Tres versiones cinematográficas muestran que no hay una sola historia sino múltiples formas de construir un mismo mito.
“Y aunque deje en el camino jirones de mi vida,
yo sé que ustedes recogerán mi nombre
y lo llevarán como bandera a la victoria”
Eva Perón
En «Un tiro en la noche» (The Man who shot Liberty Valance, 1952), luego de que el personaje interpretado por Jimmy Stewart revela a los periodistas del pueblo que la figura que se ha construido sobre su persona ha sido una mentira, la respuesta que obtiene es: “Esto es el Oeste, señor. Cuando la leyenda se convierta en realidad, publique la leyenda”.
Los mitos no buscan fijar una verdad histórica, sino ofrecer marcos simbólicos capaces de organizar la experiencia colectiva y darle sentido. Es por eso que lo factual pierde peso frente a lo significativo; lo que importa no es lo que ocurrió, sino aquello que se decide recordar y transmitir. Pero, ¿qué sucede cuando el mito es reinterpretado fuera del lugar de origen y se transforma en algo más?
Desde su estreno en el West End londinense en 1978 y posterior consagración en Broadway al año siguiente, el musical «Evita», compuesto por Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, se convirtió en un clásico instantáneo. La “historia de Cenicienta” de una mujer que subió la escalera social de la Argentina hasta convertirse en la primera dama, sólo para sucumbir ante un cáncer y convertirse en un mito. Por supuesto, la trama de esta obra es apenas una versión reduccionista y sesgada de la vida de Eva Duarte de Perón. Y, si bien nunca se le dio el carácter de “historia oficial”, para personas de todo el mundo, esta es la única aproximación que han tenido a su persona.
El éxito de esta producción teatral tuvo repercusiones directas en el plano del audiovisual: «Evita Perón» (1981), película para televisión, dirigida por Marvin J. Chomsky y protagonizada por Faye Dunaway, que buscaba capitalizar la popularidad de la producción de Lloyd Webber y Rice; «Evita» (1996), la adaptación del musical, con Madonna interpretando el personaje principal y Alan Parker tras las cámaras; y «Eva Perón: la verdadera historia» (1996), el film de Juan Carlos Desanzo donde Esther Goris (sobre)actúa el papel protagónico y funciona como una respuesta ante la producción norteamericana que, según el peronismo, desprestigiaba la figura de este personaje clave en la historia contemporánea argentina.
Todo sobre Eva
El hecho de que las tres películas retraten a la misma persona hace que haya escenas en común, con leves o grandes diferencias. Sin embargo, no todas recorren los mismos períodos históricos, e incluso los puntos de vista tampoco son los mismos. En «Evita», la historia se presenta como una sucesión de momentos importantes en la vida de la protagonista, bajo el punto de vista de Che (Antonio Banderas), un personaje omnisciente que funciona como coro griego y rompe la cuarta pared para hablarle al público y contarle sobre una actriz de poca monta que usaba y descartaba hombres hasta conseguir lo que deseaba, hasta que conoce a Perón (Jonathan Pryce) y allí comprende que la única forma de establecerse es ocupar un lugar de poder e imponerse como la figura materna del pueblo argentino.
«Evita Perón» se apoya en una mirada más dura y lineal, donde el ascenso social de Eva aparece atravesado por una voluntad de poder que la vuelve una figura despótica y cruel. La película, producida tras el éxito del musical en Broadway, busca contar “la verdadera historia” de este personaje, a tal punto que, de la misma forma que sucedería con el film de Parker, varias escenas fueron filmadas en el país (durante la última dictadura militar, para ser más preciso). La Eva de Faye Dunaway es más calculadora que la de Madonna, más rencorosa y vengativa contra aquellos que la menospreciaron. Siendo la esposa del tirano dictador Juan Perón (James Farentino) consigue un lugar de poder que perderá solo por su muerte temprana. Tanto el guión de esta película (escrito por John Barnes, Nicholas Frazer y Ronald Harwood), como el libro teatral de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice en el que se basa la película musical, toman como canon el libro “La dama con el látigo”, biografía crítica publicada en 1952 por la autora angloargentina Mary Main. De allí provienen varias de las ideas que atraviesan estas representaciones, entre ellas el supuesto vínculo entre Eva y Agustín Magaldi, un episodio central en la narrativa, pero cuestionado y desmentido por historiadores a posteriori.
En contraposición con estas dos producciones norteamericanas, «Eva Perón: la verdadera historia» debería contar con ventaja. Siendo una producción argentina, con un realizador y un guionista (Juan Pablo Feinmann) afines al peronismo, debería ser al menos un contrapunto que intente refutar el sesgo extranjero sobre la figura de la “abanderada de los humildes”. El resultado es un pastiche de sucesos que van desde 1950, cuando busca el apoyo para ser vicepresidente en las próximas elecciones, hasta su muerte en 1952, con algunas pocas escenas que cuentan eventos previos. Esther Goris parece querer demostrar que ella también puede tener el poder de oratoria frente a las masas, tanto en las escenas con manifestaciones como en los momentos íntimos con Perón (Víctor Laplace).
En el nombre del padre
A pesar de las diferencias de enfoque, sesgo ideológico y construcción narrativa, las tres películas coinciden en una escena clave: el funeral de Juan Duarte. Eva tiene seis años y llega junto a su madre y sus hermanos a la casa velatoria, donde se encuentran con una barrera inmediata: no son reconocidos como familia legítima. La situación es similar en las tres versiones, pero las variaciones en su resolución son las que terminan definiendo el carácter del personaje en cada una de ellas.
Las diferencias aparecen en el modo en que cada película resuelve el acceso al cuerpo del padre y el tipo de humillación que allí se produce. En «Evita Perón» (1981), la familia logra ingresar, pero la viuda los enfrenta junto al ataúd y escupe a Eva y a su madre. En «Evita» (1996), en cambio, se les impide el paso y Eva consigue soltarse, atravesar la barrera y llegar hasta el cuerpo antes de ser retirada. En «Eva Perón: la verdadera historia» (1996), la familia también entra, pero allí el acento no está puesto en la expulsión sino en el gesto de Eva, que se rehúsa a besar a su padre muerto.
Esa diferencia en la resolución de la escena inicial proyecta tres construcciones distintas de Eva Perón: la versión de Madonna decide avanzar, incluso cuando todo intenta frenarla; en la interpretación de Faye Dunaway, la humillación de la situación es la que moldea a una mujer endurecida que no va a parar hasta derrotar a sus enemigos. En la de Esther Goris, el centro está en una negativa que ya condensa distancia, orgullo y una forma temprana de oposición al mundo que la rechaza.
Si la frase de John Ford propone elegir la leyenda por sobre los hechos, estas películas muestran que ni siquiera hay un único mito construido sobre la vida y obra de Eva Perón. Cada una de estas versiones toma los mismos episodios y los reorganiza para construir un personaje distinto, ajustado a las necesidades narrativas e ideológicas de los realizadores de cada película. A más de 70 años después de su muerte, su mito sigue siendo motivo de discusión entre diferentes sectores de la política argentina, lo que lleva a preguntarse si existe una sola manera de contar su vida.