Hace unas semanas a muchos nos alarmaba la decisión expresada por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (GCBA) que planteaba un progresivo “retorno a clases”. El término resulta antipático para docentes, ya que se insiste en que desde el inicio del ciclo lectivo los estudiantes tuvieron clases a distancia, a través de dispositivos móviles o, incluso en algunos casos, los propios profesores se tomaron el trabajo de acercarles la tarea en formato impreso para no perder la continuidad.

Asimismo, es innegable la realidad de muchas niñas, niños y adolescentes que no cuentan con acceso a la conectividad, que imposibilita que participen en las actividades escolares durante estos meses en pandemia.

No obstante, con las cifras de infectados por COVID-19 de las últimas semanas, la decisión del jefe de Gobierno Porteño, Horacio Rodríguez Larreta, de continuar con las aperturas, como mínimo, generó desconcierto. A diez días de dar inicio con el “retorno a clases”, una institución educativa de Barracas confirmó un caso de coronavirus entre su personal de limpieza.

Las autoridades de la Escuela Técnica N°15 manifestaron: “Se procederá a la desinfección del establecimiento. Por lo tanto, se suspenden las actividades programadas para esta semana. La revinculación se retomará a partir del lunes, tentativamente».

Asimismo, también se hicieron escuchar las voces de quienes, desde un primer comienzo, no avalaban la disposición porteña, como la de legisladora Lorena Pokoik que se expresó a través de Twitter: «Lo advertimos. Dijimos una y mil veces que era una locura cualquier tipo de presencialidad en las escuelas. Pero el capricho y marketing político de Soledad Acuña y Horacio Larreta lograron su cometido”.

De todas formas el ministro de Educación de la Nación, Nicolás Trotta, advirtió que «si llega a haber un aumento de casos, puede darse una marcha atrás”.