En la última nota sobre el tema habíamos quedado en cómo Hércules recibió de cada dios del Olimpo un obsequio para llevar a cabo su tarea, también habíamos dicho que esos regalos son dones para poder enfrentar sus trabajos, pero faltaba algo muy importante en la vida de este héroe y era que él pudiera conocer a quién lo iba a guiar, a su maestro Euristeo. Si bien Hércules había tenido a su maestro, el Centauro Quirón, este le había enseñado todas las artes: música, estrategia, caza, filosofía, medicina, arco y flecha. Lo que sucedió fue que en un combate, por error Hércules disparó una flecha con veneno y en vez de ser dirigida a su oponente, sin querer lastimó a su maestro. Como este centauro era inmortal (por ser un hijo también de un dios, en este caso de Cronos), su herida se volvió eterna y por supuesto tremendamente dolorosa, ya que no podía morir. Así decidió entonces, aprender más sobre la naturaleza del dolor, y para eso comenzó a interiorizarse sobre medicina y llegó a ser el médico más sabio de la mitología.
Hércules y su maestro de la vida
Este docente no le iba a enseñar ningún arte en particular. Heracles ya se había preparado y no era la primera vez que peleaba con una fiera (recuerden que la habilidad la traía desde el nacimiento): ya había combatido con dos serpientes cuando tenía 8 meses y a los 18 años despojó la piel de su primer león (así paso de niño a hombre). Este maestro solamente le iba a dar indicaciones específicas antes de cada trabajo y nuestro héroe debía recordarlas muy bien porque eran la clave del éxito. Refresco este dato: los 12 trabajos no están solo relacionados a la fuerza física, acá también medía la potencia emocional y la fortaleza mental.
Cuando su maestro lo vio por primera vez le preguntó: «¿Tu nombre?».
«HeracIes», fue la respuesta. «O Hércules. Me dicen que significa precio­sa gloria de Hera, el brillo y esplendor del alma. ¿Qué es el alma, oh, maestro? Dime la verdad».
“Esa alma tuya la descubrirás a medida que hagas tu obra, y encuentres y uses la naturaleza que es tuya. ¿Quiénes son tus padres? Dime esto, hijo mío».
«Mi padre es divino, yo no le conozco, excepto que, en mí mismo, sé que soy su hijo. Mi madre es terrenal. La conozco bien y ella me ha hecho como tú me ves.
Asimismo, oh, Maestro de mi vida, soy también uno de los gemelos. Hay otro, parecido a mí. A él también le conozco bien, sin embargo no lo conozco. Uno es de tierra, por lo tanto terrenal; el otro es un hijo de Dios».
«¿Qué hay de tu educación, Hércules, hijo mío? ¿Qué puedes hacer y cuánto te ha sido enseñado?”
«En todas las realizaciones yo soy experto; estoy bien enseñado, bien entrenado, bien guiado y soy bien conocido. Conozco todos los libros, tam­bién todas las artes y las ciencias; me son conocidos los trabajos del campo, además la destreza de aquellos que pueden permitirse viajar y conocer a los hombres. Me conozco a mí mismo como alguien que piensa, siente y vive. Una cosa, oh, Maestro, debo decirte y así no engañarte. El hecho es que no hace mucho yo maté a todos aquellos que me enseñaron en el pasado. Maté a mis maestros, y en mi búsqueda de la libertad, ahora estoy libre. Busco conocerme a mí mismo, dentro de mí mismo y a través de mí mismo».
«Hijo mío, eso fue un acto de sabiduría, y ahora puedes permanecer libre. Prosigue tu trabajo ahora, recordando como lo haces, que en el último giro de la rueda vendrá el misterio de la muerte. No olvides esto. ¿Qué edad tienes, hijo mío?”
«Dieciocho veranos habían pasado cuando maté al león, y de ahí que usé su piel. Asimismo a los veintiuno me encontré con mi desposada. Hoy estoy ante ti triplemente libre –libre de mis primitivos maestros, libre del temor al miedo y libre verdaderamente de todo deseo».
«No te vanaglories, hijo mío, sino demuéstrame la naturaleza de esta libertad que tú sientes. Nuevamente, te encontrarás con el león. ¿Qué harás? Otra vez, los maestros a quienes mataste cruzarán tu senda. ¿Los has dejado atrás realmente? ¿Qué harás? ¿Permanecerás libre, o la serpiente te encontrará con sus engaños y te derribará en tierra? ¿Qué harás? Prepárate para probar tus palabras y tu libertad. No te vanaglories, hijo mío, demuéstrame tu libertad y tu profundo deseo de servir».
