Con Elizabeth Bennet y Mr. Darcy en Orgullo y Prejuicio —el clásico de la novela romántica inglesa— como punto de referencia narrativo, el mundo de la ficción está lleno de ejemplos de la dinámica “de enemigos a amantes” (o “enemies to lovers”) como un recurso para el desarrollo de sus personajes. En el caso del cine de los noventa, «Quiero decirte que te amo» (French Kiss, 1995) o «Un día muy especial» (1996) fueron ejemplos de comedias románticas proyectadas por aquellos años que se asimilan en su naturaleza.
Sin embargo, «Tienes un e-mail» (1998), de la directora Nora Ephron y su hermana, la guionista Delia Ephron, tiene un elemento especial que la separa de sus pares. En esta cinta, una reimaginación del clásico romántico «El bazar de las sorpresas» (1940), se explora una historia de amor a través de un medio novedoso para la época: Kathleen Kelly (Meg Ryan), dueña de una pequeña librería de temática infantil, y Joe Fox (Tom Hanks), heredero de Fox Books, una poderosa cadena de librerías, mantienen una rivalidad creciente en el mundo real mientras que, en el virtual y sin saberlo, se enamoran a través de conversaciones anónimas por correo electrónico.
Más que un adorno propio de fines de los noventa, el e-mail se integra con naturalidad en el relato. Se convierte en la herramienta que permite a los personajes desprenderse de los prejuicios que condenan sus conflictivos encuentros y construir una intimidad que resulta imposible en el mundo presencial. Nora y Delia Ephron plantean en este filme que el conflicto trasciende a la oposición entre el amor y el trabajo, y expone con un guión ingenioso si es posible conocer a una persona fuera del rol que ocupa en su vida cotidiana. Esta sensibilidad, sumada a la gran química entre Hanks y Ryan, y usando a Nueva York como la capital del romance yankee por excelencia, hacen a este título uno de los más representativos de las comedias románticas de aquella época.
Enfrentando el elefante en la casilla
Es posible que resulte frívolo reparar en las implicaciones éticas que salen a flote luego del visionado de esta película y, a su vez, cuestionar la forma en que les da solución. Daría la impresión de que no hay lugar para el disfrute que una rom-com ligera y divertida ofrece. Sin embargo, más allá de la entretención, existe un asunto crucial en la trama que es imposible de ignorar. La rivalidad entre la pareja y las acciones cometidas llegan a un extremo que resulta inevitable para el espectador el hacerse una pregunta. ¿Es posible enamorarse del verdugo cuando este intenta arruinar mi vida y, de hecho, lo logra?
La película toma cierta audacia y solicita al espectador que perdone una conducta que, hoy en día, probablemente consideraríamos imperdonable. Kathleen pierde la lucha contra el gigante, no encuentra una forma de salvar la librería que fue herencia de su difunta madre. Joe y las librerías Fox ganan, como era de esperarse. Y contrario a lo que se espera —como hacer que el espectador empatice con el personaje en clara desventaja— la cinta logra que se minimice la victoria del gigante frente al pequeño porque lleva a Tom Hanks como rostro, una versión mucho más afable pero que no anula su evidente faceta arrolladora. Como estrategia para simpatizar con el espectador, Tom comienza a visitar con regularidad a Kathleen, antes y después del cierre de su librería, haciendo que su enamoramiento empiece a tomar forma también en lo presencial.
La reinvención posterior de Kathleen, ahora en pareja con Tom y felizmente reconvertida en novelista infantil, no logra ser convincente del todo porque encuentra cauce para esta historia, pero barre debajo de la alfombra un problema más grande y colectivo. ¿Qué pasó con el resto de las Kathleen de Nueva York? No sería la primera vez que el cine toma un problema de magnitud estructural, como lo es la depredación de los comercios pequeños, y lo convierte en un conflicto personal. Sin embargo, a través del prisma del presente, con un un mundo donde la masividad del e-commerce y las redes sociales acaparan gran parte del mercado y de la interacción social, un relato como este se hace visible de una forma distinta a la planteada en su época. Esto no evita las sonrisas y los aplausos cuando aparecen los créditos, pero es un pensamiento posterior casi inmediato.
Un legado fallido: Tienes un ¿DM?
La modernidad del internet y las redes sociales nos han educado con una concepción muy distinta de lo que plantearon las hermanas Ephron. El anonimato y la virtualidad en una internet que apenas estaba expandiéndose hacia un uso masivo durante esa década, sostenía una idea optimista: una herramienta que permitía mostrar la “identidad verdadera”, sorteando los obstáculos de la vida real que impedían mostrar una versión más completa de uno mismo. Es así como Kathleen y Joe Fox logran mostrar otra dimensión de sí mismos. Él es un hombre sensible y también un empresario despiadado. La concepción en «Tienes un e-mail» supone que esa identidad sensible pesa más. Sin embargo, en el mundo moderno resultaría muy conflictiva la idea de sentir atracción hacia alguien que muestra facetas muy distintas entre lo virtual y lo presencial. Lo que alguna vez fue un espacio anónimo que impulsaba la autenticidad, después de décadas de redes sociales y algoritmos, se transformó en un lugar artificial donde prima la construcción de la identidad digital. Por eso, pensar en un concepto similar hoy en día requeriría tomar una perspectiva muy distinta.
Sin dudas, «Tienes un e-mail» fue un ejemplo de lo que el subgénero supo hacer mejor en aquella época, logrando capturar una transformación tecnológica sin perder los trucos clásicos del romance, y conservando intacta la ingenuidad con la que se imaginó el alcance del internet. La película no cambió con el tiempo; cambiamos nosotros. Y puede ser que, para volver a disfrutarla, primero tengamos que vaciar la carpeta de correo basura.