Foto: AFP

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El jueves 3 de octubre, a un kilómetro de la isla de Lampedusa, en Italia, un barco cargado de inmigrantes ilegales provenientes de Somalía y Eritrea (dos países africanos con altos índices de pobreza) se incendió y naufragó. Solamente hubo 155 sobrevivientes, y la cifra total de muertos ronda las 300 víctimas. Un oficial de la Armada italiana que participó en los trabajos de rescate relató que, literalmente, extrajeron un “muro de gente enredada unos con otros”. Además, el hombre detalló lo difícil que se volvía separar los cuerpos entre sí, en clara alusión a los intentos desesperados de esas personas por escapar con vida del naufragio.
Por su parte, Giusi Nicollini, la alcaldesa de Lampedusa, manifestó que esta tragedia desnuda la crisis humanitaria que se vive hoy en el mundo. Precisamente sobre este tema, este triste caso refleja la cantidad de inmigrantes de todas partes del mundo que se resignan a viajar en condiciones inhumanas a cambio de subsistir en otras tierras. Y como la demanda es mucha, también existen numerosos grupos de traficantes de personas dispuestos a ocupar el lugar de “la oferta” que se requiere.
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Sobre este tema, en el mes de julio el Papa Francisco fue explícito. Allí mismo, en Lampedusa, realizó una feroz crítica a lo que denominó “la globalización de la indiferencia”. El 8 de julio habló, en una suerte de presagio, de «esas barcas que, en lugar de haber sido una vía de esperanza, han sido una vía de muerte».
Hasta el momento, hay un solo detenido por el deceso de 289 personas y casi 100 desaparecidos. Al parecer, se trata del propio capitán del barco, un tunecino llamado Jaled Ben-Salem, que transportaba a los inmigrantes desde Libia hacia Italia, puntos clave en este peligroso trayecto al estar separados solamente por 113 kilómetros de distancia. Vale destacar que el costo del viaje oscilaba entre los 1.600 y 2.000 euros.
Foto: EFE

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Según relató un sobreviviente, los inmigrantes iban en grupos de 20 o 30 personas en botes hasta el barco, donde eran encerrados y debían viajar parados hasta la costa italiana. Además, contó que fue el propio capitán del navío quien encendió el fuego para avisar que se encontraban cerca de la costa, aunque rápidamente este se propagó y la palabra “destino” se convirtió en otra cosa, un final que solo dejaron lágrimas, dolor y nada de esperanzas.