De repente, ante una extraña conducta, se fue corriendo y desapareció dentro del bosque más cercano. Luego de un rato, el maestro lo vio llegar sosteniendo en alto un garrote de madera cortado de vigoroso árbol vivo.
«Este es mi propio presente”, gritó. «Nadie me lo dio. Puedo usar esto con poder».
Y entonces, y solo entonces, el Maestro dijo: «Sal a trabajar».
Significado del mito
Hércules era un ser entrenado en todas las artes físicas y podía ver el valor de su potencia, nadie tenía duda de su estado físico y menos aún que era el hijo de un dios, pero él debía probarse en su aspecto emocional. Para eso debía tener un maestro diferente, en definitiva uno propio, el de la vida. El significado del docente está en relación a las experiencias de la vida diaria y las preguntas que el suyo le hizo son las mismas preguntas que en momentos de crisis nos podemos hacer a nosotros mismos.
Cuando el maestro le pide que le diga su nombre, es cuando muchas veces nosotros nos preguntamos “¿Quién soy yo?, ¿quién es este ser que habita en mí?». Él pudo contestar «soy Hércules» pero, en definitiva, ¿sabía quién era? Estas preguntas van dirigidas muy especialmente a su identidad, es como decirle: «¿Conocés verdaderamente el ser que habita en ti? ¿Lo conocés en su totalidad? ¿Conocés su origen materno? ¿Sabés cómo es su origen divino? Y si los conocés, ¿qué sabes de ellos? ¿Cómo cohabitan esos dos seres en vos? ¿Quién predomina más? ¿La personalidad o el alma? ¿Tus virtudes o tus vicios? ¿Con quién te identificás más, con tu naturaleza material o tu naturaleza divina?
En otro momento, Hércules le pidió que le responda qué es el Alma, y el maestro le contestó que lo descubriría a medida que haga su obra. Joan Manuel Serrat le diría: «Caminante no hay camino se hace camino al andar».
Solo cuando caminamos vamos dejando nuestro camino, es fácil saber quiénes somos, la obra nos evidencia. Un proverbio oriental diría: «No es lo que decimos sino lo que hacemos lo que nos demuestra nuestra naturaleza». Jesús diría: «Por sus frutos, los conoceréis».

Cuando Euristeo le preguntó sobre la educación que recibió. Ahí Hércules comenzó a mostrar parte de su naturaleza, con el conocimiento de saberse experto en todas las artes peca de vanidad. Lo que él no supo fue que en estos trabajos (como en la vida) no todo es destreza física, y que los animales en la mitología no están en relación a la habilidad física de una técnica sino al estado emocional que el animal represente. El León es el liderazgo, la presencia, la actitud, el valor, el mando, pero cuando todo eso no se sabe manejar es la vanidad, la soberbia, la imprudencia, la fuerza física mal dirigida para lastimar e imponer. Heracles mato al león a los 18 años, símbolo de actitud de liderazgo, de fuerza vital y esplendor físico, pero ante «el todo lo puedo» nace la vanidad. El maestro le dijo: «No te vanaglories que, si bien mataste al león, se te presentará otro, en otro terreno, en otras circunstancias y con otras armas para saber si la destreza y la técnica están incorporadas en tu ser en su totalidad».
Cuando Hércules mató a sus maestros, en simbología esto representa el haber matado conocimientos que ya no le sirven, especulaciones mentales que no construyen, ideas en las que ya no cree. Nuevos maestros se van a presentar, es decir, nuevas ideas van a venir y nuevos conceptos se incorporarán.
Y cuando desapareció en el bosque para buscar un garrote, ese palo es lo único que le pertenece, es lo que él buscó para defenderse, no dejó los regalos divinos (dones adquiridos por derecho propio pero regalados, en definitiva) sino que implementó algo propio, un arma que él mismo forjó, de la tierra, de la naturaleza, que nadie le concedió y que llevaba con mucho orgullo porque era propia.
Y entonces, solo entonces, la vida (representada en este caso en el maestro Euristeo) nos dirá a cada uno de nosotros: «¡¡¡Sal a trabajar y demuéstrate quién eres!!!»