Domingo por la noche en la Ciudad de Buenos Aires y el clima no está para dramas. O sí, si se toma la decisión de ir al teatro y dejarse llevar por las emociones que afloran al adentrarse en «PH Chernobyl». Esta obra, escrita por Andrés Binetti e interpretada por Laura Manzini, Alejandra Oteiza, Jowy Sztryk y Martina Zapico es para todos los gustos y toca, consciente o inconscientemente, las más variadas fibras íntimas del ser humano, dependiendo de cuán amplio sea el espectro del sentido del humor.

Desde cierta óptica se dirá que, si bien es innegable su profundidad como obra, las carcajadas no tardan en llegar cuando el espectador se reconoce en alguno de los personajes. Por ejemplo, el aporte a la comedia es de una exmaestra que aún lleva consigo su experiencia traumática de sus previos años de ejercicio del cargo.

Otro de los momentos estelares que causaron destellos de risa tiene que ver con la representación del ciudadano argentino, quien de emprender nuevas ideas para futuros negocios entiende muy bien, aunque no sean exactamente exitosas ni mucho menos realizables.

Como se mencionó previamente, todo depende del prisma con que se lo vea. Por eso, también vale destacar que la obra es en sí profunda, ya que las cuatro mujeres que habitan el PH Chernobyl están tan desarmadas (económica y psicológicamente) como la metáfora de su título. Hablar de cada una de ellas es describir a una joven que habla y ríe sola encima de una cama de la que solo sale para ir hasta la vereda o la terraza y que esboza necesidades psico-afectivas y hasta sexuales. Es describir a una maestra que recuerda sus días de trabajo como un infierno mayor que su presente. No menor es el desempeño de la actriz que representa a una aspirante a tenista y, finalmente, una entrenadora que posee quizá el único atisbo de esperanza que puede salvar esa situación o querer salvarse gracias a la deportista.

De cualquier modo, las cuatro interpretaciones nos regalan una hora de diálogos dinámicos, frescos y verosímiles que dan ganas de tener apagado el teléfono y sumergirse en la historia.

Mucho tiene que ver la caracterización de los personajes que, a simple vista, se puede observar su perfil e identidad. La primera actriz que el espectador verá sentirá muy, pero muy de cerca, el desequilibrio que ella tiene, que termina por contribuir en las escenas finales. Por no hacerlo extenso, ese será todo el ejemplo de la interpretación y vestuario, pero la realidad es que las cuatro de ellas, simultáneamente, están bien dirigidas y hacen honor a sus roles.

Precisamente, esos están perfectamente definidos gracias a la puesta en escena, austera pero clara. Tampoco era necesario más. Con una cama cucheta, una colchoneta, una mesa y una silla delante de la pared de chapa del hostel, fue suficiente para la sólida contextualización del tiempo y espacio de la obra. Sin mencionar la iluminación, que jugó un importante rol en la interacción con el espectador. Esa luz roja como leitmotiv que llevaba a la audiencia a una reflexión dentro de la obra. Si la luz tuviera un sonido, valga el oxímoron, sería: ¡chan! Y si tuviera una voz, sería: “¡fijate!”.

«Petit Hotel Chernobyl» es sinónimo de variedad. Variedad en el grado de locura, en el grado de pobreza (en el tipo de pobreza), variedad en el tipo de soledad que cada una de ellas tiene y afronta. En otras palabras, y en marcados momentos, es reírse para no llorar, es reírse de la desgracia.