Dos miradas sobre “Pinocho”

Un breve recorrido por el clásico “Pinocho” de 1940 y la versión de Robert Zemeckis de 2022.

En “Pinocho” (1940) cuando el homónimo protagonista llega a la isla de los juegos todo se desborda. Dicho momento constituye uno de los pocos casos, en donde la “Pinocho” (2022) dirigida por Robert Zemeckis, está a la altura de la original. El contexto complementa la pretendida escena y la vorágine de juegos, luces y colores, devenida en caos y destrucción, augura el horror.

El extrañamiento invade a Pepe Grillo que nota la ausencia de los infantes. Los roznidos de los burros se oyen antes de que algo se pueda ver, y se resignifican en clave premonitoria. La puerta por donde pasa el insecto parlante funciona como un umbral en donde lo fantástico se convierte en siniestro, y lo que era una película infantil se ve infiltrada, escasos minutos, por una escena de terror. En este sentido resulta un acierto  que los instigadores del maltrato sean siluetas negras, haciendo que el mal se vea despersonalizado y perturbador de igual manera.

La rapidez con la que suceden los hechos hace del ritmo el principal valor de la escena. Los planos cortos acompañan dicha virtud, al mismo tiempo que generan empatía por los desdichados burros con sus llantos incesantes y mortificantes. El dinamismo propio de la animación, contrasta con el live action que se ve lento y predecible. Es llamativo que Zemeckis haya elegido planos tan estáticos y de mayor tamaño para su propia versión. La poca iluminación utilizada también limita sus posibilidades justamente en donde la original, con sus colores estridentes, demuestra su potencial.

Una sustancial diferencia surge, teniendo en cuenta la remake, y tiene que ver con la ausencia de dialogo en los asnos. Esta decisión cercena las capacidades dramáticas de la escena, reduciéndola a un  conjunto de ruidos y movimientos grotescos En la película animada el origen de las transformaciones se devela de la manera más atroz. Un pequeño burro solloza por su madre, en un intento por no perder la voz que resulta ser su último rastro de humanidad. La crudeza evidenciada, propia de los primeros tiempos de Disney, adquiere el carácter de advertencia de lo que sucederá posteriormente con Pinocho.

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