El 30 de noviembre de 1955 la autodenominada “Revolución Libertadora”, bajo la presidencia de Pedro Eugenio Aramburu ordenó la disolución del Partido Peronista. Hoy se cumplen 57 años.
Es evidente que la mera idea de intentar velar por la democracia prescribiendo un partido político es absurda. El decreto ley 4.161, publicado el 5 de marzo de 1956, prohibía cualquier tipo de afirmación ideológica o propaganda peronista. Como si el intento fuera a introducir un lapsus. No es posible borrar el período comprendido entre 1943 y 1955. En la vida real, no existen procedimientos de olvido como en la película (tan genial) “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”. Y dudo que los dirigentes del golpe tuvieran en mente la idea borgeana de “no hay peor venganza que el olvido”.
Si bien todo se ve más claro en retrospectiva, y uno sumergido en la frontera corporal y su contemporaneidad piensa distinto, realmente cuesta considerar que se hayan tomado estas medidas en vistas de restaurar el régimen democrático, ya que en lo argumentativo se sostenía este discurso. Esto sin mencionar los delitos de lesa humanidad, o la autoproclamación de las Fuerzas Armadas como garantes del régimen, con derecho a intervenir cuando lo consideraban necesario.
El aval y el consenso para intervenir y actuar fueron generados por la opinión o concepción del expresidente Juan Domingo Perón como “tirano”, “demagogo”, incluso “nazifascista”. Lo paradójico es que los argumentos usados para tildarlo de nazifascitas eran… bastante nazis. Tildaron a todo el movimiento de “cabecitas negras”, “grasitas”.  Discriminar a alguien por falta de modales y camisa no es precisamente una señal de tolerancia y amor a la democracia.
Cuando el pueblo elige en comicios limpios, no hay nada más que hacer. Se puede decir que la democracia posee vicios, pero no se puede saber si aquel con menos recursos o formación vota “peor” que aquel que está formado. Para traer un caso concreto de la historia argentina más reciente, Domingo Cavallo se doctoró en  Harvard….
Hoy, por momentos parece olvidarse que, según tiempos históricos, no estamos tan lejos de haber sufrido intervenciones militares varias en nuestros gobiernos e intentos fallidos de instalar democracias. Y quizás los rasgos caudillistas que tenía Perón son parte de nuestra idiosincrasia, y no tanto esa concepción de Argentina como la Europa de Latinoamérica.