«Pero el amor, esa palabra…».
Así comenzaba, casi suspirando, Julio Cortázar el emblemático Capítulo 93 del clásico y recordado «Rayuela», donde el amor es un tema de charla de bares, habitaciones parisinas y de personajes con un mundo interno que mueven sus vidas a partir de este sentimiento.
Basta recorrer algunos nombres de la historia del arte para visualizar cómo esta emoción influyó en grandes artistas, en sus obras y, por ende, en la llegada a los que disfrutan de su trabajo.
Frida y su “Sapo Rana”, como llamaba al gran Diego Rivera, es uno de los ejemplos más enigmáticos. Diego enamoraba a mujeres por doquier a partir de su talento en las artes plásticas. Frida estuvo siempre a su lado, plasmando ese amor en bellísimos cuadros, en sus diarios y en las cartas realistas y desgarradoras que le enviaba. Es recordada aquella epístola donde la mexicana iba camino a la clínica para que le amputen una pierna y le escribe a Diego unas líneas donde deja en claro que la amputación que ella sufrió era previa a la de su pierna. Diego era el responsable de la amputación más importante que había padecido en su vida desde sus infidelidades y abandonos.
«Sr. mío Don Diego: escribo esto desde el cuarto de un hospital y en la antesala del quirófano. Intentan apresurame pero yo estoy resuelta a terminar esta carta, no quiero dejar nada a medias y menos ahora que sé lo que planean, quieren herirme el orgullo cortándome una pata… cuando me dijeron que habrían de amputarme la pierna no me afectó como todos creían, no, yo ya era una mujer incompleta cuando le perdí, otra vez, por enésima vez quizás y aun así sobreviví.»
Vivieron una relación conflictiva, caracterizada por las infidelidades reiteradas de ambos y el amor por el arte. Pese a eso y por eso, estuvieron juntos hasta los últimos días de la vida de Frida y supieron construir un sentimiento que iba más allá de las concepciones filosóficas o esperadas en la época sobre el amor. Para ella, la clave era escoger un amante como si fuera magia y, sin dudas, Diego la eclipsaba, la subía a las estrellas. Frida, la «estrelladísima».
Otro amor recordado es el de Anaïs Nin y Henry Miller, amor clandestino que los subsumía en estados hipnóticos de desesperación y melancolía. Ella estaba casada con el banquero Hugh Guiler y Miller con June Mansfield.
Se conocieron por primera vez en la casa de Anaïs, y ella quedó fascinada con este hombre con el que podía hablar de literatura, filosofía y otras yerbas. Miller tenía doce años más que Anaïs y, en cierta forma, se vio capturada por esa imagen de escritor desfachatado que escribía sus obras teñidas de un contenido provocativo que supo causar estupor en la sociedad de su época.
Se involucraron en una relación clandestina y destructiva, donde ninguno de los dos podía dejar de lado la atracción que sentía el uno por el otro, a tal punto que en uno de los viajes de June Mansfield a París, June termina involucrándose también con Anaïs, siendo este un aspecto más de lo que terminó siendo uno de los triángulos amorosos más famosos de la historia.
«¿Qué son las despedidas si no saludos disfrazados de tristeza?», escribía Miller a Nin en su carta de despedida. «Nunca has sido mía. Nunca pude poseerte y amarte […] Qué son los recuerdos de los celos y de tus amantes y de June y de mis amantes… te deseo con la desesperación y el anhelo de lo imposible y ya te has ido y tal vez, en un sueño imaginativo y romántico, leerás estas palabras una y otra vez […] Mi querida Anaïs ma petite, ma Jolie, infanta inquieta de sal nocturna. Te extraño cuando huyes de madrugada y te extraño cuando camino y me tomo un café en la calle, te extraño cuando June se acerca cariñosa […] cuando me despido de ti cada día a la misma hora. Ya nos encontraremos en otras vidas y en otras vidas podré poseerte y quedarme contigo para siempre. Ya te veré en medio de la nieve y entre libros y vino. Adiós, tuyo siempre».
El filósofo Alan Badiou en su libro «El elogio del amor» cree que a partir de la experiencia del amor se busca producir el pasaje desde la singularidad de la casualidad a un elemento que tiene valor universal. Freud decía que si se ama se sufre y, por el contrario, si no se ama uno se enferma, ya elaborando su idea de salud a partir de la capacidad de amar, gozar y trabajar. Por ende, no es un sentimiento menor ni cursilería de niños estas pasiones y emociones que se desataban en estos personajes que delineamos, sobre todo para fomentar la capacidad creativa e ideativa.
Silvina Ocampo conoció a Adolfito Bioy Casares en 1933 y quedó cautivada con el porte y elegancia del joven dandy, a quien le llevaba once años de edad. «El héroe de las mujeres» se casó con la hermana relegada de la imponente Victoria Ocampo y formaron una pareja emblemática en la historia de la literatura argentina. Ella amaba incondicionalmente a este hombre a quien admiraba y al que le perdonaba sus reiteradas infidelidades, incluso al criar como propia a Martita, la hija extramatrimonial de Bioy.
En «Poesía Inédita y dispersa» (2001) hay un verso de Silvina que reza: «Amamos en un ser a todos los demás cuando ese ser nos ama. Odiamos en un ser a todos los demás si ese ser no nos ama». Y estas palabras reflejaban lo que Ocampo sentía por el mejor amigo de Jorge Luis Borges.
Este vínculo tempestuoso no estuvo exento de terceras personas. Bioy Casares fue protagonista de un tórrido romance con Elena Garro, esposa del escritor Octavio Paz. Adolfito intercambió correspondencia con Elena durante muchos años y su amor empírico data de muy pocos encuentros y de cartas nostálgicas impregnadas de un amor idealizado poco cristalizado en la realidad.
«Me gustaría ser más inteligente o más certero, escribirte cartas maravillosas. Debo resignarme a conjugar el verbo amar, a repetir por milésima vez que nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te admiro, que te respeto, que me gustas, que me diviertes, que me emocionas, que te adoro. Que el mundo sin ti, que ahora me toca, me deprime y que sería muy desdichado de no encontrarnos en el futuro. Te beso, mi amor, te pido perdón por mis necedades», escribía Bioy a Elena. «Yo no sé si te lo confesé, pero a mí antes me gustaban todas las mujeres (antes=antes de conocerte). Ahora las veo como si un velo se hubiera caído de mis ojos: son tontas, son feas (al cosmos le cuesta producir a una mujer linda) y son otras. Esto de que sean otras, de que ni siquiera se parezcan a ti es su más grosera e imperdonable imperfección. Además, la idea de hacer el amor con ellas me repele: qué feo, que antiestético e incómoda la postura; qué asco, qué aburrido. He descubierto la virginidad y su casi suficiente encanto…».

