«Nouvelle Vague»: cine sobre cine

En el marco del 40° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata se presentó «Nouvelle Vague», la nueva película de Richard Linklater dedicada a la historia de Jean-Luc Godard y su aventura de filmar «Sin aliento» («À bout de souffle»).

Esta película se encuentra dentro de la sección de Autores y, aunque no sé si se puede definir un sello estilístico distinguible para Linklater, su obra confirma que tiene cierta facilidad para trabajar con la ternura y el humor. En este caso, retoma la figura de un Godard ansioso por filmar su primer largometraje, esperando por fin esa oportunidad que ya habían conseguido sus colegas de Cahiers du Cinéma.

La Nouvelle Vague francesa es un periodo ubicado en la década del 60, protagonizada por un grupo de cineastas, con formación en la crítica de cine, que se opusieron a los modos tradicionales de producción, impusieron la importancia de la autoralidad y otras características que no solo marcaron su propia época, también formaron a los cineastas que los sucedieron.

Además de ansioso, la película lo muestra excéntrico, intenso y convencido de hacer las cosas a su manera sin que nadie a su alrededor entendiera del todo cuál era. Por un lado, tenemos los personajes que confían casi ciegamente, como el Jean-Paul Belmondo que hace Audry Dullin y, por otro, tenemos a los que se sienten exasperados por lo atípico de sus modos. La más representativa es Jean Seberg, interpretada hermosamente por Zoey Deutch.

La película no busca profundizar en todas las lecturas conceptuales que se sumaron capa sobre capa a lo largo del tiempo sobre Godard y su obra. Busca imaginar un rodaje que aún estaba libre de todo eso que se iba a generar después, un rodaje que es una incógnita sobre qué clase de película están haciendo.

Esto último es interesante, si tenemos en cuenta que Nouvelle Vague tiene una narrativa accesible a todo tipo de públicos, no es exclusiva para el entendimiento cinéfilo de nicho. Le arrebata de las manos al esnobismo la figura de Godard y se la ofrece a todos para que puedan divertirse, quererlo e, incluso, conocerlo quienes aún no lo hayan hecho. Linklater abre una ventana hacia uno de los periodos más hermosos e influyentes de la historia del cine. Lo hace con fórmulas conocidas y sin ambiciones propias, más bien se pone al servicio de esa historia y se atreve a dotarla de una comedia tierna, blanca.