La niña al nacer pesaba 5 kilos. Sana, robusta, por parto natural y morena. Fue concebida por sus padres después de cuatro años de haberse casado. La mamá tenía 22 y el papá 33, muy jóvenes, así que no tendrían ese problema que tienen algunas personas de ser padres «viejos y cansados» para educar.

A la niña, su mamá le dio de tomar la teta poco tiempo, ya que no tenía mucha leche y era una cuestión de paciencia y dedicación seguir insistiendo con el pecho, que esta madre no tenía, no midió consecuencias posteriores o no le importó a esta madre dar protección a esta hija. Sabemos sobre la inmunidad que aporta la leche materna a los recién nacidos.

Una bebé buena, tranquila, dormía mucho y casi ni lloraba. La bebé perfecta que cualquier pareja de cuidadores o cuidador quisieran tener.

Crecía sana y fuerte, aunque sus primeros tres años de vida no fueron los mejores, diría que fueron los que pudieron darle esos dos adultos “responsables”. Por supuesto, esto se vislumbra con el tiempo porque, los primeros tres años de vida en las personas marcan cimiente de su propia construcción mental y física, confianza, voluntad, autonomía, apego, voluntad, determinación. Todos estos condimentos-refuerzos de construcción de persona fueron para esta niña débilmente marcados, algunos, y otros no existieron.

En paralelo, es el momento de formación de la sombra, la famosa sombra de la que se habla y nos referimos tantas veces en diferentes ocasiones.

Esta se puede identificar como una bolsa que aparece a la hora de no conseguir lo que pedimos o queremos y merecemos tener. Esa bolsa se instala y se va alimentando y va creciendo y nos acompaña a lo largo de la vida (siempre y cuando estemos dispuestos a portarla) cada vez más abultada. Aunque la mayoría de las veces no sabemos qué es lo que nos pesa tanto en los hombros y espalda.

Esta niña comenzó su andar por la vida cargando su bolsita que, como luego veremos, con el paso del tiempo, se transformará en un saco grande de mucho peso.

Y llega así el tiempo de ir a prescolar, pero esta niña fue catalogada como muy inteligente, ya que a los cinco años sabía leer y escribir de corrido cualquier texto. Entonces, no asistió a prescolar, quitándole la posibilidad de socializar con sus pares, provocándole futura vergüenza y culpa, falta de integración personal y grupal, falta de juego e investigación, inhibición, entre otros aspectos.

Es decir, jugaba a escribir y a dibujar, tampoco tenía contacto con otros niños o niñas ni con sus primos, por ejemplo, la familia nuclear la conformaban sus papás y la niña porque la llegada de su hermana sería dentro de un año, cuando la niña cumpliera seis. En la familia extensa había pocos primos y vivían lejos, no era costumbre visitarse. En fin, bastante solitaria y des afectiva pintaba la cosa.

Al llegar la escolaridad, resultó ser que primer grado inferior no lo hizo, dada su capacidad anteriormente mencionada y, entonces, comenzó directamente por el segundo grado superior (nos situamos en el año 1963 para ubicarnos en tiempo y forma de escolaridad).

Esta es una etapa donde toda niña o niño empieza a obtener reconocimiento por sus logros en el nuevo entorno, el escolar. Por eso es que la niña comienza a adquirir nuevos conocimientos y habilidades, se sentía productiva.

Estas novedades, el entusiasmo y el sentido de trabajo, hacen sentir feliz a la niña, pero no tuvo el reconocimiento suficiente por parte de sus padres para seguir afianzándose, aprendiendo y avanzando. Cuando no hay suficiente reconocimiento, aparece una sensación de inadecuación que puede conducir a un sentimiento de inferioridad.

Y esto es precisamente lo que hoy día, como adulta, experimenta en varios aspectos de su vida.

Al llegar la adolescencia, la niña se veía siempre con una aparente tristeza, solitaria, recluida hasta para jugar con sus muñecas. Prefería leer antes que salir a estar con sus pares. Y dado que la adolescencia es una etapa de confusión y búsqueda de identidad, de las etapas más difíciles y controvertidas para cualquier ser humano, a esta niña le será muy difícil dejar soltar la niñez para convertirse en una joven que adolece, donde el tiempo es eterno y hay una tendencia a desobedecer ordenes por el solo hecho de transgredir lo impuesto por los mayores.

Esta niña-joven no hacía preguntas, no investigaba, obedecía siempre, en su casa, en la escuela, no le interesaba hacer ninguna actividad física o armar grupo de pertenencia. Buena alumna y siempre dispuesta a ayudar a los demás.

Quizás se pueda decir que su asistencia natural hacia los demás, sea en realidad un constante pedido de ayuda y atención que necesitaba para ella.

Hoy día esta niña es una adulta mujer a la cual todo lo que hizo y hace en su vida para ella le cuesta mucho obtener. Es una buena persona que sigue ayudando a los demás de maneras diferentes. No supo elegir a una persona que la confortara y cuidara cuando eligió con quien casarse. Lo maravilloso que resultó de este matrimonio fueron sus hijos. Ella se separó y divorció.

Hoy día, esta mujer divorciada sigue buscando un plan de vida que la ayude a sentirse plena y feliz. Sin renegar del pasado, pudiendo ver cómo armar el presente, diferente, más atento, más amable consigo misma. Lo que no le dieron ya fue, no hay vuelta atrás. La vida es hoy. Es el presente. Es la historia que escribimos día a día, con risas y llantos, con riesgos y certezas. Con buenas, malas y grises.

Se dice por ahí que de vez en cuando hay que rescatar a nuestra niña/o interior. Y si, para aflojar tensiones, para darnos el permiso de jugar, de renacer, de explorar. ¿Qué le sucedería a esta mujer de hoy si recatara a su niña interior de ayer? Seguramente, habrá alguna vivencia que rescatar sin resentimientos y así podrá sanar a su niña interior.

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