Un mismo relato arquetípico establece las bases de “Yojimbo – El guardaespaldas”, “Por un puñado de dólares” y “Entre dos fuegos”; tres variantes sobre un mismo tema atravesadas por épocas, sociedades, culturas y perspectivas muy diversas.
En los 100 años que separan a la clásica “Nosferatu” (1922) de la reciente “Rebel Ridge” (2024), el tropo del misterioso personaje foráneo que llega a una comunidad y altera el orden establecido fue reinterpretado incontables veces; seguramente debido a su capacidad para adaptarse a prácticamente cualquier género y tipo de historia. Fue en el wéstern, sin embargo, que esta figura recurrente encontró terreno particularmente fértil, convirtiéndose en una de sus premisas más habituales. Es precisamente cuando dicho género empezaba a decaer, curiosamente, que Akira Kurosawa toma este concepto y, combinándolo con elementos del noir clásico “El hombre que supo perder” (1942) y la novela hard-boiled “Cosecha roja”, realiza “Yojimbo – El guardaespaldas” (1961). Una obra a medio camino entre el jidaigeki (drama de época japonés) y el wéstern, que generaría numerosas reinterpretaciones y remakes, siendo las más notables la extraoficial (y condenada por plagio) “Por un puñado de dólares” (1964), de Sergio Leone, y la oficial “Entre dos fuegos” (1996), de Walter Hill. Tres películas cuya secuencia inicial, a pesar de presentar una estructura casi idéntica, establece indudablemente un tono y estética completamente diferente para cada una.
En los tres casos dicho comienzo se desarrolla exactamente de la misma forma: un forastero de aspecto duro llega a un pueblo semi-desolado y descubre rápidamente una guerra entre dos grupos criminales, que se disputan el control del lugar. Esta introducción se nos presenta en una secuencia de tres escenas: una primera en las afueras, donde el protagonista se aproxima al poblado, una segunda ya ingresando en la calle principal, donde es abordado agresivamente por los integrantes de uno de los bandos, y una tercera más extensa, donde el cantinero del bar del pueblo lo pone al tanto de la situación. Como resultado de esa charla, el forastero concluye que se puede ganar buen dinero en ese lugar. Esto último consiste en lo que Syd Field denomina el “evento desencadenante” (inciting event), que marca la mitad del primer acto y se ubica -tal como prescriben los gurúes de guion- alrededor del 12% del avance de la trama. Con una mínima excepción en el caso de Hill, que agrega una pequeña escena extra entre la segunda y la tercera, esta estructura se repite intacta en las tres películas.
Dentro de este esquema básico, no obstante, cada director impone su visión. Por empezar, aunque todos se basan o inspiran en (o roban a) obras anteriores, ninguno adopta ni la época del material precedente ni su propia contemporaneidad. Kurosawa traspola los elementos noir y hard-boiled a finales del período feudal japonés, Leone adapta esto último a la época del salvaje oeste y Hill elige la era de la ley seca estadounidense, retomando en parte el espíritu noir original y combinándolo con la imaginería del western. Esto establece de base diferencias estéticas ineludibles, primeramente desde la dirección de arte de locaciones y vestuarios. La fotografía también juega un papel fundamental. En “Yojimbo” el característico blanco y negro de Kurosawa, en una industria que llevaba 10 años filmando en color, acentúa la distancia temporal con lo que se relata. La paleta desaturada y la iluminación dura de “Por un puñado de dólares” la aleja del western hollywoodense, consiguiendo un aspecto más sucio y deslucido. Y la baja temperatura de color de “Entre dos fuegos” le imprime un tono anaranjado, que remite al calor del desierto y el whiskey prohibido.
Cada una de estas secuencias iniciales da la pauta, además, del tipo de puesta en escena que cada director desarrollará a lo largo de la película a partir de ahí: la de Kurosawa, más dinámica, preocupada por los movimientos de cámara y el bloqueo, la de Leone, más estática, con una sensibilidad cercana al cómic (que está sugerida ya desde la secuencia de créditos iniciales) y la de Hill, más estilizada y deudora de Sam Peckinpack y John Woo, que incurre constantemente en recursos delatores del artificio cinematográfico. La forma en que cada uno decide mostrar el encuentro con el primer grupo de criminales ejemplifica esto con claridad. Kurosawa lo relata en cuatro planos (que en realidad son dos intercalados en montaje), donde una serie de travellings y paneos laterales siguen al samurai mientras se mueve entre los bandidos. Leone, mucho más económico, resuelve todo en uno único, prácticamente fijo, sobre el que realiza apenas dos pequeños movimientos de apertura y un mínimo reencuadre sobre el final. Hill, por su parte, utiliza casi una veintena de planos, de los cuales un tercio corresponden a subjetivas del protagonista.
Finalmente, aunque muchas de las variaciones podrían resultar anecdóticas, como el medio de llegada del forastero (caminando, a caballo, en auto) o el presagio que lo recibe (un perro llevando una mano cortada, un muerto que se aleja cabalgando, un caballo muerto descomponiéndose), existen otras de orden más profundo: mientras Kurosawa enfrenta a dos grupos rivales de apostadores, Leone opone estadounidenses capitalistas contra mexicanos, convirtiéndolo en un conflicto racial y de clase, y Hill, cuyo protagonista triplica las bajas de sus predecesores, exacerba la violencia. Diferencias que resultan interesantes vistas respectivamente contra el contexto del pico de influencia y poder yakuza en Japón, asociado al juego clandestino, del malestar obrero por las condiciones laborales en Italia o de la creciente conflictividad interna en Estados Unidos, que incluye el mayor atentado de terrorismo doméstico en su historia. Fueran o no conscientes los autores, no es difícil imaginar cómo el relato sobre un lugar azotado por enfrentamientos vernáculos, cuya escalada de violencia termina con un personaje foráneo como único favorecido, puede adquirir un valor arquetípico, transformándose en el modelo ideal para retratar los conflictos de diversas sociedades y épocas.