Cuando una Madre se va

Hay generaciones que cambian la historia. Y hay generaciones que, además, quedan condenadas a custodiarla.

Las Madres de Plaza de Mayo pertenecen a esa rara categoría. No buscaron ocupar ese lugar. No se propusieron convertirse en símbolos. No imaginaron que terminarían formando parte de los capítulos más importantes de la historia argentina. Fueron mujeres que salieron a buscar a sus hijxs en medio del terrorismo de Estado y que, al hacerlo, terminaron construyendo una de las experiencias de resistencia civil más extraordinarias del Siglo XX.

La muerte de Taty Almeida vuelve inevitable una reflexión que Argentina viene postergando desde hace años. No solamente porque desaparece una figura central de la lucha por los derechos humanos. También porque, cada vez, quedan menos testigos directos de aquella historia.

Durante décadas, las Madres ocuparon un lugar singular en la vida pública argentina. Fueron denunciantes, militantes, educadoras, archivistas involuntarias de una tragedia colectiva y, sobre todo, guardianas de una pregunta que atravesó generaciones enteras: ¿qué ocurrió con los desaparecidos?

Esa pregunta se sostuvo durante años gracias a su perseverancia. Cuando buena parte de la sociedad prefería no mirar. Cuando el miedo todavía condicionaba la vida cotidiana. Cuando los responsables conservaban poder. Cuando parecía más sencillo olvidar que recordar.

Las Madres insistieron. Las Madres resistieron.

Porque la memoria no surge de manera espontánea. No aparece sola. No se conserva por inercia. Cada sociedad recuerda aquello que alguien se empeña en recordar. Detrás de toda memoria colectiva, existe siempre un trabajo silencioso y persistente de personas que se niegan a dejar que ciertos hechos desaparezcan.

Las Madres convirtieron la memoria en una palabra mayúscula.

No permitieron que la desaparición de sus hijxs quedara reducida a una estadística. Le devolvieron nombres, rostros e historias a aquello que la dictadura había intentado borrar. Por eso la lucha por la memoria nunca consistió únicamente en reconstruir el pasado.

Taty Almeida representó como pocas personas esa convicción. La desaparición de su hijo Alejandro modificó radicalmente su vida y la llevó a incorporarse a una lucha que sostendría durante décadas. Pero lo verdaderamente notable no fue solamente la persistencia de su compromiso, fue la capacidad de transformar una tragedia personal en una responsabilidad colectiva. Ese fue, quizás, el mayor logro de las Madres: tomar un dolor íntimo y convertirlo en una pregunta pública.

Y es precisamente ahí donde aparece el desafío del presente. Porque las Madres como símbolo son inmortales, pero las mujeres que le dieron significado no lo son.

Toda sociedad enfrenta tarde o temprano ese momento. El instante en que los protagonistas directos de ciertos acontecimientos comienzan a faltar. Ocurrió con los sobrevivientes del Holocausto. Ocurrió con los veteranos de las guerras mundiales. Ocurre hoy con quienes vivieron en primera persona la última dictadura argentina.

¿Qué sucede con la memoria cuando ya no quedan quienes puedan hablar desde la experiencia directa?

La respuesta nunca está garantizada. Porque la memoria puede heredarse. Pero también puede perderse. Puede convertirse en una práctica viva o en una simple efeméride. Puede ser una herramienta para comprender el presente o una fecha marcada en un calendario. La diferencia depende de quienes reciben ese legado.

Durante años, las Madres sostuvieron la memoria argentina casi como una tarea cotidiana. Marcharon, dieron entrevistas, visitaron escuelas, participaron de actos, discutieron con gobiernos de distinto signo político y volvieron una y otra vez sobre los mismos hechos. No porque disfrutaran hacerlo sino porque entendían que la memoria requiere trabajo constante.

Hoy esa responsabilidad comienza a desplazarse.

Ya no alcanza con admirarlas. Tampoco alcanza con homenajearlas. La verdadera cuestión es qué hacemos con aquello que construyeron. Porque el legado de las Madres nunca fue únicamente una denuncia. Fue una pedagogía. Una forma de enseñar que la democracia no puede sostenerse sin memoria, que los derechos conquistados pueden perderse y que las sociedades que olvidan terminan volviéndose vulnerables frente a los mismos mecanismos que alguna vez las dañaron.

Esa responsabilidad se vuelve todavía más urgente en el presente. Porque la discusión sobre lo ocurrido durante la última dictadura no pertenece únicamente al pasado.

En los últimos años, reaparecieron en el debate público discursos que parecían largamente desacreditados por décadas de investigación histórica, procesos judiciales y construcción democrática. La llamada «teoría de los dos demonios», la idea de que el terrorismo de Estado habría sido apenas un capítulo más de una guerra entre fuerzas equivalentes o la noción de una supuesta «memoria completa», entendida como relativización de la responsabilidad estatal, vuelven a ocupar espacios de discusión que muchos creíamos definitivamente saldados. Diversos organismos de derechos humanos, historiadores y sobrevivientes advirtieron sobre ese fenómeno, señalando que no se trata solamente de una disputa sobre el pasado sino, también, sobre el significado mismo de la democracia argentina.

Lo preocupante no es únicamente que esas interpretaciones reaparezcan. Lo preocupante es que lo hagan precisamente cuando empiezan a faltar los testigos directos.

Durante décadas, las Madres y Abuelas estuvieron allí para responder con su propia experiencia a los intentos de relativización o negacionismo. Su sola presencia funcionaba como un recordatorio irrefutable de que no se estaba discutiendo una abstracción académica sino hechos concretos, víctimas concretas y responsabilidades concretas. A medida que esas voces se apagan, la tarea de defender el consenso democrático construido alrededor de la Memoria, la Verdad y la Justicia deja de recaer exclusivamente en quienes vivieron aquellos años y pasa a depender de las generaciones que heredaron ese legado.

La muerte de Taty Almeida obliga a pensar en todo eso. No solamente en la vida de una mujer excepcional sino en el lugar que ocupan los testigos dentro de una comunidad.

Durante décadas, las Madres fueron la conciencia incómoda de la Argentina. Las personas que insistían cuando otros preferían callar. Las que seguían preguntando cuando parecía que ya estaba todo dicho. Las que recordaban cuando la tentación del olvido aparecía una vez más.

Hoy empiezan a faltar. Y, justamente por eso, se vuelven más importantes que nunca.

Porque llega un momento en la historia de toda sociedad en que la memoria deja de depender de quienes vivieron los hechos y pasa a depender exclusivamente de quienes los heredaron. Argentina está entrando en ese momento.

Quizás, esa sea la reflexión más profunda que deja la muerte de Taty Almeida. No que una de las Madres ya no está. Que se fue sin poder tocar los huesos de Alejandro sino que la responsabilidad de recordar empieza, cada vez más, a ser nuestra.

Ojalá podamos encontrarlo nosotros y que, por lo menos, descansen juntos por última vez. Ojalá esa plaza se siga llenando y los discursos por redes sean respaldados con acciones concretas. Ojalá pongamos el cuerpo, como tantas veces lo pusieron ellas.

Ojalá.