«La vida y los sueños son hojas de un mismo libro. Su lectura simultánea significa la vida real», expresó Schopenhauer.
Alejandro Magno tenía a Aristrando, su interpretador de sueños oficial. Orientado por él, leía sus propios sueños antes de tomar decisiones importantes. Así fue a la hora de conquistar la ciudad de Tiro en el año 332 AC. Alejandro soñó con un «sátiro» que bailaba sobre el escudo de Tiro. Su interpretador leyó un juego de palabras que podía descomponerse en Sa y Tyros, lo cual significaba «Tiro es tuyo». Eso llevó a que Alejandro decidiera invadir de inmediato y logre la conquista.
¿Por qué en la antigüedad se daba tan extrema importancia a los sueños? ¿Por qué toda la población, sin distinción de status social o cultura, tendía naturalmente a tomar los sueños como mensajes importantes? ¿Por qué en distintas latitudes y tribus del mundo el ritual de sentarse al fogón a contar sus sueños era considerado algo sagrado que nutría de mucha información al pueblo? Y más aún, ¿por qué actualmente hemos dejado de apreciar de este modo a nuestros sueños?
Sin idealizar los tiempos pasados, ya que como decía nuestro amado poeta Luis Alberto Spinetta, «Mañana es mejor», sí creo que debemos hacernos algunas preguntas y aprender a unir y sintetizar la sabiduría del pasado y del presente. Del extremo primero, en donde un sueño podía condicionar toda una vida, al extremo actual en el cual la mayoría de nuestros sueños quedan en el olvido sin suscitar siquiera una pregunta; podemos encontrar puntos intermedios y síntesis.
Personalmente, creo que es urgente que como pueblo humano prestemos más atención a nuestros sueños y que rescatemos ciertas formas de trabajo con el material onírico que nos permitirán tender puentes naturales entre el consciente y el inconsciente. Como decía Holderlin: «El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona». De alguna manera, nuestros sueños liberan mucho del potencial que durante las horas de vigilia está atado a los mecanismos de defensa y condicionamientos.
Jung, en las reuniones con sus colegas tituladas «Eranos», proponía que el inicio del encuentro se basara en que todos contaran espontáneamente sus sueños. A partir de un primer sueño que alguien traía a la mesa, se iban destapando resonancias y recuerdos que suscitaban otros sueños en los demás participantes. A menudo también la Red de Sueños traía imágenes y amplificaciones que no eran interpretaciones individuales (pues eso estaba contraindicado), sino que eran contribuciones simbólicas a la comprensión de esa masa de significado que iba emergiendo.
Al seguir la idea de que si los pueblos supiéramos lo que soñamos sabríamos nuestro destino, el trabajo con las redes colectivas de sueños demuestra que en el fondo nuestros sueños están co-ligados, comparten significados, símbolos, tonos y matices. De alguna forma hablan de lo mismo.

En el VII Congreso Latinoamericano de Psicología Analítica Junguiana (realizado este mes de junio en Buenos Aires) comenzamos todas las jornadas con Redes Colectivas de Sueños y pudimos re-experimentar lo que se siente al ver que personas que no se conocen pueden soñar muy parecido. Estar en la misma tierra, en la misma atmosfera, nos vuelve «uno». La pena es que perdamos una y otra vez esa consciencia.

A partir de esta maravillosa experiencia surgió en mí la humilde necesidad de facilitar encuentros en donde el trabajo con los sueños vuelva a adquirir la dimensión sagrada que siempre tuvo, trayéndolo a las épocas actuales y sintetizándolo con la vida cotidiana. Los encuentros iniciarán con Redes Colectivas de Sueños, que buscarán abrir resonancias y mostrarnos sincronicidades, tramas y temas que están presentes, sin exponer la subjetividad del soñante. Luego cada participante aprenderá a trabajar y mirar sus propios sueños, tendiendo un puente creativo con su inconsciente.

Mas allá de esta propuesta puntual, la invitación es a reconectar con nosotros mismos, con lo que nos pasa, con lo que soñamos. Es la única manera de comprometernos con un cambio real.