Aires aumentaron de 2010 a 2011, y que los barrios donde más crímenes se cometieron fueron Barracas, Flores y Retiro. “Durante el año 2010 la tasa general de homicidios dolorosos de la urbe había alcanzado un valor de 5,81 y en 2011 aquella era de 6,57 cada 100 mil habitantes”, señala dicho informe. Según esta fuente, el 54 por ciento de los homicidios perpetrados el año pasado tuvieron como móviles ajustes de cuentas, venganzas o riñas; el 12 por ciento fueron en ocasión de robo; el 1 por ciento en legítima defensa y el 23 por ciento de los casos no hay datos sobre los motivos. Algo más del 40 por ciento se cometió con armas de fuego, casi el 20 con armas blancas y el resto con otros elementos.
Un país de expectativas y sueños cumplidos a media tabla, una región que palpita y se desangra, pero que, como sus calles y monumentos, nunca desfallece. Se reinventa, concepto de disparidad.
Artículo elaborado especialmente para puntocero por Lourdes Fajardo Aguado.