Pero Silvina no se quedaba atrás en tema de relaciones tormentosas. Es recordado el vínculo que la poetisa mantuvo con la hija del viento, Alejandra Pizarnik. Alejandra se enamoró vehemente de esta mujer culta y mayor que ella, con la que podía sentirse tan dañada y expuesta sin necesidad de falsear sus sentimientos. «Hay algo que la acerca a mi padre -una aristocracia imponderable, una elegancia del alma como en mi padre, un sentido ceremonial de los gestos aparentemente más nimios- y, sobre todo, me fascina su lenguaje, las palabras que escoge para hablar…» escribía Alejandra en sus «Diarios».

Alejandra venía de los suburbios, Silvina de la alta sociedad, pero en ambas comulgaban sentimientos idénticos de desprotección, baja autoestima, inseguridad y dolor por la infancia perdida. Alejandra quería obsesivamente a Silvina, mientras que Silvina sentía cierta simpatía por Alejandra y accedía a esa vehemencia aunque poniendo límites y frenos, acentuando la obsesión de Alejandra por ella.

«Ma très chère, tristísimo día en que te telefonee para no escuchar sino voces espúreas, indignas, originarias de criaturas que los hacedores de golems hacían frente a los espejos. Pero vos, mi amor, no me desmemories. Vos sabés cuánto y sobre todo sufro. Acaso las dos sepamos que te estoy buscando. Sea como fuere, aquí hay un bosque musical para dos niñas fieles: S y A”, escribía Alejandra a Silvina en forma desesperada.

Miles de historias se podrían enumerar en torno al arte y al amor como amalgama de dos personas que unen su interioridad e inquietudes en un destino único: Julio Cortázar y Carol Dunlop, y ese último viaje que siguen en su «dragón» como autonautas de su eterna Cosmopista del amor; Pablo Neruda y su Matilde, relación que empezó en forma clandestina y que finalmente pudo consumarse, donde el amor pudo ser más largo que el olvido, contrariando a los famosos versos de su poema número 20; Kafka y Milena, y un amor fugaz marcado por la imposibilidad, entre otras tórridas historias de amor.

Artaud decía que había que reinventar el amor. Nuestro siempre presente Julio Cortázar expresaba que todo hay que volver a inventarlo y que el amor no tiene por qué ser una excepción; Pizarnik en sus versos decía que no importaba si cuando llamara el amor ella ya estaba muerta: si alguna vez llamaba el amor ella vendría; Roberto Juarroz decía que el amor es la forma del comienzo tercamente escondida detrás de los finales. Tantas concepciones del amor, como amantes.

Siempre el amor va a ser el protagonista. Y los hombres simples piezas de ajedrez que se mueven en el vaivén de este sentimiento que es el seno de las más hermosas obras de arte que disfrutamos día a día, tal vez sin conocer el trasfondo que las promulga. Reina o rey, alfiles, caballos que portan príncipes «sapos ranas»; torres de Verona que contienen Julietas esperanzadas. Jaque mate. Nada importa, solo el amor que los hace jugar en el tablero del destino.