Los medios de comunicación suelen estar en crisis, incluso en los albores de cualquier tecnología de la que hoy disponemos, como si fuera un orden natural, porque la simple aparición provoca una alteración, en especial con las tecnologías previas, sus usuarios, sus consumidores y, ni hablar, de aquellos que poseen el poder.

Desde hace un largo tiempo, el debate entre los medios tradicionales que resisten el perecimiento y los medios digitales que irradian modernidad y futuro se desplazó hacia los trabajadores, quienes tuvieron que actualizarse, adaptarse y hasta resignarse a lo «nuevo». La comunidad periodística -por utilizar un término buena onda para un ambiente que casi nunca lo es- suele tener un corporativismo que no se aprecia en otros ámbitos. Incluso cuando se trata de periodistas en veredas ideológicas opuestas, las diferencias se esfuman cuando la posibilidad de una crítica sobre su labor se pone en duda o simplemente se esboza. El valor de «la libertad de expresión» se licuó tanto estos últimos años que se la invoca maliciosamente, y acá es donde surge un punto para debatir.

La labor periodística no está regulada, no existe un «colegio de periodistas» como sí lo hay para abogados, contadores y cualquiera que utilice una matrícula para desempeñarse. Es así que muchos periodistas hicieron de su trabajo un oficio, a partir de la experiencia reunida en campo, o sea trabajando directamente en un medio sin pasar por una escuela o una institución formativa.

En otros tiempos conocíamos muchos casos de periodistas famosas y famosos que trazaron el comienzo de su carrera radial, gráfica y/o televisiva yendo a golpear puertas o esperando afuera de edificios a las grandes luminarias de los medios para que les dieran, al menos, una pasantía para arrancar. Hoy el camino de iniciación es más pedregoso, la precariedad de los empleos es casi total y las posibilidades de trabajar a cambio de un sueldo digno son escasas. Medios digitales que cubren la pérdida económica de los tradicionales (el caso de las web de los diarios por sobre las ediciones en papel) hoy están a la orden del día y, en muchos casos, en ciertos medios ante la chance de perder el puesto de trabajo, los empleados realizan más tareas de las indicadas, es decir, hacer dos o tres trabajos por el sueldo de uno. La radiografía de los medios es preocupante para los que están dentro y mucho peor para los que buscan insertarse.

¿Qué sucede con la formación?

Si regresamos por un momento a las actividades matriculadas, sabemos que la obtención de un título de médico, abogado, escribano, arquitecto, etcétera, permite que las posibilidades laborales sean más concretas. Un título de periodista, de licenciado en comunicación en la Universidad de Buenos Aires (UBA) o de cualquier carrera vinculada a los medios no constituye un puesto, o peor aún, un derecho a ocupar un lugar en los medios. Es difícil de comprender este presente, pero la dinámica de los medios se agudizó por cumplir las expectativas más básicas del entretenimiento, el famoso -esa categoría difusa y temiblemente ancha- no precisa de un título ni de una validación más que la de «a la gente le gusta», «a la gente la hace reír» y eso es suficiente. Los que nos formamos en la universidad o en alguna escuela, ¿podemos sentarnos a llorar sobre nuestros títulos por la falta de oportunidades? ¿Debemos reclamar algún tipo de regulación? ¿Debemos exigir prioridad para ocupar algún puesto ofrecido a algún famoso de moda? No, sería ridículo y vergonzoso. Si bien no puede avalarse la decisión de los medios de incorporar rostros conocidos, lo que sí podría hacerse es aprovechar las cualidades de la «democratización de los medios», una frase trillada y hasta gastada por demás pero que en ella esconde esa accesibilidad imposible hace poco más de una década. ¿Cuántas páginas de cine y series hay? Miles. ¿Cuántos podcast de cualquier tema que se te ocurra hay? Muchos más que miles. La pregunta es: ¿qué diferencial puedo ofrecer yo en los medios por sobre los que ya están insertos? En el producir, hacer y divulgar está la clave y no en sentarse a exigir un derecho que no existe. Si no hay regulación para un manejo concienzudo de la profesión tampoco lo hay para entrar en ella, o sí, y eso depende de nosotros.