En los últimos días, el servicio de streaming más popular del mundo redobló la apuesta sobre la manera de ver películas y series. Netflix implementó la función «reproducir algo» que, literalmente, refiere a darle clic a un cuadradito y esperar a que un algoritmo ponga en pantalla un contenido de la plataforma en modo aleatorio.

Las explicaciones sobre esta nueva modalidad refieren a la indecisión del suscriptor, y que lo que se reproduce sea un contenido basado en los visionados del que utiliza el perfil. Detrás de esta declaración de buenas intenciones en la innovación y en una dinámica constante de novedades técnicas, hay algo mucho más básico y sencillo relacionado con la cooptación. Las palabras claves -para mantenerse en la línea de Netflix para sintetizar sus contenidos- serían: miedo, ansiedad, rehén.

La primera palabra puede explicarse por dos carriles, por un lado por el temor que Netflix entiende que existe en la indecisión de un usuario al no encontrar propuestas que le interesen y que eso arroje un resultado de migración hacia otras plataformas. Está claro que el mundo del streaming no es el mismo que el que conoció Netflix en su nacimiento. Hoy hay varios servicios y muchos de ellos en crecimiento en cuanto a títulos y abonados. El otro andarivel del miedo corresponde al espectador, quien carga con la mitad de la culpa sobre los nuevos modos que se acercan, en su mayoría, a la pereza más que a la accesibilidad. ¿Por qué dejarle el poder de decisión sobre lo que queremos ver a un algoritmo? Rápidamente, podríamos decir que el catálogo de este servicio invita a pedir «una docena de facturas surtidas» sin elegir ninguna en particular, pero la raíz está en la segunda palabra clave: ansiedad.

Uno de los grandes dramas de estos tiempos es la ansiedad. La sensación de una ausencia de imperante resolución sobre un tema nos acecha, así se trate de un videíto de 15 segundos, hay una necesidad de adelantar y conocer el final ya, pero, ¡ya! De este tema podría desprenderse una ramificación que es el spoiler, pero no se abrirá esa pestaña, al menos no en esta nota. La ansiedad nos desborda, y no solo con lo que estamos experimentando en nuestros dispositivos sino también con lo que veremos a continuación. Es frecuente que surja una pregunta del tipo: «Arranqué a ver Kubrick, vi ‘El resplandor’, ¿con qué sigo?». Allí puede leerse de manera superficial un pedido para continuar una senda pero de manera socavada se esconde una ansiedad (y un miedo, por supuesto).

Hoy es muy sencillo encontrar conexiones de películas porque existen portales, páginas, artículos, ensayos, libros, fanzines, revistas en papel digitalizadas, etcéter, que pueden servir de guía. Sin embargo, existe una alternativa que es más simple aún: seguir una intuición. ¿Tanto miedo causa ver sin la mediación de otra persona? ¿Qué sería lo terrible de ver “Full Metal Jacket” y que no te guste? Nada, por supuesto. La formación del gusto se confecciona, también, con aquello que no está dentro de un espectro de preferencias estéticas o de búsqueda del entretenimiento. Aquí, en este punto, se puede pensar otra idea sobre el tiempo y su aceleración. En el pedido de «recomendame algo como X» se puede hacer la lectura de «por favor recomendame que no me quiero clavar con algo malo». ¿Qué sucede si ves una película que no te gusta? Además, ¿cómo puede saber el otro qué es lo que te gusta y lo que no?

La tercera palabra era «rehén». En articulación con el miedo y la ansiedad, aparece el «espectador rehén» de las plataformas y servicios de streaming que no solo ofrecen un catálogo largo pero angosto de calidad sino, también, ahora a partir de estas opciones de «dame algo que no se qué ver», se crea una puerta de salida pintada de la cual no parece haber escapatoria.

La opción novedosa y presentada como una herramienta es el sumun de lo siniestro: detrás de esa mano tendida se ocultan unas esposas para encadenar al espectador. Ya lo sabemos, es mucho más sencillo tener a un espectador cautivo que a un espectador pensante y dispuesto a cultivar su mirada. La cinefilia (esa palabra descascarada gracias a las redes sociales) no se construye con pasividad ni tampoco debe representar un carnet de élite que restringe un acceso. Se puede apreciar cualquier propuesta audiovisual pero en el acto de divulgación está, también, la responsabilidad de acercar las posibilidades de que existe algo más que «la película de la semana». A partir de allí, el criterio se creará en función de las exigencias y demandas individuales. Precisamente, en algunos servicios de streaming no pretenden ofrecer un menú sino darnos de comer en la boca.