Según la encuesta Nacional de Angustia Psicológica realizada en China, el 35% de la muestra evaluada experimentó angustia asociada a la pandemia del coronavirus, en su mayoría mujeres, ancianos y migrantes.

En efecto, sobre una investigación basada en factores como género, edad, educación, ocupación y región, las mujeres demostraron ser más vulnerables al desarrollo de un trastorno por estrés postraumático, dato que debe ser encuadrado dentro del contexto cultural en el que fue realizado el estudio.

La muestra contenía un total de 52.730 posibles respuestas de 36 diferentes provincias chinas entre el 31 de enero y el 10 de febrero. Del universo total que componía la muestra, 18.599 eran hombres (35,27%) y 34.131 (64,73%) mujeres lo que, indudablemente, pudo también haber influido en una mayor proporción de casos femeninos. Por su parte, los menores de edad tuvieron las respuestas más bajas (14,83 hombres y 13,41 mujeres), y previsiblemente las más altas fueron las de los mayores de 60 (27,49 y 24,22, respectivamente).

Además de la discutible inferencia que puede hacerse sobre la probable menor cantidad de recursos de las mujeres frente a factores estresantes, el estudio arrojó otras dos conclusiones interesantes: ya que la tasa de mortalidad más elevada tuvo lugar entre la población anciana, no resulta extraño que cuenten con menos chances de trastornos psicológicos. Y el otro dato no menor es que aquellos con educación superior tendían a sentirse más angustiados, ligado esto posiblemente a tener una mayor conciencia sobre su salud y responsabilidad. Quienes arrojaron el mayor nivel de angustia media (31,89 hombre y 23,51 mujeres), fueron los trabajadores migrantes por el temor a la exposición al virus al viajar a sus trabajos en transporte público, así como factores asociados a la incertidumbre sobre la modalidad y continuidad de sus empleos.

Los resultados también indicaron que, con el paso del tiempo, la angustia descendía en forma significativa, explicada por las efectivas medidas adoptadas por el gobierno para evitar la propagación del virus.

Es en extremo valioso comparar las experiencias contextuales en partes opuestas del globo, y en un país acostumbrado a vivir males propios y ajenos, como el nuestro. Tal es el caso de Rubí, que padeció hace poco otra epidemia que quedó solapada por el coronavirus: dengue.

Vive otra de las crisis

Rubí está harta de tener que reinventarse cada cierto tiempo. Si algo no estremecía al país, religiosamente azotado de tanto en tanto, era el mundo el que quedaba patas arriba. Había superado la crisis del 89′, la del 2001, sobrevivió al HIV, la gripe A, hepatitis, hambre, desempleo, machismo y violencia, cáncer, el reciente dengue… pero algo ya no la acompaña: la pujanza de la juventud. Joven de espíritu, la cruel biología. Sin embargo, le marca otro paso, otro ritmo. El dengue la dejó casi sin defensas, su energía fue absorbida por algún ente que se llevó su poder.

Se mira al espejo y súbitamente empieza a recordar. Corría el año 1989. Su primera gran caída. Sentía que el país la expulsaba. Hiperinflación, su negocio de moda quebrado, viuda hace poco. Con los últimos 12 dólares en el bolsillo, decidió que tenía que irse. Fue a Retiro, sin pensarlo, donde encontró camioneros brasileros. Jugada, habló con ellos hasta que tibiamente sintió que podía confiar en uno y con él partió a Curitiba. Su chofer, que al final resultó de confianza, la dejó en ese destino y siguió su ruta. Ella terminó en un hotel de mala muerte con ocho de los doce dólares. Sucia, vacía, despojada, se miró al turbio espejo y se preguntó quién era… y cómo iba a hacer ahora. La calle era tirana, feroz, una selva despiadada. Así y todo logró contactar con quien necesitaba que hiciera los recorridos por las minas en el interior recolectando piedras preciosas para revender, y así lo hizo. No le fue mal, pudo ponerse un puesto en la calle en la principal, avenida paulista, víctima de abuso policial, robos y violencia. Brasil también la estaba echando.

Volvió. Pudo recomenzar, tanto económica como afectivamente. Hasta que llegó el 2001 y volvió a llevarse todo. Esta vez se quedó, volvió a rehacerse y nuevos fantasmas asolaban: un diagnóstico de HIV indetectable, pero HIV en fin, y con cada nueva pandemia el pánico porque ya quedaría para siempre etiquetada «de riesgo». Su lozano cuerpo parecía que finalmente le había abandonado. Pero ella era fuerte y su paso por Brasil la había vuelto prácticamente invencible. Allí había estado al borde muchas veces, cuando no había sido la policía o el ladrón de turno, lo había sido un vínculo enfermizo con extrema violencia. Y, como si fuera poco, la sombra del cáncer había oscurecido su alegría por la vida.

Y después de tanto haber pasado, se buscó de vuelta en el espejo, y no se vio. El enemigo invisible de afuera, el nuevo virus que asola el mundo, es la excusa para temerle al enemigo invisible de adentro. Ambos pueden carcomer su espíritu de lucha. Necesita recordar de dónde había sacado las fuerzas tantas veces para reinventarse, para salir empoderada. Se pone excusas: «No era lo mismo cuando era joven». Un terapeuta le dijo que escribiera, que contara al mundo cómo había superado tanto sin reconocerse en esa épica y titánica lucha cuando otros hubieran claudicado antes de empezar. Entonces, se quebró y lloró al poder encontrarse nuevamente en el mohoso espejo.

¿Dónde estaba su poder? «En que soy una piedra preciosa», se dijo a sí misma. «Dura como piedra, pero valiosa como diamante, capaz de reinventarme en mil diferentes caras y pulirme. Nada puede quebrarme».

Sus ojos azules resplandecieron, sus defensas subieron. Había superado así todas las enfermedades, todas las pruebas, y recuperado las fuerzas. Vuelve a brillar. «Soy Rubí». Puede verse en el espejo, limpio.

Artículo elaborado especialmente para puntocero por Alejandro Di Vagno.