Fechas como cumpleaños y aniversarios son meras excusas para reflotar ideas y pensamientos sobre personajes que no están a la orden del clickbait o de la urgencia de los medios. John Carpenter, quien cumple 75 años, precisamente no lo está (ni lo estuvo casi nunca) en el mapa del cine y su periferia. Es normal, tratándose de un director que no estrena una película desde hace una docena de años, y así y todo se presenta un fenómeno raro.

La cinefilia, ese término tan general y bastardeado del que muchos creen que se trata solo de ver muchas películas, tiene un aprecio por Carpenter que excede cualquier lógica relacionada a los estrenos de la semana, o a “lo último que hay que saber sobre la nueva Batman que se estrena en meses”. En los y las estudiantes de cine su nombre se pronuncia varias veces, se escribe otras tantas y se proyecta en una pantalla muchísimas más que ciertos directores de moda. La pregunta es: ¿por qué se prolonga generacionalmente el fanatismo por el cine de John Carpenter?

Cierto es que Carpenter no es el único director inactivo que despierta pasiones, otros que se repiten son los de Alfred Hitchcock (en forma general), John Ford (en menor medida, ahí existe un problema de desgarro divulgador) o Leonardo Favio (su nombre rebota más en aulas de cine que en otras esferas), tan solo por nombrar tres sin pensarlo demasiado. Entre las frases que más se escuchan están aquellas que vinculan a las películas actuales con la muerte del cine, es decir, el mainstream está aniquilando al séptimo arte, como dicen algunos que se creen la reserva moral de las películas, pero que todavía pronuncian ciertas frases para validarse, aunque ya sean mohosas.

Que hay una crisis, la hay. Ahora, ¿es todo un valle de lágrimas? ¿No hay esperanza? ¿Hay solo un abismo enorme al que nos acercamos cada vez más? No hay respuesta definitiva, no obstante, gran parte de las nuevas generaciones (sin ponerle etiquetas) interesadas en el cine, ya sea desde la producción como la recepción, abrazan esa idea de tradición mezclada con la innovación. En la filmografía de Carpenter hay una idea mayor que se extiende, y es la de abrazar el cine clásico (el que lo formó) para nutrirlo de una rebeldía pertinente, porque sin ser del “New Hollywood”, hay en su espíritu una voz que le susurra al oído para quemar algunos puentes de un cine vetusto, uno que no alienta a la subversión. No es casual, también, que sus películas aparezcan como ejemplos para aprender a encuadrar, con solo ver “Halloween” (1978) se puede absorber todo lo necesario acerca del tema.

En este período actual de incertidumbre, en el que el streaming está aprovechándose de la agonía de las salas de cine y la experiencia que eso conlleva, que John Carpenter se propague en la juventud es motivo de celebración. También es una señal ilustrativa para descansar ese rumiar de “la muerte del cine”, que ya es denso en sus manifestaciones, las cuales son también muchas veces vacuas sin argumentaciones, por citar un caso: “No se estrena la nueva de Woody Allen en cines, qué desastre”. Quizás las nuevas (viejas) películas de Woody Allen ya no interesan más como antes. Sería más preocupante pensar que si John Carpenter, un director siempre a la vanguardia, sacara una nueva película, las salas de cine no estuvieran abiertas a recibirla. Ahí habría una alianza de generaciones que saldría a prender fuego todo. Y con justa razón.

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