La historieta ausente: por qué hablamos de sus adaptaciones

Hay una paradoja extraña en el presente cultural: nunca se habló tanto de historietas y, al mismo tiempo, nunca se habló tan poco de historietas.

Se habla de «El Eternauta» de Ricardo Darín o Bruno Stagnaro (o peor, el de Netflix), pero no de «El Eternauta» de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López. Se habla de la futura adaptación de «Mafalda» que prepara Juan José Campanella, pero rara vez se habla realmente de Quino.

Asimismo, se habla del «universo Marvel», pero no de Jack Kirby. Del «Batman» de turno, pero no de Dennis O’Neil, Neal Adams o Steve Englehart. Se habla del producto audiovisual derivado, pero no de la obra original que le dio sentido.

Y el problema no es solamente mediático. Es cultural.

Porque lo que está ocurriendo no es una ampliación del interés sobre la historieta sino algo más ambiguo: una absorción de sus personajes y conceptos por parte de otras industrias culturales más grandes, más visibles y más rentables. La historieta aparece, sí, pero muchas veces reducida a cantera de propiedad intelectual. A materia prima para series, películas, plataformas, algoritmos y contenido de consumo rápido.

El resultado es curioso: personajes creados en viñetas se vuelven mundialmente famosos mientras las obras que los originaron permanecen invisibles.

Hay personas que conocen perfectamente a Spider-Man y jamás leyeron una historieta de Spider-Man. Personas que discuten obsesivamente teorías sobre el multiverso sin haber leído nunca a Steve Ditko o John Romita Sr.. Y eso no sería necesariamente un problema si no viniera acompañado de otra cosa: la desaparición del lenguaje historieta como tema de conversación.

Porque incluso cuando se habla «de historieta», muchas veces se habla de otra cosa. Se habla del casting, del CGI, de la taquilla, del fandom, de la escena post créditos…

Incluso los más avezados hablarán de puesta en escena, de banda de sonido, de fotografía o del uso de la cámara.

Pero rara vez de la página, del ritmo visual, del montaje entre viñetas, de la relación entre dibujo y texto, de la construcción gráfica de una secuencia, del uso del blanco y negro, de la síntesis narrativa. Es decir: rara vez se habla de aquello que hace que una historieta sea un lenguaje.

En Argentina esto se volvió particularmente visible con «El Eternauta». Durante años fue una obra central para propios y extraños, investigadores y autores de historieta. Una pieza fundamental no solo por su calidad narrativa sino por lo que representaba culturalmente: una épica colectiva escrita por Héctor Germán Oesterheld y dibujada por Francisco Solano López, atravesada por lecturas políticas, históricas y sociales que crecieron con el tiempo.

Sin embargo, en el momento en que aparece una adaptación audiovisual protagonizada por Ricardo Darín, gran parte de la conversación pública deja de girar alrededor de la obra para concentrarse en la serie. El foco pasa al presupuesto, al actor, a Netflix, a cómo se verá Buenos Aires nevada. Y algo del original se diluye. Como si la legitimidad cultural definitiva llegara recién cuando una historieta es transformada en otra cosa.

Ahí aparece una pregunta incómoda: ¿la cultura argentina sigue considerando a la historieta un lenguaje «menor»?

Porque el fenómeno no parece casual. Muchas veces, la historieta recibe atención masiva únicamente cuando es validada por otro medio considerado más prestigioso o más central. El cine la legitima. La televisión la legitima. La plataforma la legitima. Como si el original necesitara ser traducido para volverse culturalmente importante.

Con «Mafalda» ocurre algo parecido, aunque desde otro lugar. La obra de Quino es probablemente una de las producciones gráficas más importantes de América Latina. No solo por su popularidad sino por su capacidad de condensar política, infancia, filosofía y clase media en tiras de una precisión extraordinaria. Sin embargo, buena parte de la conversación reciente alrededor del personaje gira más alrededor de la adaptación anunciada que sobre las tiras mismas. Se discute quién la hará, qué estética tendrá, cómo será animada. Menos frecuente es encontrar análisis públicos sobre la construcción narrativa de Quino, sobre su manejo del silencio, sobre la composición gráfica o sobre la sofisticación conceptual de sus páginas.

Y eso revela otra cosa: la dificultad contemporánea para hablar de historieta como lenguaje autónomo.

Porque hablar de historieta requiere detenerse. Leer distinto. Mirar distinto. La historieta no funciona a la velocidad del scroll ni de la reacción inmediata. Exige una lectura activa (quizás, incluso, más activa que la literatura) donde texto e imagen dialogan permanentemente. Exige alfabetización visual. Y quizás ahí aparece parte del problema: vivimos en una época saturada de imágenes, pero cada vez menos entrenada para leerlas.

