En el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata sobrevuela una frase recurrente que es «quiero ver la nueva de tal», en estos eventos se disputan la atención las filmografías de directores y directoras de enormes trayectorias. Pero ese no es el único sentido del festival, porque también es una oportunidad única de ver la emergencia de nuevos nombres que llegan con su primera película bajo el brazo y, de repente, sacuden el tablero. Ese es el caso de «Esquirlas» de Natalia Garayalde.

Natalia perteneció de pequeña a una de esas benditas familias que tenían una cámara de video y que se acostumbraron a filmarlo todo y que, gracias a eso, quienes entonces eran los niños y niñas de la familia hoy adultos descubren la potencia de esas imágenes y construyen películas que pintan su aldea y logran pintar el mundo, como es el caso de Agustina Comedi también con «El silencio es un cuerpo que cae», por ejemplo. No es casual entonces que esta última haya colaborado con la realización de «Esquirlas», evidente en el trabajo de la precisa voz en off.

La familia de Natalia filmaba lo que en algún futuro serían sus recuerdos familiares y privados. Pero el 3 de noviembre de 1995 estalló la Fábrica Militar de Río Tercero, en Córdoba, lo que provocó que miles de proyectiles se dispararan y se esparcieran en los pueblos de alrededor, en una tragedia que dejaría siete muertos y centenares de heridos y afectados. Desde ese momento, la cámara registró, quizás por instinto o quizás sin saberlo, un documento invaluable.

Vivía a solo 300 metros de la fábrica, las filmaciones tienen aquello que el archivo televisivo no nos puede dar: el pulso de la desesperación, de la angustia, del miedo. El ojo de la cámara mira con los ojos de la incertidumbre, el asombro y el desconcierto los destrozos y el caos que son propios de una historia de terror no tan contada en esos términos, y con pocos esfuerzos sociales por recordarla como merece, quizás porque el porteñocentrismo no se permite prestarle tan sensible atención a aquello que sucede fuera de Buenos Aires.

Las esquirlas vienen a ser los fragmentos que se desprenden del material explosivo al momento de la detonación, y este documental nos muestra no solo aquellos visibles y enormes proyectiles que destrozaron casas y autos a su paso sino también aquellos invisibles y silenciosos que siguen presentes de forma dolorosamente indivisible de quienes vivieron esa tragedia. A través de los ojos de unos niños geniales y divertidos que jugaban a hacer programas de televisión, pero siempre bajo el manto de su mirada hacia atrás ya adulta, reflexiva, triste. La edición está a cargo de Julieta Seco y Martín Sappia, este último ya elogiado en este mismo festival por su película «Un cuerpo estalló en mil pedazos».