El ritmo de vida parece ir cada vez más rápido. Cada actividad, cada trabajo, cada disfrute, cada risa y llanto parecen comprimirse progresivamente en una exigencia de productividad: más en menos minutos. Las formas de habitar el consumo nos dan una pista sobre el hecho, plataformas y formatos pensados para liberar dopamina instantánea. Las redes sociales son claras, el estilo de videos que algorítmicamente son beneficiados son siempre los mismos. Se vuelven virales aquellos videos cortos, efusivos, que capten y generen mil y una emociones en segundos.
Los eventos se suceden entre sí, como instantes caóticos inconexos, en los que cada hecho debe de ser estéticamente justificable. Cada instante tiene la obligación de ser mejor que el anterior e instrumentalmente beneficioso. La experiencia se ve reducida a una formula mercantil, si es muy trabajoso o lleva demasiado tiempo, no vale la pena. En segunda instancia, siempre hay otra opción más fácil, rápida y efusiva.
Hace unas décadas, Luca Prodan cantaba a los gritos «no sé lo que quiero, pero lo quiero ya». El querido ítalo-escocés adelantaba, en un llamado de desahogo, el ritmo agotador, exigente de consumo y veloz que se desplegaría unos años más tarde con el capitalismo neoliberal, la financiarización de la economía y las nuevas tecnologías.
El aceleracionismo es un movimiento teórico-político cuyas raíces podrían encontrarse a mediados de los 70. Apuesta por el aumento de la celeridad del ritmo de vida y del modo de producción como forma de llegar a un nuevo estadio del capitalismo. Nick Land, filósofo inglés, pertenece a esta corriente, aunque desde una postura reaccionaria. Tal es así, que defiende un aceleracionismo de revolución maquínica donde la carne humana y la máquina se fusionen en una sociedad de mercado absoluto y sin regulaciones. Teorías que parecen ser dignas de un arco argumental de ciencia ficción, cada vez se acercan más a la experiencia identificable en lo cotidiano. ¿No son, acaso, los celulares una extensión del cuerpo? Un dispositivo tecnológico que modifica nuestra forma absoluta de experimentar la vida, un estiramiento del cuerpo, un agregado en la mano que deposita capacidades mentales en un chip. Cuántas veces ya no recordamos cómo llegar a determinados sitios porque descansamos en los mapas virtuales, cuántas vivencias son reducidas a imágenes digitales como extensión de nuestra memoria biológica, cuántas facultades básicas se pierden de lo biológico para ser poseídas por lo tecnológico. Tal vez, la revolución maquínica sea diferente a cómo se la pensó en películas al estilo «Yo, Robot». Tal vez ya estamos viviendo un estadio de segunda naturaleza, donde la técnica atraviesa la experiencia de forma tal que nuestras acciones, pensamientos y posibilidad de actuar son un híbrido de nuestro cuerpo-mente y tecnología.
La vida humana parece ser gobernada por una técnica que, a su vez, se le es adjudicada de un carácter de verdad absoluto.
¿Cómo no confiar en la Inteligencia Artificial?
¿No es aquello tan esperado por una mentalidad histórica que solo ve procesos lineales, progreso y evolución?
Es un grave problema epistemológico no comprender que la IA utiliza fuentes, datos, con distintas posturas éticas y perspectivas de análisis. El conocimiento, más allá de que intente ser objetivo -si es que algo así existe-, siempre parte de un sujeto, una subjetividad con un contexto histórico determinado. La producción científica es una práctica social más entre tantas afectada por el contexto en que se sitúa. La ciencia y la racionalidad también fueron utilizados para las mayores atrocidades de la historia. Es la ética y la perspectiva la que diferencian su uso.
Ya no hay tiempo para nada. La fagocitación de la experiencia por parte de la tecnología y el modo de producción sufre un carácter de constantemente exponencialidad. En 1925, T.S. Eliot escribió, «así es como termina el mundo, no con una explosión sino con un gemido».
Artículo elaborado para puntocero por Azul García.