El deleznable hecho de la pasada semana, que involucró a seis violadores que arremetieron contra una joven de 20 años a plena luz del día en el barrio de Palermo, abrió una nueva discusión casi consensuada en el enojo femenino: las participaciones, complicidades y acciones masculinas en hechos de abusos, violaciones y agresiones sexuales.

Tales comportamientos escapan al hecho exclusivo del delito, porque involucran el encubrimiento, la omisión y el “corporativismo” masculino. Desde compartir una foto en un chat entre amigos hasta mantener una relación de trabajo, compañerismo e incluso de amistad con abusadores. La lógica de “no dan las cuentas” es perfectamente válida ante hechos que se repiten a diario en comparación con el desconocimiento de la existencia de amigos, familiares y gente cercana justificado débilmente por parte de los hombres.

El cine, entre sus múltiples posibilidades, también nos permite pensar problemáticas, en primer lugar para reflexionar sobre la existencia de ellas desde hace un largo tiempo. Es el caso de “Acusados” («The Accused», 1988), título local que es más afirmativo ante la ambigüedad del título original, una película dirigida por Jonathan Kaplan y que le dio su primer Oscar a Jodie Foster como mejor actriz principal.

La historia narra la tragedia vivida por Sarah Tobias (Foster) durante una noche, cuando en una taberna es abordada por tres hombres que la violan sobre un pinball, ante una arenga de hombres que alienta a los abusadores. También hay un espectador pasivo, un joven universitario que no reacciona pero observa el hecho con aberración. Tras escapar en un descuido, Sarah sufre una “segunda violación”: la del sistema, a través de un hospital que realiza un estricto protocolo sin inmutarse ni empatizar con la joven. También recibe un tratamiento amarillista por parte de los medios de comunicación, los cuales entienden que la provocación de la víctima fue el disparador del accionar de los hombres que abusaron de ella.

El estrato social al que pertenece es otro de los puntos que la Justicia usa en su contra, además de la imposibilidad de acceder a una buena defensa. Allí aparece Kathryn Murphy (Kelly McGillis), su letrada defensora. En ella también se llenará el casillero sobre la mirada femenina de otra clase social, una que en teoría representa a la ilustración, la razón y las buenas costumbres. Por supuesto, la abogada desconfía de los hechos narrados por su clienta, juzga sus atuendos y sus antecedentes de consumo personal de estupefacientes y marihuana. Toda su vida previa se pone en juego para utilizarla en su contra, y a favor de los victimarios. Los dos personajes femeninos atraviesan un arco de transformación, como sucede con los buenos guiones, que las ubica en un lugar diferente al del comienzo en el final del trayecto.

El sistema judicial de Estados Unidos -al menos en 1988- ubicaba a la víctima de violación en el lugar del acusado: era ella la que tenía que probar el delito. Incluso, como se ve en esta historia, en el caso de comprobarse el hecho podía eludir una condena si era caucásico, si su estatus social era de bienestar y/o si cumplía una función social favorable, ante los ojos de la Justicia. Aquí uno de ellos es un universitario, por ello es que se salva de la cárcel al pagar una mínima suma de dinero. La segunda alternativa que se proyecta en el horizonte de Sarah y su abogada es que se juzgue a aquellos que alentaron a los violadores en ese bar. Tal proceso judicial pone en crisis las vinculaciones masculinas tóxicas y de complicidad. El joven que vio todo y no reaccionó se presenta como el testigo principal para la defensa, ante la chance de perjudicar a sus amigos con el segundo juicio se retracta para cuidar a uno de los violadores, quien podría ir preso si se condena a los instigadores.

Lejos de ser una película exploitation de violación y venganza, un género que ofreció una cantidad de películas desde la década del 70′ en adelante, aquí se plantea una historia sobre diferentes perspectivas que dan como consecuencia una serie de lugares comunes ante la aberración de un abuso, la vida después de la víctima, los comportamientos masculinos, la complicidad del sistema y el optimismo ante la reconstrucción después del horror. 32 años después, “Acusados” se mantiene lamentablemente vigente, en esta ocasión el cine sirve para debatir y pensar -entre nosotros los hombres- sobre nuestras conductas pasadas, actuales y futuras.

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