El show de medio tiempo de Bad Bunny en el 60° Súper Tazón fue mucho más que un espectáculo musical. Desde la caña de azúcar hasta las banderas, el artista puertorriqueño convirtió el escenario más importante de Estados Unidos en un acto de afirmación cultural, memoria migrante y resistencia latinoamericana en tiempos de deportaciones y odio global.
Que un artista cante en español en el evento más importante de los Estados Unidos no es un gesto menor: es profundamente emocionante y, sobre todo, político. En la sexagésima edición del show de medio tiempo del Súper Tazón, Bad Bunny abrió con una frase simple y contundente: «Qué rico es ser latino». «Rico» no como lujo sino como expresión de todo aquello que rodea a nuestros territorios y que históricamente nos fueron arrebatados: la tierra, el trabajo, la cultura, el derecho a quedarnos.
El inicio, en medio de un cultivo de caña de azúcar, no es una postal inocente. La caña representa a Puerto Rico, pero también a gran parte de Latinoamérica: trabajo duro, explotación, herencia colonial. A partir de ahí, el show se pobló de oficios que sostienen nuestras economías invisibles y también las migrantes: el cortador de caña, el vendedor de coco, la manicurista, el maestro de obra, el vendedor ambulante de ron, los puestos de tacos en la calle, la compra y venta de oro. No son personajes decorativos: son la columna vertebral de nuestros pueblos.
Cuando suena «Yo perreo sola», el mensaje se expande hacia otro territorio históricamente controlado: el cuerpo de las mujeres. «Sin miedo» no es una consigna vacía, es una declaración política en un mundo que castiga la autonomía femenina.
Bad Bunny se dirige al público en español: «Si hoy estoy aquí, en el Super Bowl 60, es porque nunca dejé de creer en mí. Tú también debes creer en ti. Vales más de lo que piensas». No habla desde el éxito pulido sino desde la experiencia del cuestionamiento constante, de las críticas que durante años lo acusaron de «no saber cantar». Y, sin embargo, ahí está: en uno de los escenarios más inaccesibles del mundo.
Ese recorrido conecta con una idea profundamente latinoamericana: el sueño del pibe. El mismo que nos enseñó Diego Maradona levantando una Copa del Mundo, el mismo que hoy puede tomar forma en un Grammy o en una tarima global. No es meritocracia: es resistencia.
Las apariciones de Ricky Martin y Lady Gaga no son solo guiños pop. Gaga cantó y bailó salsa y Ricky Martin tomó una historia de denuncia sobre la gentrificación, la centrifugación de las islas y la defensa del territorio. Y cuando Bad Bunny levanta la bandera de Puerto Rico para luego hacer ingresar todas las de América y nombrarlas de sur a norte, el mensaje es claro: seguimos aquí, pese a todo.
En el centro del show aparece una frase que desarma: «Mientras estemos vivos, hay que amar todo lo que se pueda». En tiempos donde el odio se volvió política global, ese llamado cruza más allá del estadio y alcanza al mundo entero.
La escena del niño dormido en las sillas, como tantos niños latinoamericanos mientras la familia resiste, trabaja o celebra: es íntima y universal a la vez. Bailar sin miedo, amar sin miedo: no como consigna marketinera sino como acto de supervivencia.
El cierre es devastadoramente actual: «Ojalá que los míos nunca se muden». En un contexto marcado por deportaciones, exilios forzados y separaciones familiares -en Latinoamérica y, más precisamente, en Argentina- esa frase duele. Porque sabemos que mudarse muchas veces no es una elección. Y porque quienes migramos y nos refugiamos sabemos que, a veces, irse implica no volver a ver jamás a los nuestros.
Desde este lado del mundo, el show de Bad Bunny no se mira solo como espectáculo: se siente como un gesto de afirmación colectiva. Un recordatorio de que existir, en nuestra lengua y con nuestra historia, ya es una forma de resistencia.
Prolífica. Insobornable ante la adversidad. Campesina colombiana de nacimiento y citadina por elección. En proceso de formación periodística y humana. Siempre apoyando las luchas justas. Partir de cero implica arriesgarse, decidir, seguir, avanzar y saber que se puede más.