Dentro de la programación del 35° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, se destaca la presencia de varios documentales con búsquedas diferentes y, por momentos, aún más interesantes que la ficción actual. Sandra Gugliotta presentó, dentro de la Selección Oficial Fuera de Competencia, su nueva película «Retiros (in)voluntarios», donde logra trazar una línea neoliberal entre Francia y Argentina, contada por sus víctimas.

El 2 de julio de 2008, un hombre de 53 años llamado Jean-Michel es arrollado por un tren en Saint-Lyé, un pueblo de 3.000 habitantes ubicado al este de Francia. Durante los primeros minutos la directora recorre los testimonios de vecinos que especulan con posibles rupturas de pareja y cuestiones familiares. Pero eso rápidamente se desarma cuando aparece algo tan oscuro como impactante: Jean-Michel no es el único, decenas de suicidios sucedieron en Francia por el mismo motivo, el acoso laboral sufrido en la empresa France Telecom.

Esta compañía, que antes era estatal, estaba en pleno proceso de «reestructuración» luego de ser privatizada. Esto implica siempre grandes cantidades de despidos, sin embargo, suele haber empleados y empleadas en los que no es posible o conveniente por distintos motivos y las nuevas cabezas al mando desataron sobre ellos una serie de torturas para que se fueran, pero que provocaron los suicidios de muchos de ellos y, además, que lo hicieran en forma de manifiesto desgarrador, como prenderse fuego en el propio lugar de trabajo y dejar cartas que responsabilizaban a France Telecom por su muerte. Los testimonios de las familias cuentan en detalle el desgaste psicológico que sufrían los empleados y empleadas, incluso algunos que no lograron suicidarse narran ese terrible periodo que les cambió la vida para siempre.

El paralelismo está trazado con los 90′ en Argentina bajo la presidencia de Carlos Menem. Nos reencontramos con esta porción de nuestra historia en este festival como lo hicimos previamente con «Esquirlas» de Natalia Garayalde, quizás porque rozamos recientemente el neoliberalismo una vez más y se volvió urgente hacer memoria. Las privatizaciones son un espejo donde Francia puede mirarse. En nuestro suelo también hubo decenas de suicidios, depresiones y destrozos a la salud mental como consecuencias de no aceptar los «retiros voluntarios» que ofrecían las empresas.

Sandra Gugliotta narra con entrevistas, mayoritariamente, y solo un poco de material de archivo para encuadrar la situación. El poder está en la articulación del relato, el hallazgo del paralelismo y el poder de la escucha. Con su propia voz en off como único detalle a objetar por desfavorecer la inteligibilidad del sonido, pero a su vez con el reconocimiento del sentido político que aporta haber tomado ese rol.

Pero otra de las cuestiones que quedan sobrevolando luego de ver el documental, es entender que la violencia psicológica y el desgaste son mecanismos usuales del sistema de las empresas para con sus trabajadores. Que forman parte de la cultura de los ambientes laborales, solo que en estos casos que cuenta el documental cometieron un exceso sobre algo que está fríamente medido para doblegar, aunque no tenga un desenlace tan duro como el de estas historias. Queda también esa sensación de haber escuchado o vivido alguna situación de desgaste similar a las narradas, que nos involucran de lleno con lo que cuenta Gugliotta y que nos sacude como espectadores y espectadoras hacia un lugar de inevitable reflexión.