Efecto Matilda: cuando el mérito tiene nombre de hombre

A lo largo de la historia, muchas mujeres hicieron descubrimientos, crearon obras y cambiaron el rumbo de distintas disciplinas para el mundo entero. Sin embargo, sus nombres quedaron en la sombra y algunos de ellos todavía no salieron a la luz.

A este fenómeno se lo conoce como el Efecto Matilda, concepto que explica cómo los aportes de las mujeres suelen ser invisibilizados o atribuidos a hombres. El término fue creado por la historiadora Margaret W. Rossiter, en honor a la activista Matilda Joslyn Gage, quien ya denunciaba en el Siglo XIX esta injusticia y deshumanización del género. Esta nota es especialmente para que mis lectores encuentren la desigualdad y conozcan quienes son las mujeres que hicieron nuestra realidad posible.

Uno de los casos más impactantes es el de Rosalind Franklin, quien logró capturar la primera imagen del ADN. Su trabajo fue utilizado sin su consentimiento por compañeros (hombres) de trabajo, que terminaron recibiendo el Premio Nobel. Ella murió de cáncer sin haber sido reconocida.

En la literatura, Gabriel Colette escribió exitosas novelas, pero durante años su esposo firmó sus obras como propias. Recién después pudo reclamar su autoría. También está Ada Lovelace, considerada la creadora del primer lenguaje de programación. A pesar de su innovación, fue subestimada y reducida al rol de «buena secretaria».

En las artes, Margaret Keane pintó las famosas obras de ojos enormes, pero su marido se llevó el crédito. La verdad salió a la luz cuando ella lo enfrentó en la corte y demostró su talento pintando en vivo.

La ciencia también tiene ejemplos como Lise Meitner, quien descubrió la fisión nuclear, pero el Nobel fue otorgado a su compañero. Este descubrimiento fue utilizado por los hombres para desarrollar bombas nucleares.

En la música, Fanny Mendelssohn compuso piezas que su propio hermano publicó bajo su nombre. Su talento quedó oculto detrás de una firma masculina. Igual de sorprendente es la historia de Marianne Mozart, hermana del reconocido compositor y pianista Wolfgang Mozart. Fue una pianista muy talentosa al mismo nivel que su hermano cuando eran chicos. Ambos daban conciertos juntos y sorprendían a toda Europa. Pero cuando creció, su padre dejó de promover su carrera porque, en esa época no estaba bien visto que una mujer fuera artista profesional.

También componía música y se asegura que ayudaba arduamente a su hermano en su trabajo. Mientras Wolfgang se convirtió en una figura histórica, ella quedó invisibilizada, siendo otro claro ejemplo del Efecto Matilda en la música.

Algo similar ocurrió con Nettie Stevens, quien descubrió los cromosomas sexuales, los cuales son importantísimos en la ciencia, ya que son los que determinan el sexo biológico en los seres humanos. No sorprende que los libros de texto suelan atribuir el hallazgo a su compañero.

En la astronomía, Jocelyn Bell Burnell descubrió los púlsares, pero el Premio Nobel fue entregado a su jefe. El descubrimiento de Burnell permitió usar estas «señales» para entender mejor cómo funciona el universo. Es así como en la Edad Media, Trotula de Salerno escribió importantes textos de medicina. Tras su muerte, muchos hombres tomaron sus investigaciones y las publicaron como propias.

Estas historias no son casos aislados, forman parte de un patrón histórico donde el reconocimiento no acompaña al mérito. Visibilizar estos nombres no solo repara medianamente una injusticia, también permite entender cómo se construyó el conocimiento que hoy damos por hecho. Reconocer a estas mujeres es una forma de cambiar la historia por las nombradas, las desaparecidas, las que siguen y las que hoy no están.