Muchas son las consecuencias del uso indiscriminado de pesticidas e insecticidas en el territorio colombiano. El mayor impacto se ve reflejado en la contaminación de cultivos, fuentes hídricas y la salud de los campesinos. El uso de glifosato rociado desde el aire es uno de los mayores desafíos para agricultores, flora y fauna nativa. Desde la aprobación de esta técnica de erradicación de cultivos ilícitos, los pobladores se enfrentan a resistir abandonar sus cultivos y salvar sus vidas de la contaminación.

Fipronil, enemigo de las abejas

La decisión del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) fue suspender temporalmente el registro del fipronil en todo el territorio nacional a causa de la mortandad de más de 64.000 colmenas en cuatro años. Los apicultores del departamento de Quindío están siendo los más afectados. La Resolución ICA 292101, del pasado 2 de marzo, otorga seis meses a partir de esa fecha para que las empresas agoten sus inventarios.

Existen en Colombia más de 70 registros de productos que contienen fipronil. Este insecticida está aprobado en Colombia, en distintas formulaciones, para el uso en cultivos de paltas, café, cítricos y pasifloras. Los tres primeros con una alta necesidad de abejas para su polinización y las pasifloras, muchas de las cuales no solo son alimento para abejas sino también para los colibríes, son plantas de un extendido uso medicinal para tratamientos de nerviosismo, insomnio y ansiedad.

La medida se da a conocer en el marco de la reciente intención, por parte del Ministerio de Defensa el 20 de febrero de 2021, del uso de glifosato en aplicaciones aéreas para combatir los cultivos de coca en aproximadamente 160.000 hectáreas en el territorio colombiano. La aplicación aérea de glifosato no solo implica una gran amenaza a la biodiversidad circundante, ya que las aplicaciones se hacen a una altura de 150 metros por las características topográficas del terreno, sino que el producto es directamente perjudicial también para las personas (principalmente niñas, niños y gestantes) y las abejas.

La fumigación con glifosato es un procedimiento muy costoso en términos sociales y ambientales, con efectos cuestionables en la reducción de cultivos y que, por el contrario, podría agudizar situaciones de vulnerabilidad y conflictos en los territorios, además de los daños a la salud de la población y los impactos ambientales sobre los ecosistemas y la biodiversidad. Por esto, es clave poner en marcha alternativas para el control de los cultivos ilícitos con mayor potencial de ser sostenibles en el largo plazo.

La Agencia Internacional para el Estudio del Cáncer (IARC) de la Organización Mundial de la Salud (OMS) calificó al glifosato como «probablemente carcinógeno en humanos» (categoría 2A), dado que la evidencia es limitada en humanos aunque suficiente en animales. Además, está asociado a la probabilidad de sufrir abortos y problemas dermatológicos. En julio de 2019, la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia recomendó la prohibición global absoluta del glifosato, en atención al principio de precaución.