En 1975, el Día de la Mujer fue formalizado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como reconocimiento del rol protagónico de la mujer y sus luchas en la historia. Asimismo, se instauró para generar conciencia sobre las desigualdades que enfrentamos en lo cotidiano, en el ámbito social, económico, cultural y político.

Ahora bien, en el transcurso de estos 46 años esta fecha parece haber virado para algunas personas en un aniversario casi digno de celebrar a través de frases edulcoradas, saludos o, incluso, regalos. Razón más que válida para hacer un breve repaso sobre la génesis de esta efeméride.

¿Flores y regalos? ¡No, «pan y rosas»!

Actualmente hablamos del Día de la Mujer Trabajadora, precisamente, porque el hecho tiene sus raíces en la lucha del movimiento obrero de mediados del Siglo XIX. La Revolución Industrial propició un momento vertiginoso y de gran expansión, en particular para las mujeres, ya que implicó una ruptura en lo laboral, dándose el pasaje de la agricultura a la fábrica, donde fueron muy requeridas principalmente para tareas textiles y consideradas por ser “mano de obra barata”.

En un escenario en el cual las mujeres eran altamente explotadas laboralmente, no contaban con una legislación que las amparase, ni con derecho a votar y con una esperanza de vida mucho menor a la masculina, de allí surgieron distintas iniciativas para reclamar por mayor igualdad.

La primera de ellas tuvo lugar en Estados Unidos en 1848, Elizabeth Cady Stanton y Lucretia Mott encabezaron la primera Convención Nacional por los Derechos de las Mujeres y, si bien recibieron numerosas burlas y criticas, sostuvieron la premisa que «todos los hombres y las mujeres son creados iguales».

En 1857 fueron las “garment workers” (trabajadoras textiles) de New York quienes realizaron una huelga exigiendo salarios más justos y condiciones laborales dignas, siendo esta la antesala a la formación de su primer sindicato, dos años después.

Más tarde, el 8 de marzo de 1908, más de 15 mil mujeres tomaron las calles de New York reclamando por sueldos, un recorte de la jornada laboral, derecho al voto y por la prohibición del trabajo infantil. El eslogan de esta protesta fue “Pan y Rosas”: el pan representaba la seguridad económica y las rosas una mejor calidad de vida.

Dos años más tarde, la alemana Clara Zetkin, en la Conferencia Internacional de la Mujer Trabajadora realizada en Dinamarca, propuso conmemorar un día de la mujer de forma global. Si bien se aceptó de forma unánime, no se acordó fecha.

Los hechos clave para continuar la lucha

El 25 de marzo de 1911 se produjo el incendio en la fábrica Triangle Shirt Waist en New York, los encargados cerraron las puertas del establecimiento, y las trabajadoras no lograron escapar del fuego. En este hecho, más de un centenar de mujeres que murieron calcinadas, la mayoría inmigrantes de entre 14 y 23 años, trabajaban como costureras y planchadoras.

Si bien la primera celebración del Día Internacional de la Mujer fue realizada el 19 de marzo de 1911 en Austria, Dinamarca, Alemania y Suiza, fue en la segunda Conferencia Internacional de Mujeres Trabajadoras en Copenhague que se optó por el 8 de marzo en conmemoración de la marcha de “las 20.000 trabajadoras de New York” de 1857 y, por supuesto, el trágico incendio de 1911.

No es un día feliz

Desde el punto de vista histórico, resulta difícil pensar en una celebración que surge de un crimen, ¿verdad? Asimismo, los datos actuales no son alentadores y abundan argumentos tales como que en nuestro país se registra un femicidio cada 27 horas, no contamos con una justicia con perspectiva de género, sufrimos acoso callejero, no hay una inserción real de la comunidad travesti y trans al ámbito laboral, entre otros.

¿Felicitaciones y regalos?

No, gracias. No nos feliciten por “ser mujeres”, les invito a replantearse sus privilegios. Hacerlo banaliza la contienda histórica de estas mujeres y también la actual. Nuestros derechos no son un regalo, fueron conquistados, y hoy conmemoramos el ejercicio pleno de ellos, la lucha por la igualdad y la posibilidad de vivir una vida sin violencias.

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