Con el reciente estreno de «Marriage story» en Netflix, Noah Baumbach reafirma su sensibilidad para deshilar los tejidos más finos de los dramas domésticos. Esta vez, con Adam Driver y Scarlett Johansson en pantalla, desanda el camino de un divorcio.

La película comienza con dos cartas en las que Charlie y Nicole cuentan lo que aman uno del otro: compuestas de todas las pequeñas cosas que según los estatutos del amor romántico deberían alcanzar. Pero estos pensamientos, que son más propios de un enamoramiento que de un divorcio, no tienen lugar en el presente de esta pareja y mueren en una hoja de papel escrita a mano que representa un doloroso intento por atesorar un poquito de amor ante la tormenta que viene.

Adam Driver y Scarlett Johansson sostienen con sus rostros toda la progresión dramática con un carácter actoral indiscutible: el dolor contenido, la frialdad impostada y los últimos gestos de ternura. La película demanda demasiado de ellos, con planos muy cercanos, muy largos, de emociones muy fuertes. Pero en este devenir de tristeza irrumpen los elementos de una comedia extraña, propios de Baumbach. En este caso, en dos figuras caricaturescas de sus abogados.

La representante de Nicole es Nora Fanshaw (Laura Dern) y el de Charlie es Jay Marotta (Ray Liotta), y ambos representan el peor quiebre, el de lo justo y lo injusto. Pero, ¿por qué no preguntarnos si, con el desesperante cinismo que los caracteriza, quizás estos abogados pelearon la batalla que nuestros protagonistas eran incapaces de dar? Por respeto, por amor o por costumbre, es viable también hipotetizar que quizás Nicole hubiera sucumbido en la sumisión como siempre o Charlie hubiera logrado una resolución a la medida de su egoísmo. ¿Qué pasa si estos abogados son la representación más monstruosa y desalmada de lo que nuestros protagonistas pudieron manotear para usar de ángel de la guarda?

Como mencionaba antes, Noah Baumbach aporta un ojo clínico sobre los dramas domésticos. En «The Meyerowitz Stories» tensa la cuerda de la necesidad de la muerte paterna (aunque simbólica) para sanar el vínculo de un par de hermanos pero, paralelamente, se dedicó a reconocer las contradicciones intrafamiliares y asumir el resentimiento, la culpa y el amor como parte de un cóctel explosivo que es el corazón de cualquier hogar.

En «Marriage Story», además de la peripecia principal del divorcio, se detiene a observar la naturaleza imperfecta de la cotidianidad que es en definitiva lo que la hace humana, y la pone en choque con el sistema que piensa de forma mecánica y que los pone a prueba sin sentido, como si la vida pudiera ser supervisada y evaluada, en una secuencia incómoda, cómica y maravillosa interpretada por Martha Kelly.

El color amarillo siempre presente en la historia de sus puestas en escena, siempre naturalistas y con una construcción milimétrica que habla plano a plano. La película no niega el amor de forma pesimista y, de hecho, lo asume como verdadero, aunque sí relativiza su capacidad de perdurar en el tiempo y nuestra capacidad de resignificarlo sin destruirlo todo.

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