“Cry Macho” es una anomalía en los estrenos actuales, representa una historia sobre personajes ignorados en el cine industrial: los viejos. Por supuesto, no se puede asociar anomalía con casualidad, ni siquiera con arbitrariedad.

Que una película tenga como protagonista a un hombre de 91 años solo es posible porque el papel lo interpreta Clint Eastwood. La leyenda viva más grande del cine ya tiene un período, de su larga trayectoria, en el que se puede inscribir el tramo final de una vida, eso que muchos etiquetan como “crepuscular”. Es muy tentador situar en “Los imperdonables” (1992) como el inicio de esta lectura acerca de la muerte y la senda previa que obliga a un acto de reflexión, sin embargo, hay que remontarse a una década atrás para encontrar el verdadero comienzo de esta etapa o, al menos, el interés por la muerte en el cine de Eastwood. Allí está “El aventurero de medianoche” («Honkytonk Man»), a la espera de una inclusión dentro de esa lista sobre la vejez, el tiempo finito, la persecución de una eternidad algo redimida y, por sobre todo, la reflexión disparada por un vinculo impensado. Esto último nos une con lo más urgente.

En “El aventurero de medianoche” un artista de música country busca llegar a un festival muy importante de ese estilo llamado “Grand Ole Opry”. El contexto es el de la Gran Depresión de los años 30′, como sucede en muchas oportunidades, los escenarios históricos proveen una gran cantidad de historias posibles, más allá de la veracidad o de la ficcionalidad sobre las que se basen. Red Stovall (Eastwood) solo tiene una última chance para triunfar porque padece de tuberculosis y, además, su situación económica es la peor. En el medio de su camino hacia el festival cruza su destino con un sobrino adolescente y también guitarrista, Whit (Kyle Eastwood).

Otra película que utilizaba la plantilla de la road movie para narrar un vínculo improbable en la búsqueda del autoconocimiento era “Luna de papel” («Paper Moon», 1973) de Peter Bogdanovich. También estaba ambientaba en la época del “crack” financiero de principios de la década de 1930. Whit cumple un papel fundamental en el viaje, es el único capaz de manejar el convertible que los llevará al festival, la dependencia de Red es casi total. La idea de la relación obligatoria es la que estira el primer hilo de un gran ovillo, nutrido de situaciones impensadas para los personajes porque sus mundos, en un inicio, están en un carácter de antítesis. Al punto que en ese choque de opuestos no hay, ni siquiera, un registro de la existencia del otro.

El género road movie es el que mejor representa a la frase “amar la trama más que al desenlace”. En el recorrido están las ideas y los subtextos, no en el final. Sí, en ese punto de llegada las semillas plantadas salen a una luz que no siempre responde a una misma tonalidad. Una de esas ideas impregnadas en el inicio es la de una atracción por oposición, en la que la vejez (o experiencia) se repele contra lo nuevo, casi como si fuera una reacción química entre dos sustancias. La dinámica es muy parecida a la de una buddy movie, ese subgénero de la comedia que se combina con la acción, en el que se puede resumir como “dos para la aventura”. Esta película de 1982 tiene ese desliz inicial de una comedia, sin embargo, ese atuendo se lo quita lentamente, casi de manera imperceptible, para dar lugar a un drama seco y con uno de los finales más amargos de la historia del cine. En ese último ítem Eastwood se superaría con ese “acción” que dice a cámara su John Wilson en “Cazador blanco, corazón negro” (1990), probablemente su obra maestra definitiva.

En “Cry Macho” las diferencias entre Mike (nonagenario, exgloria del rodeo) y Rafo (un adolescente) están marcadas no solo por la edad sino, también, por el espectro social y cultural que ambos representan. Mientras Mike es un texano blanco, Rafo es un estereotipo del joven mexicano, ubicado en el limbo entre la niñez y la adultez sin un rumbo fijo, más bien todo lo contrario. El diferencial de “El aventurero…” por sobre “Cry Macho” está en la singularidad de sus personajes, capaces de escapar exitosamente del estereotipo y de la caricatura. En “Cry Macho” casi no hay un hueco para la espontaneidad, todos los diálogos parecen milimétricos pero en el sentido más artificial, y es por ello que cada acción también puede anticiparse. En el camino hacia la resolución de la historia todo se disipa para encarrilarse a un único final aceptable. ¿Qué puede exigírsele a un hombre de 91 años? ¿A uno que actúa y dirige desde hace 50 años? Eastwood -a esta altura- no hace películas para una posteridad, las hace para sentirse parte de este tiempo y de este mundo. De esto último es de lo que deberíamos estar felices, de ser contemporáneos del espíritu joven del último cowboy.