«Orfeo» (1950) es una película dirigida por el polifacético Jean Cocteau, un hombre que dedicó su vida a la exploración de la creatividad a través de variadas disciplinas como la poesía, el dibujo, la crítica, el diseño y el cine. En este film -que forma parte de un conjunto de películas llamado «La Trilogía Órfica» desarrollado por Cocteau entre los años 1930 y 1960-, acompañamos a un moderno Orfeo, atormentado por la insignificante trascendencia y relevancia que, según él, tiene su voz poética, en un viaje hacia el inframundo, impulsado por una hermosa personificación de la muerte y el respetuoso chofer de esta. «Orfeo» es una extraordinaria película que no solo cuenta con una historia interesante y buenas actuaciones sino que, además, logra unir dos mundos el los que las nociones del tiempo y del espacio son diferentes, utilizando efectos visuales artesanales pero ingeniosos

De la mitología al cine

La mitología griega nos presenta a Orfeo como un hombre capaz de calmar a las bestias y de embelesar a los humanos con su lira. Un personaje considerado como uno de los principales músicos y poetas de la antigüedad, que decide buscar a su amada Eurídice en el Averno cuando esta muere picada por una serpiente.

No obstante, Cocteau quiso concentrarse en las tribulaciones que dichos talentos, especialmente el de la poesía, podrían producir en la mente de un hombre que al mismo tiempo es amado y odiado por la sociedad en la que vive.

Esta reflexión sobre el poder o la «condena» que significa la habilidad de utilizar la palabra escrita para reflexionar e indagar sobre las complejidades de la existencia humana -ya nos confesará el director en la última película de la trilogía, «El Testamento de Orfeo» (1960)-, es una autorreferencia a su trabajo como artista. Uno que siempre lo motivó a hacer preguntas, independientemente de si las respuestas fueran satisfactorias o no. De manera que las decisiones que toma el personaje de Orfeo, representado por el actor Jean Marais, están supeditadas a esta necesidad por encontrar réplicas, por entender qué hay más allá. Una idea que lo hace preferir la novedad de un mundo en el que habitan personajes como la princesa misteriosa -interpretado magistralmente por Maria Casares-, que la inercia de una realidad gobernada por los subterfugios de los convencionalismos.

Lo especial en los efectos

Uno de los grandes aportes de la película es la capacidad de Cocteau para rodar secuencias surrealistas en las que los personajes atraviesan espejos, se levantan flotando del piso o de sus camas; también la manera en la que estos luchan contra la presión del viento y la gravedad en territorios que limitan entre el mundo de los muertos y de los vivos; o simplemente la forma en la que es planteado el arrollamiento de Eurídice por dos hombres sobre motocicletas.

Cada uno de estos episodios logra adentrarnos en la historia con naturalidad, recordándonos que en el cine contemporáneo todo es mucho más fácil de solucionar gracias a los avances tecnológicos, pero precisamente por eso, en muchas ocasiones, se dejan de explorar otras posibilidades con la cámara, la iluminación y la edición, recursos propios de un sistema narrativo que compone a través de la consecución de imágenes y de sonidos. En este sentido: ¿por qué no replantearse su uso?

Una lira que perdura

«Orfeo» (1950) es una obra que no pierde vigencia, ya que el espíritu poético que la sustenta, la ejecución de las actuaciones y la inteligente dirección de Jean Cocteau lograron resignificar un mito que nos habla sobre el poder del amor, convirtiéndolo en una historia que se enfoca en la importancia del cuestionamiento y su capacidad para propiciar cambios. Liberándonos de la pasividad ante lo establecido, aunque esto implique lanzarnos hacia el vacío.