«Gustavo es un tipo bastante particular que ama a sus hijos apenas un poco más que a sí mismo». Esta expresión es la síntesis del personaje que interpreta Javier Drolas en «Las buenas intenciones» de Ana García Blaya. La ópera prima de la directora representa una época y una configuración familiar que hoy (quien escribe) puedo tomar como propia, y que condensa las emociones de una escritura catártica empapada de nostalgia.

A principios de los 90′ en Buenos Aires, Amanda tiene 10 años, dos hermanos menores y padres separados con los que los niños conviven alternativamente. Pero un día, su madre dispone que pronto se irán a vivir fuera del país, lejos de la desprolija vida de su padre.

Para la construcción de la época, la película se hace en gran parte de la música que sonaba mucho en ese entonces, algunos temas de Flema o de Charly García ayudan a pintar ese paisaje general que, a la vez, habla de una identidad musical particular de esa familia, que puede ser como muchas pero que definitivamente hay otras que no es. Caracterizada por un espíritu de rock impregnado en chicos pequeños que, como muchos sabemos, esa primera identidad musical se forma como herencia de los fanatismos de nuestros padres y madres, que ya de adultos podemos identificar con un principio de mímesis en el que por un pedacito de nuestra vida fuimos ellos, antes de crecer y ser quienes somos.

La dinámica se conforma por un relajo excedido que provoca nervios. Ana Blaya construye una figura masculina para la cual la paternidad se manifiesta como un torbellino inabarcable por distintos motivos. El perfil del personaje de Gustavo se empareja con aquellos que no planchan los guardapolvos, que no saben bien cómo peinar a sus hijas, aquellos con los que el menú es siempre el mismo por pura pereza y que no miden los labios violetas de frío de sus hijos en la pileta. El tipo de padre que llega tarde a la entrada del colegio y también a la salida, que deja a sus hijos comer en la misma cama en la que duermen, e innumerables etcéteras que pueden incluirnos o no, pero que pueden mover la fibra de algún recuerdo o rasgo particular de nuestros padres a través de cualquier época.

Hay un «pero», ubicado en el punto de vista de los niños (puntualmente en Amanda), quienes por su corta edad no perciben las falencias como sí lo hace su madre, por ejemplo, y que hablan de una infancia feliz, de que un padre puede criar desde el amor y desde la irresponsabilidad al mismo tiempo. Y ahí se encuentra, quizás, el nudo que cruza la catarsis con la nostalgia.

La escritura de esta ópera prima guarda la pulsión de su primer momento y se preservó hasta el rodaje para luego estallar hacia afuera. Cuenta la directora que «en el Festival de Toronto vino una chica japonesa llorando a decirme ‘es la historia de mi papá’ y terminamos abrazadas llorando. Ahí me di cuenta que podía ser una película que no solo le llegará a mi familia y a los amigos de mi papa».

«Las buenas intenciones» guarda para quien la vea las posibilidades de encontrarse, de recordarse y reconciliarse con los padres que hicieron lo que pudieron o, incluso, con aquellos que no hicieron lo que podrían haber hecho pero que, de alguna manera, nos amaron y nos transmitieron lo mejor de sí mismos como individuos, que no necesariamente fue lo mejor de su forma de ejercer el rol de padre. O sí.