Conversamos con Rodolfo Parato, uno de los concesionarios del icónico lugar marplatense.

En la entrevista, comenta que ”El Torreón del Monje nace como símbolo, una insignia de una incipiente ciudad balnearia, allá por 1904 cuando se construyó y la idea, por ese entonces, era que Mar del Plata sería el lugar de veraneo para aquellos europeos que visitan estas costas del Atlántico. El Torreón fue el punto de encuentro, de esa aristocracia, que se encontraba en Mar del Plata”, señala Parato.

En relación a la arquitectura, Parato describe que “es medieval, como un castillito, con mucha piedra. Ya en 1927 Ernesto Tornquist, que es quien encargó su construcción, decidió ampliarlo y construyó lo que hoy, como en aquel entonces, era una locura, que fue una terraza de dos mil metros cuadrados sobre el mar”, agrega Parato. En relación a esta terraza, expresa que “se construyó para ser la sede del pichón club, lugar del tiro al pichón, era el lugar donde todos los aristócratas se juntaban a practicar este deporte”. Así, de la mano de este deporte, nació la función social, de encuentro del Torreón, tanto para turistas de nuestro país como europeos.

En cuanto a su ubicación geográfica, Parato indica que “el Torreón se encuentra en un punto más saliente de una bahía que es fundacional, que se localiza todo el macizo de Tandilia -un conjunto y un sistema rocoso que tiene millones de años-. Ese conjunto marítimo y ese verde que cae por esas rocas hacia la costa no se encuentra en todos lados, combina lo oceánico y urbano al mismo tiempo”, señala Rodolfo.

Al situar la relación de su familia con el Torreón, Parato nos cuenta que “luego de ser el club del tiro al pichón en 1927, funcionó la sede del club de la Marina, también como punto de encuentro. La Marina luego lo abandonó y estuvo así como unos quince años, hasta que el Estado decidió su demolición por la corrosión, hasta que apareció una persona bastante loca que era mi padre, allá en 1979, quien decidió ponerlo en valor, construir una escollera para protegerlo de los embates del mar y lo puso en valor a la construcción, que llevó más de veinte años, y hoy también continúa”, expresa en relación a la unión familiar con el emblemático edificio.

“Mi papá de chiquito iba a juntar caracoles por ahí y de repente fue la persona que pudo darle una nueva vida, ponerlo en valor y hacer que vuelva a tener esta vida social y lo coloque en los años 90′ como el punto obligado de encuentro social, político y cultural de Mar del Plata y la Argentina”, enfatiza Parato.

Con respecto a su funcionamiento e impacto en la pandemia, Rodolfo menciona que “el Torreón está abierto todo el año, son dos unidades funcionales diferentes, entre paradores, restaurante y balnearios. La superficie es muy grande: son más de veintidós mil metros cuadrados, esto hace que tenga diferentes usos”. Además, «el año pasado con la pandemia estuvimos cerrados más de ocho meses con todo lo que ello implica, con todo un equipo de trabajo que tuvo que cargarse al hombro para seguir adelante, ahí salió a flor de piel lo que es un trabajo en equipo, volvimos a abrir en septiembre, por etapas. Primero take away, luego con mesas afuera y, posteriormente, con mesas adentro de vuelta. En el verano trabajamos con normalidad pandémica y hoy está abierto todo el día, menos para la cena”. De esta forma, Rodolfo contextualiza lo ocurrido en el último año.

Como todo lugar icónico, tiene su leyenda y Parato nos la transmite: «Tornquist en 1920 le otorgó un sentido de marketing increíble, ya que había que darle alma al Torreón, es por ello que le encargó a un amigo de él, Alberto del Solar (poeta chileno) que le de alma al edificio, y es él quien redactó esta leyenda, que es una historia de amor entre una india y un soldado español que custodiaba esta torre, que en ese momento se llamaba Torre Pueyrredón”. La leyenda continúa y Parato agrega que “este soldado se enamoró de la india y se la llevó a vivir a la torre, el cacique la fue a buscar y se escaparon en un caballo y se cree que cayeron al mar, en los acantilados de alrededor y el soldado, por la pérdida de su amada, se encerró en la torre y se convirtió en monje, esperando que su amada algún día regrese”. De esta manera, Parato introduce el condimento final de la leyenda: «Se dice que en las noches de luna llena se escucha el cabalgar de un caballo y la imagen de una mujer morena se refleja en la luna”. Gracias a este soldado devenido en monje, el lugar tomó su nombre.