En el marco de la Competencia Latinoamericana de la 36° edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, se estrena “9” de Martín Berrenechea y Nicolás Branca con Enzo Vrogincic, Rafael Spregelbrud, Lara Sofía y Horacio Camandule.

El fútbol es de los deportes menos cinematográficos: tiene muchos tiempos muertos, pocas conversiones y el juego es «cortado». Lejos de ser una valoración deportiva, lo cierto es que el cine en múltiples ocasiones buscó la forma de mostrar poco de su desarrollo con algunas licencias. A la inversa, diversos elementos cinematográficos se incorporaron a una transmisión de un partido de fútbol como, por ejemplo, la cámara lenta, los encuadres en determinados momentos dramáticos, el uso de varias cámaras y hasta el uso de un sonido directo para sumarle más realismo.

En “9”, la idea es presentar una especie de “detrás de escena” en la vida de un futbolista de élite, aquí la de Christian Arias (Enzo Vrogincic) el centro delantero de la selección uruguaya que, luego de ser expulsado en un partido de eliminatorias por pegarle a un rival, comienza a vivir un infierno silencioso. La película lo presenta de espaldas, solo, sentado frente a un ventanal en el aeropuerto de Montevideo y el mutismo es corrompido por su padre Óscar (Rafael Sprelgelbrud), quien lo lleva casi arreando para evitar al enjambre de periodistas y fanáticos que lo esperan afuera.

La idea de Berrenechea y Branca es presentar un ambiente de lujo y casi aspiracional (como lo es una casa en un country) a algo más parecido a una cárcel que a un espacio de relax ante la catarata de problemas que se le avecinan al pobre Christian. Su padre tanto como el representante (aunque el primero haga más las veces del segundo) intentan presentar el hecho como un caso aislado ante el mundo, pero que no es más que la consecuencia psicológica de una crisis que se apoderó de este jugador. Inspirado en la expulsión de Luis Suárez en la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA Brasil 2014, “9” es un film de una procesión que va por dentro más que una dinamita a punto de estallar en el cuerpo del protagonista. Los adultos deciden por él, quien está construido desde el perfil de un infante que no parece estar con las facultades para determinar su futuro. El conflicto de la película es una posible transferencia a la Premier League de Inglaterra, la cual puede caerse por lo sucedido en el encuentro de las eliminatorias que provocó la expulsión y el embate mediático.

Otra de las grandes decisiones de la dupla encargada de la dirección es presentar al “villano”, su padre, en el envase de un hombre de barrio que no conoce otra solución para la pesadilla que vive su hijo más que, por ejemplo, invitar a sus amigos a comer un asado o alentarlo a que jugará en la liga más importante del planeta. Christian encuentra un halo de luz y esperanza en lo improbable, en una chica de “espíritu libre” que vive en el mismo country.

En esos mundos interceptados casi por casualidad se halla un camino posible para el escape ante tanto asedio, porque el problema es la presión interna de lo que al periodismo deportivo le gusta llamar “entorno”. Por supuesto que los medios también figuran como parte del problema, porque su conflicto no tiene únicos responsables e, incluso, la propia película también se encarga de apuntar los cañones hacia él en esa línea. El uso de planos generales para ilustrar esa cárcel de lujo que es la casa engrandece más ese concepto, la reclusión es más atmosférica que tangible.

Esta coproducción uruguaya-argentina es un buen ejemplo de un cine que parte del deporte para narrar una historia simple, pero novedosa en términos de retrato interno de lo que sucede con un futbolista mega profesional.