Paradójicamente, hay más contenido «sobre cultura pop» que nunca. YouTube, TikTok, Twitch, podcasts, reels, hilos. Miles de personas hablando constantemente de personajes y franquicias. Pero, en muchos casos, esa conversación está desacoplada de las obras originales. Se analiza el «lore», la cronología, la conexión de universos, la especulación futura. No el lenguaje. No la construcción artística.

Y en esa dinámica ocurre algo particularmente extraño con la historieta: sus personajes sobreviven mientras sus autores desaparecen.

Todo el mundo conoce a Batman. Mucha menos gente sabe quién fue Bill Finger.

Muchos consumen adaptaciones de «The Walking Dead» sin haber leído a Charlie Adlard o Tony Moore.

Se celebra el «tono oscuro» de ciertas películas sin entender que, muchas veces, esas búsquedas visuales nacieron décadas antes en las páginas impresas.

En el fondo, lo que se pierde es la idea de autoría.

Porque la historieta, a diferencia de muchas franquicias audiovisuales contemporáneas, todavía conserva algo profundamente autoral. Incluso en producciones industriales, el trazo importa. La composición importa. La voz narrativa importa. Uno puede reconocer a Alberto Breccia, a Frank Miller o a Daniel Warren Johnson en una sola página. Hay una materialidad artística ahí que las adaptaciones muchas veces absorben, simplifican o directamente eliminan.

Y quizá ahí aparezca una última pregunta, más incómoda todavía. En un presente saturado de programas, podcasts, streams, canales de YouTube e influencers dedicados al cine y las series, ¿cómo puede ser que tan pocos hablen realmente de las obras originales? ¿Cómo puede ser que tantas horas de contenido alrededor de personajes nacidos en historietas convivan con un desconocimiento tan profundo sobre sus autores, contextos y lenguajes?

Porque el problema no es solamente que alguien no haya leído una historieta determinada. Nadie puede leer todo. El problema aparece cuando se construye discurso público sobre una obra sin interés real por comprender de dónde viene. Cuando se habla de «El Eternauta» sin mencionar a Héctor Germán Oesterheld o a Francisco Solano López. Cuando se analiza una adaptación de «Mafalda» sin detenerse en la dimensión política, gráfica y filosófica de Quino. Cuando se reduce una obra compleja a una propiedad intelectual lista para consumir o todavía más lamentable: cuando se analiza solo el producto derivado, sin contexto ni responsabilidad comunicativa.

Y ahí la pregunta deja de ser cultural para volverse periodística. Porque si alguien decide ocupar un espacio de comunicación -sea desde un gran medio, un podcast o un canal personal-, ¿no existe también cierta responsabilidad de investigar, contextualizar, consultar? ¿No debería formar parte del oficio entender el recorrido de las obras sobre las que se habla? Incluso, si no se tiene el conocimiento específico, ¿no sería lógico dialogar con críticos, autores, investigadores o lectores especializados que sí vienen pensando esos materiales desde hace años?

Tal vez parte del problema contemporáneo esté ahí: en una cultura de opinión inmediata donde muchas veces importa más reaccionar rápido que comprender profundamente. Y la historieta, justamente, parece pagar el precio de esa velocidad. Porque requiere lectura, contexto, tiempo y sensibilidad para entender cómo funciona. Quizás, por eso, tantas veces queda afuera de la conversación, incluso cuando la conversación gira alrededor de ella.

Pero mientras existan lectores, autores y espacios dispuestos a volver sobre las páginas originales -a leerlas, discutirlas y defenderlas como obras en sí mismas-, todavía habrá una posibilidad de recuperar algo fundamental: la idea de que detrás de cada adaptación exitosa existe primero una historieta que merecía ser leída.

Tal vez por eso hoy la discusión más importante no sea cómo lograr que más personas consuman adaptaciones de historietas sino cómo volver a hablar de historietas. De sus páginas. De sus autores. De sus búsquedas gráficas y narrativas. Recuperar la idea de que una viñeta puede tener el mismo peso artístico que una escena de cine. Que una página puede contener una complejidad emocional y política imposible de traducir completamente a otro formato.

Porque cuando una cultura deja de hablar de las obras y solo habla de sus adaptaciones, algo empieza a perderse. No solo memoria. También lenguaje.

Y quizás ahí esté la verdadera batalla pendiente: no defender a la historieta como cantera de ideas para otras industrias sino defenderla como lo que siempre fue.

Un arte completo en sí mismo.